El antisemitismo de diversos grados

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Edelberto Torres-Rivas –

Guatemala es una sociedad crudamente racista, tiene su propio referente humano de desprecio, los varios millones de indígenas pobres, rurales, en harapos. La discriminación social se practica en el interior de esta sociedad por unos grupos frente a otros; las relaciones sociales en sociedades heterogéneas y muy desiguales se producen siempre como relaciones muy asimétricas cargadas de desprecio racista y de violencia. Pero ahora en medio de una ola antisemita en este mundo global tenemos que hablar de una forma particular de discriminación, la que se planteó contra un grupo judío en el seno de una de las zonas más integradas étnicamente de Guatemala. De manera genérica la discriminación se manifiesta como el ejercicio de supremacía frente al otro (s) con base en la creencia de la superioridad propia, que se tiene o se cree tener de manera natural en un universo de relaciones múltiples. ¿Es Guatemala una sociedad racista?

El sangriento combate, desigual y en cierta medida vengativo que todavía sostienen el Estado de Israel y el grupo palestino Hamas, de naturaleza ultranacionalista, armado y esencialmente agresivo, ha reavivado en todo el mundo el problema del antisemitismo. Diría de forma provisional, pues no hay investigaciones sobre este punto, que este país no es antisemita como parte de una cultura política, o como un colectivo que tiene una posición implícita antijudía. Puede suceder que frente a acciones públicas judías, un sentimiento internalizado puede o no aparecer. Una ola antisemita recorre buena parte del mundo occidental como resultado de la guerra entre Hamas e Israel. Creemos que es tan fuerte que el sentimiento de rechazo ha borrado lo que en el lenguaje temático se llama guardar la “diferenciaª”.

Lo recuerda Ulrich Beck, sociólogo alemán, a propósito de lo que ocurre en varios países europeos, en un artículo recientemente publicado y que trae a la discusión el tema de la “diferencia”. Esta es la clave que se necesita para poder apreciar las distinciones, por ejemplo, entre el ciudadano francés judío, que vive una vida normal de trabajo en su barrio y el soldado del Ejército israelita y su estrategia de destrucción y muerte. La incapacidad de diferenciar el hecho de que todos los judíos sean equiparados a los israelíes y los israelíes como asesinos de niños palestinos, constituye el trasfondo de esta nueva ola de antisemitismo. La incapacidad de diferenciar se vuelve en una capacidad de igualar.

Y Beck trae un ejemplo: alguien habla con un judío alemán de Berlín y le dice: “Por la casa de ustedes están cayendo cohetes”. ¿Acaso se refiere a que están bombardeando la Kurfürstendamm, la avenida berlinesa? No, se refiere a Tel Aviv. Otro: en la edición del 24 de julio de 2014 del Frankfurter Allgemeine Zeitung, en una crítica de un filme francés, la periodista Lena Bopp escribe que allí un hombre se lamenta porque la más joven de sus hijas “también ha caído en manos de un hombre de origen extranjero”; es que ya sus hijas mayores contrajeron matrimonio con “el chino Chao, el musulmán Rachid y ahora con el judío David”. Así, ciudadanos franceses son marginados en calidad de extranjeros. Identificar a los judíos –muchos de ellos seculares y a veces críticos de Israel– con israelíes es un mecanismo del antisemitismo en Europa.

Los judíos guatemaltecos no son un grupo especialmente repudiado, tampoco amado. Para ellos existe un sentimiento genérico de simpatía crítica; la gente común y especialmente los sectores evangélicos adhieren simbólicamente por el Estado de Israel portando o exhibiendo la bandera de ese país. Es más, hay admiración por los éxitos científicos, culturales y sociales que los judíos tienen en el mundo; aquí no es el Estado de Israel lo que cuenta sino la sociedad judía y su enorme capacidad de éxito. En resumen, en Guatemala no hay antisemitismo sino un rechazo al Estado de Israel por parte de grupos de izquierda que no olvidan la criminal ayuda militar y técnica que se dio al Ejército nacional cuando la campaña genocida. La izquierda sabe que Hamas es ideológicamente de extrema derecha, ultra religioso y capaz también de los peores asesinatos.

Los indígenas guatemaltecos tampoco son antijudíos. El episodio que terminó con la expulsión de la comunidad Toras Jesed se entiende por otros motivos propios de la subcultura de un grupo judío ultra religioso; según los vecinos de San Juan La Laguna, los extranjeros se comportaban de manera extraña, con prepotencia, aislamiento y prejuicios; sin saludos mutuos o gestos de amistad. A esto se agrega la práctica de costumbres culturales extrañas o ajenas, como por ejemplo usar una vestimenta negra que desaparecía cuando se bañaban desnudos; no simpatizaron entre sí y aun más desarrollaron mutuamente sentimientos antiétnicos. Ninguna comunidad étnica y el grupo Toras Jesed lo es, genera siempre o inicialmente relaciones de tolerancia. Sucede al revés y solo el paso del tiempo lleva a la convivencia entre grupos culturalmente distintos. Los indígenas guatemaltecos practicaron inevitablemente actos de discriminación. Así son las relaciones interétnicas.

“Todo lo ocurrido esta en el orden de las cosas”. Lo que no está bien es el racismo oportunista de varios grupos de la derecha guatemalteca que con el pretexto de defender al Toras Jesed atacan a los indígenas de San Juan La Laguna. El debate está abierto.

Tomado de ElPeriódico

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