Algunas reflexiones sobre la caída del mundo occidental

Leyendo un artículo publicado en Argentina sobre Finanzas y Desarrollo, encontré los párrafos siguientes, que me parecieron de particular importancia para explicar un poco lo que está sucediendo actualmente en el mundo occidental.Aunque, claro está, la visión expuesta en este artículo enfoca en la práctica solamente la visión financiera del fenómeno del declive de las economías (y ciertamente de la civilización) occidentales. El problema es muchísimo más complejo, tiene aristas aún no estudiadas en su totalidad, y no existe una sola interpretación convincente.

El artículo señalaba lo siguiente: ¿La crisis fiscal que hoy afecta a EEUU y parte de la Unión Europa (UE), con déficits incontrolables, excesivos niveles de endeudamiento y ataques especulativos, podría marcar el fin de la supremacía económica de Occidente sobre el resto del mundo?

Para Niall Ferguson, economista e historiador de origen británico, no existen dudas de ello, así como que el centro del poder económico mundial está regresando a Asia, después de cinco siglos de hegemonía de la civilización occidental. El experto plantea su tesis en su último libro, Civilization: The West and the Rest (Civilización: Occidente y el Resto), recientemente publicado por la editorial Penguin Books y que, al mejor estilo Felipe Pigna, también tiene su documental para televisión de 6 capítulos sobre el mismo tema. Allí, en base a evidencia histórica, sostiene que la transición no necesariamente será lenta y gradual, sino que se podría dar bastante rápido en los próximos años.

Si bien la tesis de la decadencia del imperio americano no es nueva, sí lo es la forma en que lo plantea Ferguson: analizando las estructuras políticas, sociales y económicas de EEUU y la UE y contrastándolas con caídas de imperios anteriores.

Para este profesor de la London School of Economics y de la escuela de negocios de Harvard, vale la pena echar un vistazo a cómo se derrumbaron otras potencias económicas en el pasado. El imperio español, que creció enormemente gracias al descubrimiento de América y a los metales preciosos embarcados desde nuestro continente, sucumbió en el siglo XVI cuando su nivel de endeudamiento era tan elevado que hacía falta dos tercios de lo recaudado por la corona para pagar el servicio de la deuda. Y lo mismo se puede decir de la monarquía francesa, que sucumbió a la Revolución de 1789 por tener que destinar más del 60% de sus ingresos al pago de intereses y amortizaciones de su deuda, o del fin del imperio turco-otomano (que iba desde Austria hasta Irak y desde Marruecos hasta Arabia), disuelto en el siglo XIX porque no podía seguir sosteniendo su excesivo endeudamiento, el cual le comía la mitad de sus ingresos.

En todos estos casos, el fin de estos imperios se debió a la deliberada quiebra de los Estados que los sostenían, ahogados por las deudas y sin ingresos suficientes para satisfacer las necesidades de sus habitantes, algo que Ferguson compara con lo que está sucediendo en Europa, con riesgos de implosión de la zona euro, y en EEUU, sometido al peligro de una crisis de confianza por las posibles dificultades para seguir financiando sus déficits fiscales y en cuenta corriente. Pero también hay ejemplos de bancarrotas acaecidas por guerras onerosas, como fue el fin de la Unión Soviética en 1991 tras perder la guerra en Afganistán.

Por supuesto, para entender lo que le está sucediendo al mundo occidental desarrollado, el especialista primero se pregunta cómo hizo Europa hace cinco siglos atrás para, al igual que Prometeo, robarle el fuego del progreso económico a China y convertirse en el centro del mundo hasta hoy.

Porque Ferguson recuerda que hacia el año 1500, las 10 mayores ciudades del mundo estaban en Asia, que la mayor flota marítima era china y que los chinos ya dominaban varias tecnologías imprescindibles para el desarrollo como la imprenta, el reloj, la pólvora o la ingeniería para construir puentes colgantes. Sin embargo en esos momentos, la dinastía Ming que gobernaba China decidió encerrarse y mantenerse aislada del resto del mundo, mientras que los navegantes portugueses y españoles se lanzaban a la conquista de las rutas marítimas hacia Asia para dominar el lucrativo mercado de las especias. Y, según Ferguson, esta competencia entre naciones europeas fue el germen que permitió el desarrollo económico de Occidente y que, siempre de acuerdo con el economista, es uno de los seis atributos que explican el auge de la civilización occidental.

En la visión del especialista, estas killer apps que le dieron la supremacía a la civilización occidental son la competencia (que impulsó las innovaciones y las mejoras tecnológicas); los avances científicos (difundidos por las imprentas europeas, mientras que en el mundo árabe, que hasta ese momento había liderado el desarrollo de la ciencia, no se permitía la difusión del conocimiento); el desarrollo de la propiedad privada (que permitió el enriquecimiento de EEUU, a diferencia de América Latina, donde la corona española mantuvo concentrada la propiedad de la tierra); la medicina moderna (para Ferguson, el mayor aporte de Occidente a la humanidad, aunque varios critican esta visión, sosteniendo que los colonizadores europeos llevaron sus enfermedades a otras partes del mundo como África, donde millones murieron a causa de ellas); la sociedad de consumo (que obligó a producir bienes mejores y más baratos); y la ética protestante del trabajo.

¿Por qué, si Occidente logró erigirse por encima del resto, ahora estaría perdiendo su liderazgo?

En primer lugar, por la crisis de la deuda que afecta a EEUU y la UE, como se dijo. Pero también porque, según Ferguson, Occidente se estaría olvidando de qué fue lo que le permitió alcanzar la supremacía económica mundial. Justamente, la uniformización de los pesos y medidas que lleva adelante la UE para mantenerse competitiva, junto con el afán por dotarse de un único gobierno, sería el mismo error que cometió China en el siglo XV cuando decidió centralizar su gobierno y cerrarse al mundo. Las políticas proteccionistas que se están poniendo en práctica en EEUU y Europa para evitar la invasión de productos baratos chinos y de otras partes del mundo van en este mismo sentido.

Desde el punto de vista de la izquierda, un artículo de Anastasia Gómez, en la Revista de Izquierda Internacional , se señala lo siguiente: El imperio norteamericano se encuentra en plena decadencia y vertiginosa caída. El otrora imperio más poderoso de la tierra, no tiene dinero, sus industrias se cierran, el desempleo masivo se vuelve crónico y es incapaz de seguir proporcionando los subsidios multimillonarios de antaño a sus propias empresas, tanto agrícolas como industriales. Su brecha entre pobres y ricos es la más grande de su historia. Sus manufacturas se han contraído visiblemente en tanto la acelerada transferencia de capitales y tecnología hacia otros países, su deuda externa sobrepasa ya los 10 trillones de dólares y en sus centros comerciales proliferan, como en cualquier otro país del mundo, mercancías “Made in China”.

De la misma manera vemos al ex gran gendarme del mundo, con toda su potencia y superioridad militar, enfrascado por ya casi una década en guerras sin salida en el Medio Oriente….Y vemos como su poderío militar y tecnológico le es insuficiente para imponerse en guerras asimétricas, o para obtener botines de guerra que antes lograba con facilidad.

Un imperio con crecientes dificultades para ser escuchado e imponer sus propuestas en organismos internacionales como el Grupo de los 8, G8, y aún más, dentro del mismo Grupo de los 20, G20. Con cada vez mayor dificultad para llevar adelante, de manera unilateral, sus políticas económicas prioritarias, como la regulación de precios internacionales o el establecimiento de tratados comerciales. Tal es el caso en Sudamérica, en donde el poder y la influencia actual de Brasil, no le permitieron hasta ahora concretar la extensión del Tratado de Libre Comercio para las Américas, ALCA, a los países de esta región.

Liderado por una presidencia incapaz de resolver los problemas de fondo que lo aqueja, continuando con las políticas de Bush y de los republicanos que lo antecedieron. Hasta el momento sus medidas para controlar la crisis han sido tibias, intrascendentes y de poco impacto – muy alejadas de aquellas impulsadas por el New Deal en los 30’s, en cuanto al desarrollo de la producción industrial y agrícola, impulso del empleo y distribución de beneficios sociales – enfocándose fundamentalmente en la recuperación de las ganancias del capital financiero. Sin que esto logre consolidarle un férreo y certero apoyo del conjunto de su burguesía.

Al mismo tiempo vemos como entonces las previas ilusiones por las promesas que Obama nunca hizo, entre los sectores de masas significativos que lo llevaron a la presidencia, se pierden, decreciendo constantemente su anterior y entusiasta apoyo. Y a una creciente pequeña burguesía frustrada, descontenta, y muy vociferante, reclamando la necesidad de recuperar a “la gran potencia imperial” organizándose en instancias de ultra derecha como el tan controvertido Tea Party. Un imperio, al cual sus medicinas bipartidistas de antaño, le resultan ya… insuficientes.

El imperio se cae porque su burguesía en la búsqueda inmediata al incremento a sus ganancias se ha acertado a sí misma un golpe mortal. Se cae, porque después de cuatro décadas de perder millones de empleos al reubicar sus centros de producción en otras áreas geográficas con costos de producción más bajos y menores estándares de protección ambiental, inició un proceso de re-estructuración de la economía mundial que hoy viene a cobrarle la cuenta.

Los Estados Unidos ya han vivido serias crisis económicas y serias crisis políticas, sin embargo hoy las cosas son distintas. Esta reubicación de sus centros productivos, provocó el desarrollo acelerado de aquellos que se levantan hoy como sus principales competidores: China, la India y Brasil. Y hoy, naciones que en tiempos no muy lejanos orbitaban alrededor del imperialismo norteamericano y europeo, comienzan a girar alrededor de los nuevos gigantes, desarrollando irremediablemente relaciones nuevas de interdependencia económica y de subyugación política. Algo similar sucedería después de la segunda guerra mundial con Alemania y Japón cuando los Estados Unidos para asegurarse su influencia y sus mercados invirtieran en estos países, con el pretexto de la reconstrucción, y en tan solo tres décadas ambos países veríanse transformados en sus principales competidores.

Es decir, que el accionar natural propio de la burguesía en la búsqueda de su supremacía y máxima obtención de ganancias es la que la lleva a su destrucción. Esta premisa histórica fue ya entendida perfectamente desde los tiempos del Manifiesto de Partido Comunista, sin embargo hoy esta premisa adquiere carácter determinante en el futuro del imperio burgués más grande que conoció la tierra. El desplazamiento de los centros de producción a otras regiones, produjo, sí, mayores ganancias a la burguesía, pero al mismo tiempo ocasionó la pérdida de empleos y de productividad dentro del imperio e intensificó la destrucción del planeta al reubicar fábricas en lugares con mínimas regulaciones ambientales.

Hemos visto a través de la historia cómo muchos otros imperios han pasado por etapas de formación, desarrollo, decadencia y desintegración en total correspondencia con determinadas necesidades históricas. El espectro de la desintegración imperial ha asolado a distintas formaciones geográfica-políticas (y por lo tanto económicas) multinacionales, coloniales e imperiales a través de la historia. Y han sido sus crisis económicas, su fragmentación política, acontecimientos históricos monumentales y sobre todo agudas luchas de clases sin cuartel lo que ha acabado con ellos.

La caída del imperio norteamericano, se nos plantea hoy, en el contexto de un sistema capitalista mundial en agonía mortal. Es decir, un sistema mundial de explotación, exhausto históricamente porque no puede garantizar nuestra sobrevivencia ni la sobrevivencia del planeta y utiliza todas sus fuerzas, confusa y caóticamente para no desaparecer. Siendo estas fuerzas la súper explotación brutal en las nuevas áreas claves de la economía mundial y la restricción de las conquistas de los trabajadores para poder hacerlo. Alistándose para regímenes de control más severos y antidemocráticos.

Sin embargo los imperios no se caen solos. A pesar de la situación descrita, y las razones de fondo del porqué de la falta de futuro y razón de ser para la continuidad del imperialismo norteamericano, la riqueza de recursos naturales e infraestructura acumulada en este país por tantos años de dominio es muy grande y pasará mucho tiempo para que llegue a los niveles de deterioro vistos en los países del tercer mundo o antiguas colonias. Si acaso, en un primer período llegará a los niveles de sus contrapartes europeas.

Al mismo tiempo, semejante infraestructura en manos de los trabajadores sacudiría al mundo. Sin embargo, a partir de los 90’s no hemos visto grandes movilizaciones casi de ningún sector del movimiento obrero. Las luchas han sido defensivas, aisladas y poco políticas. Los niveles de sindicalización tienen años que no dejan de bajar. Las centrales obreras oficiales son absolutamente inofensivas, sobre todo por su dependencia del estado a través del Partido Demócrata y no existe sindicalismo independiente.

A partir de la crisis del 2008, todas las negociaciones contractuales han resultado en reducción a los beneficios laborales por temor a más despidos. Las respuestas de los trabajadores y de las masas norteamericanas, hasta ahora beneficiados por los privilegios de vivir en el imperio, han sido mínimas (aunque con notables y promisorias excepciones como los trabajadores de Wisconsin), con la noción absoluta de aceptar los golpes de la patronal en tanto sus contratos colectivos de trabajo, arrebatándoles prestaciones, una tras otra, en aras de la preservación del empleo.

Los trabajadores latinos -especialmente mexicanos- en los Estados Unidos, definitivamente tendrán un rol importante en lo que pueda venir. De hecho han sido estos trabajadores los que han sido mucho más receptivos a la organización sindical, y los sindicatos con mayor membresía de estos trabajadores, han sido durante ya varias décadas los más combativos. Pero sus luchas decisivas, como ya se ha visto en sus continuas movilizaciones, especialmente en el impresionante paro nacional del 2006, se darán por fuera de estos sindicatos, en organismos del conjunto de esta comunidad o a partir de la creación de sindicatos alternativos, independientes y realmente combativos.

En términos históricos, estos trabajadores, contados por millones, podrían ser una de las dagas que le asestarán el golpe al imperialismo norteamericano. Puesto que a pesar de sus masivas luchas por la integración y por derechos humanos y políticos, el imperialismo es incapaz en estos momentos de total decadencia y crisis de absorber a estos trabajadores o conceder a sus demandas. Esta situación no les dejaría otro camino que el de reclamar los territorios mexicanos arrancados y constituirse en un movimiento de liberación nacional.

La ideología del imperialismo norteamericano de “Yo sólo por mí veo,” tiene raíces profundas en el pueblo norteamericano y será necesaria una lucha sin cuartel para deshacerse de ella e impulsar la plena participación y la solidaridad entre los trabajadores. Las posibilidades para los trabajadores de este país son enormes, al mismo tiempo, las consecuencias de no actuar y esperar a que se caiga todo, serán fatales.

Fatales, porque sin esta opción, se acrecentarán las frustraciones de la pequeña burguesía y sectores que queden por fuera de los procesos productivos y su determinación en el impulso de movimientos de carácter fascista. Grupos tales como el Tea Party crecen y comienzan a tener un accionar más amenazador en la política nacional, con posibilidades de generar crisis tales como las producidas por atentados terroristas internos asociados con grupos de ultraderecha en los Estados Unidos, como el ocurrido en Oklahoma City en 1995.

Pero todavía falta, a mi parecer, bastante tiempo par que veamos señales contundentes de la caída de lo que podríamos llamar la hegemonía occidental, representada por los Estados Unidos de América, Canadá y la Unión Europea. Sin embargo, sí se notan crisis irresolutas, decadencia moral y política, debilidad económica creciente, el surgimiento de bloques (como Rusia/China) que se les enfrentan abiertamente en el juego geopolítico internacional.

Es muy probable que nuestros hijos, y seguramente nuestros nietos, tendrán que vivir en un mundo absolutamente distinto del que nos ha tocado experimentar a nosotros en nuestras vidas. Y la pregunta que nace indefectiblemente es la siguiente: ¿estamos modificando nuestra educación básica, secundaria y universitaria para sobrellevar lo que vendrá? ¿Seguiremos el camino trillado de la ausencia de visión crítica, consumismo y mediocridad, que nos hace satélites de estos imperios?

No se trata, pues, de estar en contra o favor del capitalismo o del socialismo, se trata de que están sucediendo fenómenos que son señales inequívocas de que las cosas andan mal. A nivel global como son las guerras interminables en el oriente medio y el norte de África, la barbarie de norteamericanos e israelitas, el salvajismo de ciertos grupos radicales islámicos, africanos y asiáticos.

Si fuéramos observadores de un planeta remoto, es de suponer que de una cultura más sabia y exitosa que la nuestra, quizá contempláramos con consternación la incapacidad de los seres humanos para cooperar, entenderse, y abstenerse del comportamiento inhumano, pues somos capaces de infligir destrucción y sufrimiento en gran escala.

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