De las valquirias y otros seres míticos

Marielos_Monzon_04Carol Zardetto

¿Pretendemos ser valquirias? No, porque las valquirias servían a Odín un Dios guerrero. Nosotras no servimos a nadie y, menos aún, a un propósito tan fálico como la guerra. ¿Hijas de Tecún? No, porque no nos define un padre, ni un esposo, ni un hijo. Hemos salido de la dependencia, somos autónomas, libres y, sobre todo, responsables de nuestras palabras.

Y pareciera ser que cuando una mujer escribe repite aquel viejo mito de comer el fruto del árbol prohibido. El árbol del conocimiento del bien y del mal que está guardado, ni más ni menos, que por el propio Dios. Claro, si respetamos la prohibición no tendríamos nada que decir. Nos contentaríamos con vivir al amparo de un Dios benévolo que nos preservaría del arduo peso del discernimiento.

Así, pensar, cuestionar, decir, se convierten en subversiones cuando existe un orden vertical que prohíbe pensar. ¡Y peor aún si quien toca semejante poder es un ser disminuido a conveniencia! ¡Qué sospecha cae sobre ellas, las mujeres que piensan, que dicen, que nombran! Por cientos de años las quemaron, ¡acusadas de brujas!

Detrás de todo este pataleo se esconde un miedo atroz. Y ningún consejero es tan pernicioso. Cuando una mujer piensa y escribe está creando significados. Es decir, está ayudando a nombrar la realidad. Y si la realidad nombrada le parece amenazante a un señor, pues ni modo. Tomará empeño en desacreditar no los argumentos, sino ¡a la mujer que los enuncia! Así, de manera falaz y genérica, las mujeres que aportamos con nuestra palabra escrita nos convertimos en “embaucadoras” o somos acusadas de “vivir de dinero extranjero.” Si vamos más lejos porque ostentamos autoridad, podemos ser ninguneadas como “histéricas” o somos designadas por una de nuestras características principales ( a los ojos de “ellos”): ¡nuestra cabellera!

Así, metidas todas en la misma canasta, convertidas en una sola figura sospechosa, amenazante y oscura, las mujeres que escribimos parecemos ángeles caídos, rebeldes, ciegas a las bendiciones de la sumisión. En suma: irrazonables.

Escribo la presente reflexión en apoyo a Marielos Monzón quien fue atacada por el columnista Pedro Trujillo, refiriéndose a ella como “Miss M&M”, expresión más propia de un concurso de belleza de esos que tanto complacen a los egos masculinos.

Me siento aludida porque he tocado muchos de los temas sociales que horrorizan al señor Trujillo quien no admite que existan perspectivas diversas en la apreciación de la realidad, sin dudar de los motivos de quienes las abordamos. Aparte, se refiere de manera genérica a las mujeres que escribimos, lo cual necesariamente me involucra.

Le parece ofensivo que lo tachen de racista, machista o excluyente. Pues para no ser blanco de dichas ofensas, quizá le convendría saber que existe una palabra extraordinaria que sirve de inmediato remedio: respeto. La reflexión profunda alrededor de esta palabra podrá resultarle revolucionaria, en el mejor sentido de esta otra palabra, a la que… por lo visto también teme.

 

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