El gobierno de finqueros

ferPor Yaroslav Ramírez

Si podemos tomar como enteramente cierto lo publicado por el diario elPeriódico en estos años que van del actual gobierno, se puede afirmar que el descaro no tiene límites o que la población de Guatemala está sencillamente inmersa en una dinámica de opresión a la que ha aprendido a tomarle gusto.

¿Por qué digo esto? Pues porque no es decente la forma en que los funcionarios electos se hacen ricos en poco tiempo y con total impunidad. Se dice y se repite que sus salarios no son suficientes para adquirir los bienes que a fuerza de reportajes se pone en evidencia que están adquiriendo. Se ponen la piel de cocodrilo y salen a decir que por vender champús o aguacates han logrado acumular millones. Es que no resiste el análisis.

Hace algunos años un hombre nos decía a un grupo de periodistas que en su municipio no les gusta la reelección porque cuando un alcalde es electo, según esta visión, tiende derecho de hacer lo que quiera con el presupuesto público. Esto es, beneficiar a sus familiares, robar a secas, apropiarse de bienes que tiene a su disposición y encima garantizarse impunidad. A esto el buen hombre la llamaba “comer”, por eso, decía, la reelección no es bien vista porque “ya se les dio de comer” una vez y luego toca que otro “coma”.

Esto podría estar dando luz sobre la conciencia política de muchos guatemaltecos: al gobierno se llega a comer, y por lo visto con la horda patriotera, llegar a hartarse. La diferencia que se puede apreciar es que se hartan, no solo de lo público, pues han salido a luz muchas informaciones sobre, no los vínculos, sino sobre una tendencia peligrosa: que los funcionarios de gobierno cumplen roles de primer orden en el tráfico de sustancias ilícitas.

Es cierto que las sustancias “ilícitas” son totalmente una cuestión de doble moral y también, claro está, de tendencias del mercado o de los mercados internacionales. Pero la dinámica que impone su comercialización es altamente mortal; cuando los grupos que se benefician de ello, anulan a la idea que se tiene de la autoridad en términos de la estructura del estado.

¿Por qué se permite todo esto? Hay que recordar que es deporte nacional odiar lo público o descargar nuestras rabias sobre lo político, es decir, desprestigiarlo. Y eso ocurre porque su función es dejar en el fondo el verdadero problema: los grupos oligárquicos y corporativos nacionales e internacionales que se quedan con la mayor parte del pastel de la riqueza producida colectivamente mediante el trabajo, sea este asalariado o no.

Entonces conviene que las personas electas como autoridades de gobierno se desgasten vía la corrupción, pero, a la vez, que esa corrupción sea también su premio. Bajo esta lógica no importa que diarios como el ya mencionado se desgañiten dando a conocer estos mecanismos, sea de manera “periodística” o a manera de editoriales del chisme.

Mientras tanto las grandes fincas en manos de los actuales gobernantes son un insulto a la cara de los más graves problemas que enfrentan grandes segmentos de la población: pobreza material, hambre, desnutrición, falta de acceso a la educación y así, falta de recursos para hacer decente la existencia.

Y las enormes y casi infinitas fincas de los ricos tradicionales no aparecen en el debate. Pero si alguien dice algo, el debate toma formas crueles (en los mismos medios que critican a los gobernantes corruptos): aparecen como víctimas de “grupúsculos” de terroristas, comunistas y toda clase de términos con que se denomina a quienes se atreven a manifestarse frente a las injusticias. El abordaje en la esfera pública vierte su ignorancia convenientemente bajo esa óptica perversa.

Hay otro tipo de personas que llevan responsabilidad en esto: la base social del estado, es decir, todos aquellos que se agazapan bajo toda esa podredumbre, aferrándose a un puestecillo por aquí, un contrato por allá… mirando hacia el futuro donde podrían pellizcarle un gran trozo a esa res podrida que hoy por hoy es el estado guatemalteco. Caníbales grotescos de inicios de siglo.

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