El “maíz rebelde” antes que el destino nos alcance

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Ellos quieres sembran, tienen adentro / granos de compasión, semillas / de esperanza y abrazo para todos”.

 Los sembradores, Jorge Debravo

La endíadis “maíz rebelde” de Otto René Castillo, poeta y combatiente guatemalteco, cobra un enorme sentido ahora que el maíz, el frijol y los granos se nos escurren de las manos. No hay más posibilidad que la rebeldía de las semillas. Desgraciadamente, este no es el primer artículo que escribo acerca de la necesidad de mantener la soberanía de las especies de semillas y del alimento. Ahora de vuelta hay que decirlo: no podemos hacer del hambre un negocio. Pocas cosas hay tan terribles como el hambre y pocas otras tan frecuentes. Una combinación inaceptable.

La situación actual en Guatemala, nos impera a encarar de nuevo el tema con fuerza y dignidad. La compañía de productos químicos y transgénicos en forma de semilla, Monsanto, ha logrado que la “Ley para la Protección de obtención de vegetales” se aprobara en Guatemala. En realidad Monsanto y seguramente parte de la oligarquía empresarial y política, son las únicas beneficiadas en este convenio. Amparada en el artículo 42 de la Constitución Política de Guatemala, que protege los derechos de autor o inventor, la ley posibilita que Monsanto, encubierta con el recurso de “nuevas tecnologías genéticas”, oculte su finalidad que es el control de las semillas y con ello, de alimentos a partir de la obtención de patentes, es decir, de tener propiedad intelectual sobre éstas. En otras palabras: las semillas le pertenecen a Monsanto. A la larga, las familias campesinas no podrán reservarlas para mantener los ciclos agrícolas porque por ley deberán comprárselas a esta compañía. Por si esto fuera poco, los productos que nacen de estas semillas son estériles, es decir, que al sembrarse no producen fruto. Al poco tiempo no hay otra alternativa sino la de comprar para sembrar.

Los resultados de esto es que cada vez existen menos variables de productos comestibles. La ecofeminista, Vandana Shiva, explica que existen de 10 000 a 50 000 variedades de cultivos comestibles, pero que hemos llegado a la utilización por comercio de sólo 15. Eso encarece la comida, atenta contra la biodiversidad y contra la posibilidad de producir alimento local y nacional.

La situación actual me hace recordar una película de hace unos 40 años, Cuando el destino nos alcance (Soylent Green, Richard Fleischer, 1973). Se trata de un filme futurista situado en 2022, cuyo eje central es la escasez de alimento. Este thriller se inspira en el libro ¡Hagan sitio, hagan sitio! (1966) de Harry Harrison. Película y libro, se basan en la idea maltusiana de la escasez por causa de la sobrepoblación. En ambas historias, Soylent, una única compañía de alimentos, es la que distribuye la comida para toda la población y siempre es insuficiente, además de patética e incomible. La particularidad de la película es el nuevo y ultra secreto producto de Soylent, el Soylent Green, que no es otra cosa que una “galleta” hecha de los miles de cadáveres humanos procesados y convertidos en alimento para su venta. El final de Cuando el destino nos alcance es predecible: no hay nada que hacer.

Aunque sabemos que el crecimiento poblacional no es la causa del problema sino la acumulación capitalista y la injusta distribución de los medios de producción y riqueza, entre otras cosas, es aterrador lo cerca que está la idea de un mundo sin comida. Y más aterrador es que para millones sea una realidad.

Cuando el destino nos alcance, tiene un elemento más: existe una élite que sí tiene acceso a todos los alimentos, que come mermelada, queso y frutas. Es la misma élite que controla el mundo, que fabrica el Soylent Green y mantiene la vigilancia y la desinformación. Tal como ocurre en la película, pese al hambre global, hay comida pero no para todos.

En diferentes momentos de la historia humana una de las acusaciones más graves para definir “al otro” como peligroso e inhumano era justamente el canibalismo. Comerse a sus semejantes fue síntoma de salvajismo, de perversión, inferioridad y deshumanización. Este filme mantiene esta idea: se comen los unos a los otros pero no por decisión propia, sino orillados por la avaricia de una élite. Son caníbales víctimas del más absurdo engaño. El canibalismo está vinculado con el sacrificio humano, hay que sacrificarlos para comerlos. La constitución de “el otro” en Cuando el destino nos alcance, es uno de los mejores desenmascaramientos del funcionamiento de la hegemonía: es la propia compañía de alimentos, la que hace que la población sea a la vez, caníbales y sacrificados. Así, somos caníbales para seguir siendo el sospechoso enemigo y sacrificados, para restituir el orden y mantenerlo. Pone en evidencia un sistema que hipócritamente censura ambas cosas, las descalifica, las condena y las coloca como ajenas y externas, pero que en realidad las comete impunemente.

Organizaciones en Guatemala, urbanas y campesinas y la población civil, demandan la derogación de la ley. Hoy, las semillas están al pie de lucha y en completa rebeldía, negándose a ser etanol para alimentar carros, negándose a ser mercancía estéril, porque faltan menos de 10 años para el 2022.

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Una nota feliz:

El día jueves 4 de septiembre, antes de que este artículo fuera escrito, se derogó la ley para la protección y obtención de vegetales gracias a las movilizaciones sociales y civiles. Esto no significa que Monsanto esté fuera de los acuerdos de libre comercio. Seguimos en pie de lucha.

Autor: Gabriela Miranda García nació en México. Estudio teología en México y Costa Rica, donde trabajó en el Departamento Ecuménico de Investigaciones. Actualmente vive en la ciudad de Guatemala y se dedica a la formación en Feminismo, sexualidad, cuerpo y amor romántico. Escribe poesía, cuento y ensayo.

fuente Revista Paquidermo.

http://www.revistapaquidermo.com/archives/10911

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