Estética y política de la Revolución de Octubre

PrimitiveImagePor Mario Roberto Morales –
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El caso de Roberto González Goyri

Roberto González Goyri (1924-2007) es un ejemplo emblemático de la estética de la Revolución en el campo de las artes plásticas, sobre todo porque fue un artista que no se quedó en la expresión meramente militante del proyecto político en marcha, sino que indagó experimentalmente en las raíces histórico-étnicas de su país para brindar una síntesis diversa de sus mestizajes y sus posibilidades de desarrollo multicultural. Este rasgo de su obra es prominente a lo largo de toda su producción.

Sin duda, la beca que obtuvo del Gobierno revolucionario para estudiar en Nueva York en 1948, en donde permaneció por espacio de cuatro años, lo puso en contacto con las direcciones plásticas contemporáneas del mundo de entonces, y eso le permitió expresar, en aquellos lenguajes, los rasgos constitutivos que él observaba y sentía como parte de su cultura y su idiosincrasia mestiza, todo lo cual era celebrado por el clima revolucionario de apoyo a las artes y a la alta cultura que se vivía en su país.

Miembro de lo que se ha dado en llamar la Generación del 40, la cual incluye en la plástica a artistas como Roberto Ossaye, Dagoberto Vásquez, Guillermo Grajeda Mena y Juan Antonio Franco, entre otros, González Goyri demostró, desde sus primero trabajos pictóricos y escultóricos, tanto en pequeño como en gran formato, una libertad formal y de contenido que lo hizo transitar de un contundente realismo expresionista muy afincado en su entorno inmediato, a un refinado abstraccionismo (también expresionista) que conecta su obra con las direcciones principales de la plástica mundial de la época. En ambos filones, los elementos articuladores del discurso plástico van desde toda suerte de elementos figurativos hasta trazos geométricos puros, pasando por múltiples formas de combinaciones audaces de esos elementos. Esta mezcla, sin embargo, aparece siempre acusando un sereno balance expresivo, tanto en el plano del color como en el de las texturas y en el de la composición. Hay en la obra de nuestro artista, siempre, un libre transitar de una cosa a otra, de una estética a otra, pero con un desarrolladísimo sentido de la continuidad y la fluidez expresiva, todo lo cual le otorga a su legado una hondura reposada que le permite tocar fibras emotivas ampliamente compartidas por un vasto espectro de recipiendarios de sus mensajes. El efecto no es el de un eclecticismo mecánico, sino, por el contrario, la atmósfera que logra es la de una armonía a la vez vigorosa y profunda, mediante la cual expresa siempre valores que nos remiten a la muticulturalidad guatemalteca y a sus interculturalidades conflictivas, aunque sin caer en lenguajes retóricos sino siempre con la fuerza sincera de su indomable ímpetu expresivo de artista de tiempo completo. Esta capacidad de transitar sin culpa ni ataduras de una posibilidad estética o formal a otra, es un rasgo fundamental de la obra de González Goyri. Y lo mismo ocurre con sus temáticas y contenidos. Pues puede pasar de la recreación de un ave exótica a narrarnos problemáticas que son producto de su reflexión acerca de sus raíces históricas. Por ejemplo, en los paneles del Crédito Hipotecario.

Como ya dijimos, su espectro estético va del realismo expresionista –su “Autorretrato” de 1940 en el Museo de Arte Moderno de Guatemala, por ejemplo– al expresionismo figurativista –su “Muchacha con una cuerda” de 1953, entre otros tantos ejemplos–, pasando por abstraccionismos diversos –como su “La fuerza del trópico” de 1992 en el Edificio Edyma, de Guatemala–, todo sobre materiales de gran diversidad y acusando recursos técnico-formales de lo más disímil. Hay en toda su obra, repetimos, una pertinaz recurrencia a temáticas locales. Guatemala suele estar casi siempre presente, aunque vestida con los ropajes de las vanguardias artísticas del resto del mundo.

Además de su mencionado “Autorretrato”, algunos ejemplos en escultura y pintura realistas son: el relieve “La Noche” (1945) y el busto “Retrato de mi abuela” (1945). En cuanto al expresionismo figurativo resaltan a mi parecer esculturas como “Figura negra” (1946), “Durmiente” (1949) y la conocida “Pelea de Gallos” (1951), así como gran cantidad de pinturas sobre lienzo. En cuanto a sus experimentos abstraccionistas, cabe mencionar, además de “La fuerza del trópico”, “El portador del fuego” (1991), así como varias de sus últimas pinturas. Hay que decir que estas obras se inscriben en un abstraccionismo en el cual se reconocen múltiples elementos figurativos. Incluso en los paneles del Banco de Guatemala ocurre esto, en medio de un contexto predominantemente abstracto.

Como señalamos, los contenidos y las temáticas del maestro son asimismo diversos, pero, insistimos, destaca en su obra su preocupación por narrar la historia de su país y su problemática, especialmente en sus relieves monumentales y murales, mediante estéticas expresionistas de un contundente figurativismo crítico y a la vez nostálgico. Son ejemplo de esto el mural en relieve del IGGS (1959) titulado “La nacionalidad guatemalteca”. Este es un título revelador, pues al contemplar la obra vemos que se trata de una historia condensada del país. ¿Por qué entonces alude a la nacionalidad? Creo que es porque para el maestro la nacionalidad no es un producto inmediato, sino el resultado de un largo proceso que no se diferencia de la historia. En tal sentido, nuestro artista sabía muy bien que el sentido de pertenencia a una nación se lo estaba dando un Estado democrático por medio de la educación gratuita, laica y obligatoria, en la cual se enseñaba la historia como base y cimiento del forjamiento de una identidad nacional firme, orgullosa y en pleno desarrollo. Este es un relieve que debería ser visto y analizado por todos los escolares guatemaltecos, a fin de que experimenten al trayecto que va de los “hombres de maíz” a las luchas populares del siglo XX. La síntesis histórica que logra González Goyri en este relieve es impresionante por su formidable capacidad de simplificación didáctica. Se trata de una obra que uno nunca se aburre de ver. Y hay que prestarle mucha atención. Pues es una narración que cuenta la historia que culmina en la nacionalidad guatemalteca. Inacabada, conflictiva. Pero existente. Y la tenemos ante nuestros ojos, esculpida con lúcida criticidad.

Los paneles del Parque de la Industria, expresan, por su parte, una asimilación plena de la gráfica de los años 60. Es decir, de la gráfica publicitaria, misma que el maestro refuncionaliza para expresar valores culturales de la nacionalidad. Una obra cumbre es la del Crédito Hipotecario Nacional (1963), aunque por desgracia la gente la ve menos debido a su ubicación. Su título es “La economía y su relación con la educación, la industria, la agricultura y la cultura”. En el título hay ya un discurso ideológico, sociológico e histórico, de convicciones nacionalistas. Nos tomaría mucho tiempo analizar panel por panel. Baste sólo destacar por ahora la inequívoca voluntad concientizadora, ética y estética del maestro en esta obra monumental.

Pero González Goyri tiene asimismo otro tipo de discursos, como por ejemplo el bíblico, en el mural de iglesia de la Villa de Guadalupe; o el discurso de la Conquista, el mural del Hotel Conquistador. Estos discursos son, intencionalmente, descriptivos y estáticos, quizá como una crítica velada a las ideologías oficiales del poder.

Finalmente, es digno de mencionar su “Tecún Umán”, sereno y profundo, en contraste con el de Rodolfo Galeotti Torres, en Quetzaltenango, quien recrea a un guerrero iracundo a punto de atacar. El de González Goyri es una figura atlética e imponente, pero sobre todo pensante, reflexiva. Esta faceta no militar de Tecún Umán le otorga al personaje (ficticio o no, eso es lo de menos) una profundidad humana e ideológica que antes de esta recreación no tenía.

La tradición y el legado artístico de la Revolución

La estética de la revolución es desarrollada y madurada por González Goyri y sus contemporáneos después de la derrota del proyecto modernizador, y cuaja a partir de los años 50 en adelante. Si vemos en retrospectiva la historia del arte guatemalteco y su matriz más reciente, la Revolución de Octubre, nos percataremos de que esta herencia cultural madura a lo largo de las décadas posteriores. En efecto, la estética de la Revolución y la apertura a la modernidad artística no pudo ver realizadas muchas de sus mejores obras durante el tiempo que duraron los gobiernos revolucionarios. Paradójicamente, sus artistas siguieron creando durante las dictaduras militares de la contrarrevolución. En otras palabras, la ética y la estética de la Revolución se realizaron con plenitud en el arte durante los años posteriores al derrocamiento de Arbenz, y alcanzaron sus más altas cumbres en los años 60, 70 y 80. E incluso después. Dicho de otro modo, si bien la estética de la Revolución no pudo ser consumida del todo por la gente que vivió aquellos diez años de democracia, sí lo fue por las generaciones posteriores y por la gente que sobrevivió a la represión de 1954.

Es curioso que la herencia estética de la Revolución no sólo perviva, sino que constituya, junto a sus desarrollos ulteriores, nuestra modernidad artística plena y original. No se puede decir lo mismo de la literatura, cuya plena modernización nacional sobrevino mucho tiempo después, en la década de los 70. Pero en la plástica, no cabe duda de que el país le debe su actual modernidad artística a los creadores de la Generación del 40, entre los que destaca –por su libertad expresiva irrestricta e irrenunciable– Roberto González Goyri.

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