Inconclusa sinfonía del entresiglo

5-25-79faaPor Mario Roberto Morales –
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De Los Picapiedra a Los Supersónicos, y de regreso a Los Picapiedra

Hace 25 años —a lo largo del segundo semestre de 1989—, el Este europeo sovietizado se desmoronaba ante la mirada atónita del planeta entero. Fidel Castro exclamaba alarmado e iracundo: “¡Estamos asistiendo al derrumbe del mundo socialista!”. El Muro de Berlín caería en noviembre, y la orquestación “teórica” de estos hechos la proporcionaba el conservador estadounidense Francis Fukuyama, quien en un artículo de este mismo año proclamaba “el fin de la historia”, entendida como el resultado de la pugna entre contradicciones (no económicas, sino) ideológicas. En 1992, Fukuyama publicaría un libro con el mismo título anunciando “el punto final de la historia ideológica de la humanidad y la universalización de la democracia liberal occidental como la forma final de gobierno humano”.

La lógica de Fukuyama partía de que, después de la implosión del bloque soviético, el capitalismo y la “democracia” occidental quedaban sin enemigo estratégico y, por ello, el choque violento de concepciones ideológicas antitéticas ya no daría lugar a la historia como producto de la lucha de contrarios. Ahora, el tiempo transcurriría como un arroyo sereno a lo largo de un presente eterno en el que no habría sino capitalismo por siempre. El ideal de los Picapiedra y los Supersónicos se haría realidad: sociedad de consumo desde las cavernas hasta la era del espacio; un solo presente sin historia.

Esta idea-Disney activaría el triunfalismo del “pensamiento único” neoliberal y la despolitización sistemática de las juventudes del planeta, a las que —en vez de cambiar el mundo— se les propuso trabajar para consumir en una sociedad en la que todo estaba hecho y no había nada que mejorar. Lo único por hacer era adaptarse y ser felices, a condición de no ambicionar otro mundo posible.

Ni Fukuyama ni nadie sospechó que la implosión del bloque soviético la provocaba Rusia para emerger 15 años después como una potencia de primer orden en un mundo multipolar, ni que los escarceos de China con el capitalismo obedecían a la misma lógica, a fin de asegurarse un puesto relevante en la multipolaridad del siglo XXI. El éxito de China y Rusia está a la vista en su protagonismo en los conflictos geoestratégicos mundiales, desde Irak y Siria hasta Ucrania y Sudamérica. La historia, pues, estaba lejos de acabarse como el resultado de contradicciones (no ideológicas, sino) económicas y geoestratégicas. Tampoco se acababan las ideologías políticas para ceder su lugar a las religiosas (como anunció otro conservador, Samuel Huntington, en El choque de civilizaciones), porque la polaridad izquierda-derecha siguió rigiendo los conflictos mundiales, aunque ya no al estilo de la guerra fría. Ahora, la izquierda se ampliaba a reclamos no sólo de clase, sino también de etnia, raza, sexo, ambiente y derechos humanos.

El siglo XX acabó en el segundo semestre de 1989, y el XXI adoptó fisonomía el 11 de septiembre de 2001, cuando (mañana hará 13 años) el ataque a las Torres Gemelas inauguró la torva estrategia del ultraderechismo republicano del New American Century —vinculado a la industria energética y armamentista— para apoderarse de los hidrocarburos del Gran Oriente Medio. Es allí donde Rusia, China y Estados Unidos se enfrentan por el dominio económico global, mediante guerras cuyos augurios señalan que los Supersónicos pueden acabar viviendo en el mismo vecindario que los Picapiedra.

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