¿Adiós a Sigmund Freud?

uJohn Dugdale

El 75 aniversario de la muerte de Sigmund Freud esta semana pasada quedó señalado por… apenas casi nadie. Aunque el fundador del psicoanálisis murió el 23 de septiembre de 1939 en Londres, el registro de esta efeméride se limitó a un solo “tuit” desde su antigua casa de Hampstead, hoy Museo Freud, sin que hubiera actos especiales o congresos ni artículos de aniversario o programas de televisión. ¿Será que esto refleja un olvido más general?

En un poema suyo de 1940, “In memory of Sigmund Freud” – que le retrata como figura heroica, casi divina, que desciende al inconsciente como Dante al infierno y amenaza por su cuenta “el monolito del Estado” –, W.H. Auden escribió que Freud “no era ya una persona / sino un clima de opinión”.

La ubicuidad de los términos freudianos (bien que domesticados y ya desposeídos del poder subversivo que tenían para Auden) muestra que ese clima sigue permeando el discurso cotidiano: las referencias al ego, libido, complejo de Edipo, represión, instinto de muerte y demonios conquistados o no conquistados se desplegará en la cobertura de la Ryder Cup de este fin de semana, lo mismo que en los comentarios sobre la campaña del referéndum escocés y la boda de Gwyneth Paltrow y de Beyoncé.

Por lo general, sin embargo, la psicología “pop” emplea este vocabulario sin ser consciente de sus orígenes o soportes teóricos, mientras que la literatura y el cine han utilizado el psicoanálisis desde los años 20 de un modo que apenas podría ser más abiertamente freudiano, puesto que la mayoría de los psiquiatras protagonistas de novelas y películas son claramente substitutos (a veces disfrazados) de Freud mismo.

Fusionando las funciones de juez, doctor y sacerdote, pero a menudo insensibles, poco intuitivos o hasta trastornados o malvados, estos personajes aparecen de modo notable en la ficción de Italo Svevo (La coscienza di Zeno) [La conciencia de Zeno], Virginia Woolf (Mrs Dalloway) [La señora Dalloway], Simone De Beauvoir (Les mandarins) [Los mandarines], J.D. Salinger (The Catcher in the Rye) [El guardían en el centeno], Vladimir Nabokov (Lolita), Sylvia Plath (The Bell Jar) [La campana de cristal], Doris Lessing (The Golden Notebook) [El cuaderno dorado], Iris Murdoch (A Severed Head) [La cabeza cortada] y Philip Roth (Portnoy’s Complaint [El mal de Portnoy] y otras); y en películas y series de televisión, desde Spellbound [Recuerda] de Hitchcock en los 40 a The Silence of the Lambs [El silencio de los corderos], Sleepless in Seattle [Algo para recordar], Good Will Hunting [El indomable Will Hunting], Analyze This [Una terapia peligrosa], Frasier y The Sopranos [Los Soprano]en los 90.

¿Y recientemente? No tanto. En 2008, coincidieron dos novelas con héroes psiquiatras, Something to Tell You [Algo que contarte] de Hanif Kureishi y The Sorrows of an American, [Elegía para un americano] de Siri Hustvedt, y la película de Kevin Spacey, Shrink [Los locos de Hollywood], se estrenó al año siguiente. Desde entonces, no obstante, los más prolíficos usuarios del tropo, Philip Roth y Woody Allen, se han retirado y han dejado de hacer cine respectivamente sobre neoyorquinos y no hay quien haya llenado ese vacío (están los terapeutas de Mad Men, pero resulta significativamente una pieza histórica).

De repente, ese interponerse de Freud ha dejado de ser una presencia cultural de perfil alto, que relega las teorías a las salas de consulta y el mundo académico. En The Shock of the Fall [La conmoción de la caída] de Nathan Filer, ganador del Premio Costa al Libro del Año en enero, el héroe esquizofrénico visita a un psiquiatra, pero esto figura al final de una novela en el que su tratamiento es en buena medida cosa de un equipo de médicos y enfermeras. Parece una coletilla y casi un adiós al héroe loquero gurú que la ficción modeló sobre Freud durante casi cien años.

John Dugdale es crítico literario y periodista de la sección de medios del diario londinense The Guardian.

Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón

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