Hay que afrontar la desigualdad económica

969216Harold Meyerson

“La pregunta: ‘¿Cómo ayudamos a la gente que está en el fondo de la escala en lugar de frustrar a la gente que se encuentra en lo más alto?’”, se preguntaba recientemente Gregory Mankiw, profesor de Economía en Harvard, que fue destacado asesor del Presidente George W. Bush y del candidato republicano a la presidencia, Mitt Romney. El conjunto de creencias que se esconde tras esta pregunta — que la desigualdad económica no es el problema que debemos encarar; que deberíamos centrarnos en cambio en formar mejor a los pobres para que puedan ganar más — se ha convertido cada vez más en una postura de último recurso de los conservadores en el debate sobre la creciente desigualdad económica.

Hay quienes en la derecha niegan incluso que la distribución de la renta y la riqueza se haya movido hacia arriba, aunque destacados economistas conservadores como Mankiw o Tylor Cowen, profesor en la Universidad George Mason, desechan esa falacia como la de que la tierra es plana. Argumentan más bien que deberíamos concentrarnos en ayudar a que los pobres desarrollen un oficio y dejen que los superricos conserven su riqueza tan duramente ganada.

“Los retornos del crecimiento”, declaró recientemente Cowen al New York Times, “van.?.?. generalmente a gente con alto coeficiente intelectual, no importa donde vivan. La verdad es que no sé cómo podría romperse esta dinámica, como no sea haciendo trizas el mundo”.

Pero la prima del coeficiente intelectual, en la medida en que existe, no es más que uno de los muchos factores que están detrás de la redistribución hacia arriba de la riqueza. Un factor más sistémico es el desplazamiento en los ingresos de los sueldos y salarios a las inversiones. Un estudio publicado este mes por la unidad de investigación de Standard & Poors, Standard & Poors Economic Research — radicales no son —, llegaba a la conclusión de que las rentas del trabajo contabilizaban tres cuartas partes de todas las rentas con base en el mercado entre 1979 y 2007, pero que habían caído a dos tercios de esa renta hacia 2007. La rentas por plusvalías, por contraposición, se doblaron durante ese periodo, de un 4 a un 8%. Además, advertía el estudio de  S&P, “las rentas del capital se han ido concentrando cada vez más desde principios de los 90”. Hasta entre el 5% más rico, más del 80% de las ganancias de capital se registraron solamente entre el 1% más opulento.

Los datos más recientes muestran que la desigualdad ha aumentado todavía más desde el crac de 2008. Como ha demostrado el profesor de la Universidad de California, Emmanuel Saez, el 65% de todo el crecimiento de la renta fue al 1% más rico de los norteamericanos entre ?2002 y 2007, una cifra que se incrementó hasta el 95% de todas las ganancias de renta desde que empezó la recuperación en 2009. Durante este periodo, los salarios se han estancado, mientras que se han disparado los beneficios bursátiles y empresariales.

Visto a través de este prisma, ¿qué tiene esto que ver con el coeficiente de inteligencia? La dinámica fundamental de la economía norteamericana contemporánea consiste en recompensar el capital a expensas del trabajo. Se trata de una dinámica que se deduce de manera lógica de la transformación de la empresa norteamericana de ser una institución que guardaba sus beneficios para financiar inversiones en nuevos y mejores equipamientos y formación de los trabajadores a convertirse en una institución que proporciona menos inversión de capital y ha desechado la formación de los trabajadores a fin de recompensar a los accionistas aumentando dividendos y recomprando acciones. La doctrina según la cual la única meta empresarial consiste en retribuir a los inversores ha transformado a los trabajadores de activos que producen valor a un lastre del que librarse allí donde sea posible.

¿Por qué ir a por el 1%? En parte porque su predominio es resultado de la apropiación de riqueza que se produce a expensas de la producción de riqueza. Tal y como concluía un reciente estudio publicado en la Harvard Business Review, una “encuesta de los directores financieros mostraba que el 78% ‘dejaría de lado el valor económico’ y el 55% cancelaría un proyecto con un valor corriente neto positivo — es decir, dañarían voluntariamente a sus empresas — por cumplir los objetivos de Wall Street y satisfacer su deseo de beneficios ‘fluidos’”.

La concentración de la riqueza en un grupo reducido de inversores obstruye el consumo, por supuesto, no menos de lo que obstruye la producción. Si bien florecen Tiffany y Cartier, el comercio minorista masivo se mueve con dificultad. En los Estados Unidos, es el comercio minorista masivo el que contrata…o el que no, si las ventas flaquean. Esa es una razón por la que  Standard & Poors concluyó que “la creciente desigualdad de ingresos está enfriando el crecimiento económico norteamericano”.

El ascenso del 1% está ligado, a buen seguro, al crecimiento de las recompensas desmedidas a gente de talento en determinados sectores (todavía no compensa ser un poeta de genio). Pero siempre ha habido gente con un coeficiente de inteligencia alto. Lo que ha cambiado es la capacidad de los accionistas principales de exigir una mayor parte de los ingresos de las empresas, las cuales los emplearían, si no, de manera más productiva y permitirían un mayor consumo. Es esa una razón — una entre muchas — por la que atacar la desigualdad económica tiene que ser el punto fuerte de nuestro orden del día nacional.

Harold Meyerson es un veterano periodista estadounidense, director ejecutivo de la revista The American Prospect y columnista de The Washington Post.

 

Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón

fuente Revista Sin Permiso

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