Un texto maldito de Luis De Lión

luisMiguel Huezo Mixco

Lo que voy a contarles tuvo lugar en una aldea, en las afueras de Antigua Guatemala. Un indio hizo realidad el sueño de los lugareños: tuvo sexo con la imagen de la Virgen de la Concepción. Aprovechando la oscuridad, entró al templo y se la llevó en brazos hasta su choza. Como lo comprobaron horas más tarde los habitantes del pueblo, la patrona no opuso ninguna resistencia.

Los hechos tuvieron lugar en una fecha desconocida y no están registrados en ningún parte policial, ni se conocieron por la nota roja de un periódico o telenoticiero. La secuencia, una de las ficciones más provocadoras que se hayan escrito en Latinoamérica, es parte de la breve novela “El tiempo principia en Xibalbá”, escrita por Luis de Lión, poeta y maestro de escuela, oriundo del pueblo San Juan el Obispo, Guatemala.Luis de Lión (1940-1984) es considerado el primer escritor indígena de expresión española de Guatemala. La mayoría de los estudiosos de su novela centra su atención en los conflictos del mestizaje. Pero “El tiempo principia en Xibalbá” lo coloca en el salón de los transgresores y los sacrílegos.

El libro fue publicado en 1986, dos años después de que el poeta fuera secuestrado por un grupo de hombres armados. El poeta De Lión, formaba parte de un comité de base del Partido Guatemalteco del Trabajo (PGT). Se dirigía a su trabajo. Nunca se le volvió a ver.  Fue uno de los más de 30 mil que desaparecieron en manos de las fuerzas gubernamentales o paramilitares a lo largo de los años 80.

Sus parientes lo buscaron en cárceles, hospitales y, finalmente, en la morgue del cementerio La Verbena, en la zona 7, a donde iban a parar muchos de los cadáveres que aparecían en las calles y los basureros de la ciudad. Ixbalanqué, su hijo, no dejaba que la madre entrara a aquel pudridero donde se apilaban los cuerpos enfundados en bolsas negras. Como escribió Juan D. Oquendo, “la seña que buscaba el hijo era una corona dental de plata. Cada vez que abrían la boca de un muerto, trataba de hacerse espacio entre la gente para ver si surgía el resplandor”.

Tras el fin de la guerra interna el National Security Archives, de Estados Unidos, reveló la existencia de un Diario Militar que hace un minucioso recuento de las personas que el ejército detuvo, desapareció y, en muchos casos, ejecutó. De acuerdo con el dossier, el maestro de escuela Luis de Lión fue detenido el 15 de mayo de 1984 en la intersección de la 2a. avenida y 11 calle de la zona 1, en Ciudad de Guatemala. En la lista se incluye la foto de su documento de identidad. Abajo, a mano, está escrito el número “300”, código que identificaba a los ejecutados.

Mientras tanto, en una rústica choza

La Virgen se deshace en suspiros y vaivenes. El indio y la mujer yacen en el suelo atornillados como perros que no quieren desprenderse. El Espíritu Santo trataba de salirse de la pintura que lo mantenía untado al cuadro, rojo de envidia. El alcalde y sus auxiliares, los principales de la cofradía y las Hijas de María irrumpen en la habitación que, de pronto, ya no es el mísero cuarto del hombre, sino la sacristía del templo. Al mirarlos, la Virgen siente vergüenza y corre a ponerse el vestido blanco, el manto azul, la corona, pidiéndoles perdón a todos, mientras se encarama nuevamente en su camerín.

Aunque la posesión de la Virgen podría interpretarse como la consumación de la venganza del indio contra el dominio simbólico católico, el resultado es ambiguo. Porque en otra de las líneas de ese plano subterráneo el poseedor nunca ha conseguido consumar su fantasía de penetrar a la mujer de madera.  “…La besó abajo, arriba, a los lados, después, la puso sobre la cama, bocarriba, apagó la luz de la candela, le murmuró algo en el oído y se montó encima de ella. La madera crujió bajo el peso del hombre”, dice el relato. El pobre se mira el miembro vencido, rasgado por los arañazos del leño impenetrable. Los hombres del pueblo entran a la habitación como una turba enardecida, sacan de su capilla a la Virgen, la desnudan, la escupen, la ultrajan y la trocean a machetazos, tirándola en un rincón con los chunches viejos. Finalmente, colocan sobre el anda a la prostituta del pueblo.

Este tipo de episodios forman parte del juego alucinante de la novela. Los hechos transcurren en un no-lugar. Un pueblo de mierda, dice el narrador, donde no pasa nada. “El padre que viene a decir misa es otro pero tiene la misma cara de español y las campanas de la iglesia se desgastan desde hace siglos pero no se rajan y nadie se atreve a hablar mal de Dios ni de su madre ni de su hijo”.

Pero no es verdad: en la aldea tienen lugar, a diario, el renacimiento y la destrucción del mundo. El viento corre entre las casas y los árboles dejando un tufillo a sangre, las semillas germinan estallando como bombas, y el tiempo se vuelve un embudo que lleva a otro embudo, del cual solo se sale para entrar en otro, como en un viaje sin rumbo ni fin a través de un caótico “subway”. La aldea es como la boca abierta de un muerto. Por ella se penetra a ese Xibalbá moderno, crispado por la violencia y la discriminación, del que habla Tania Pleitez.

Quien haya visitado la iglesia de San Juan el Obispo sabe que al traspasar el umbral de la ancha puerta, a un lado del reluciente altar mayor destaca la figura de una bellísima mujer de tez blanca, boca pequeña, nariz recta y fina. Su pelo rizado, abundante y negro, le cae por atrás hasta los tobillos. Es la venerada Virgen de la Purísima Concepción. Sin ropa, debe parecerse mucho al cromo de La Sirena. 

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La Sirena, por Robert Valadez

 

 

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Virgen de la Inmaculada Concepción

 

En aquel remoto lugar vive también una prostituta, conocida como la Concha. Todos los hombres del pueblo “habían puesto su lápiz en su vagina. Le habían dejado allí sobre su montaña su tinta semitransparente, su ejército de espermatozoides indios”. Lo admirable era que la mujer seguía teniendo la misma cara de cuando tenía trece años, “el tiempo en que alguien descubrió que se parecía a la Virgen de la Concepción que había en la iglesia y de donde le venía su apodo”. Era la misma. Rechula. La única diferencia es que era morena, de carne y hueso, y que, además, era puta.

A la Concha le repugna que adoren a una Virgen y no a ella, que ha mitigado los apetitos carnales de los hombres del lugar. Para apagar el fuego del deseo, la mujer se introduce un tizón entre los genitales. El olor a carne chamuscada baña la casa, y el olor de los pelos y carne quemada “se confunde con el perfume de las flores del patio y se riega sobre la aldea”. Los hombres, dice el texto, desaman a sus novias para amar a la Virgen, y aborrecen a sus padres porque intentar robarles el amor a la única ladina del pueblo.  Nunca consiguen ir a la cama con la mujer que desean, o esta muda de esencia en el transcurso del rapto sexual. A ella entronizan los hombres como la Madre de Dios y patrona de la Cofradía de la Muerte.

Las mujeres se quejan: “en la ciudá los hombres de aquí buscan en las ladinas la cara de la Virgen, aquí buscan en la Virgen la cara de las ladinas. Por eso la Virgen es la Reina y ellas la niña tal, la Seño tal. En cambio, nosotras somo la Juana, la Concha, la Venancia. ¡Las gallinas del patio!”. La impotencia y la incomunicación marcan la vida de los pobladores de aquel no-lugar.

El poeta kakchiquel desarrolló magistralmente el axioma de Rimbaud: “Yo es otro”. La otredad no está fuera de mí. Por el contrario: la otredad es parte consustancial de mi subjetividad y mi práctica social. La vida es eso. Virtud y Transgresión se lían a patadas debajo de nuestra mesa. Nunca dominarás a Virtud. Transgresión te cantará al oído en una solitaria cama.

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