Žižek: Comienza una era de peligro, con varias potencias

dreConocer a una sociedad no es conocer sólo sus reglas explícitas. También hay que saber cómo aplicarlas: cuándo utilizarlas, cuándo violarlas, cuándo desechar una alternativa, y cuándo en realidad estamos obligados a hacer algo pero tenemos que fingir que lo hacemos libremente. Consideremos la paradoja, por ejemplo, de los ofrecimientos hechos para que se rechacen. Cuando un tío mío rico me invita a un restaurante, los dos sabemos que él pagará la cuenta, pero de todos modos yo tengo que insistir un poco en que la compartamos: imagínense mi sorpresa si mi tío simplemente dijera: “Bueno, OK, pagála vos”.

Durante los caóticos años post-soviéticos del gobierno de Yeltsin en Rusia hubo un problema similar. Aunque las reglas legales se conocían, y en gran medida eran las mismas que bajo la Unión Soviética, la compleja trama de reglas implícitas, no escritas, que sostenían todo el edificio social, se desintegraron. En la Unión Soviética, si querías una mejor atención hospitalaria, digamos, o un departamento nuevo, si tenías una queja contra las autoridades, si te citaban en los tribunales o querías que tu hijo o hija fueran aceptados en una escuela del mejor nivel, conocías las reglas tácitas. Sabías a quién tenías que dirigirte o coimear, qué podías hacer y qué no. Después del derrumbe del poder soviético, uno de los aspectos más frustrantes de la vida cotidiana para la gente común fue que estas reglas tácitas se volvieron seriamente difusas. La gente sencillamente no sabía cómo reaccionar, cómo vincularse con las disposiciones legales explícitas, qué se podía pasar por alto y dónde funcionaba la coima. (Una de las funciones del crimen organizado fue proporcionar una especie de legalidad sustituta. Si tenías un pequeño negocio y un cliente te debía dinero, llamabas a tu protector de la mafia, que se ocupaba del asunto ya que el sistema legal del estado era ineficaz.) La estabilización de la sociedad bajo el reinado de Putin se debió mayormente al restablecimiento de la transparencia de las normas no escritas. Ahora, otra vez, gran parte de la gente vuelve a entender la compleja telaraña de las interacciones sociales.

En política internacional todavía no hemos llegado a esta etapa. Durante la década de 1990 un pacto no hablado regulaba la relación entre las grandes potencias occidentales y Rusia. Las naciones occidentales trataban a Rusia como una gran potencia, a condición de que Rusia no actuara como tal. ¿Pero qué ocurre si la persona a la que se le hace el ofrecimiento para que lo rechace en realidad lo acepta? ¿Qué ocurre si Rusia empieza a actuar como una gran potencia? Una situación así es verdaderamente catastrófica, una amenaza para todo el tejido de relaciones existente: como pasó hace cinco años en Georgia. Cansada de que sólo la trataran como a una superpotencia, Rusia actuó realmente como tal.

¿Cómo se llegó a esto? El siglo estadounidense terminó, y hemos entrado en un período en el cual se han ido formando múltiples centros de capitalismo global. En EE.UU., Europa, China y tal vez América Latina, también, los sistemas capitalistas se han desarrollado con orientaciones específicas: EE.UU. apoya el capitalismo neoliberal, Europa lo que queda del Estado de Bienestar, China al capitalismo autoritario, América Latina al capitalismo populista. Luego de que fracasara el intento de EE.UU. de imponerse como única superpotencia –el policía universal– se da ahora la necesidad de establecer las reglas de interacción entre estos centros locales en lo que hace a sus intereses en conflicto.

Es por esto que nuestra época es potencialmente más peligrosa de lo que puede parecer. Durante la Guerra Fría, las reglas de comportamiento internacional estaban claras, garantizadas por la locura –destrucción mutuamente asegurada– de las superpotencias. Cuando la Unión Soviética violó estas reglas no escritas al invadir Afganistán, pagó cara su transgresión. La guerra de Afganistán fue el comienzo de su fin. Hoy, las nuevas y las viejas superpotencias se están probando unas a otras, tratando de imponer su visión propia de las reglas globales, experimentando con ellas a través de sustitutos, que, por supuesto, son otras naciones y estados más chicos.
Karl Popper elogió cierta vez las pruebas científicas de las hipótesis, diciendo que, de ese modo, permitimos que nuestras hipótesis mueran en lugar nuestro. En las pruebas de hoy, los países chicos se lastiman y hieren en lugar de los grandes: primero Georgia, hoy Ucrania. Pese a que las argumentaciones oficiales son altamente morales y giran en torno a los derechos humanos y las libertades, la naturaleza del asunto queda clara. Los acontecimientos de Ucrania parecen algo similar a una segunda parte de la crisis de Georgia: la etapa siguiente de una lucha geopolítica por el control en un mundo desregulado y multicéntrico.

Definitivamente es momento de enseñar algunos modales a las superpotencias, viejas y nuevas, ¿pero quién lo va a hacer? Obviamente, sólo una entidad transnacional puede hacerse cargo: más de 200 años atrás, Immanuel Kant vio la necesidad de un orden legal transnacional basado en el surgimiento de la sociedad global. En su proyecto en procura de la paz perfecta escribió: “Dado que, más estrecha o más amplia, la comunidad de los pueblos de la Tierra se ha desarrollado tanto que una violación de derechos en un lugar se percibe en todo el mundo, la idea de una ley de ciudadanía mundial no es un concepto pretensioso ni exagerado.” Esto, sin embargo, nos lleva a lo que tal vez sea la “principal contradicción” del nuevo orden mundial (si podemos usar el viejo término maoísta): la imposibilidad de crear un orden político global que se corresponda con la economía capitalista global. ¿Qué pasa si, por razones estructurales, y no sólo debidas a limitaciones empíricas, no puede haber una democracia de alcance mundial o un gobierno mundial representativo? ¿Qué pasa si la economía de mercado global no se puede organizar directamente como una democracia liberal global con elecciones mundiales?

Hoy, en nuestra era de la globalización, pagamos el precio de esta “contradicción principal”. En política, las fijaciones de vieja data y las identidades culturales particulares, religiosas y étnicas sustanciales, han regresado con gran fuerza. Nuestro trance está definido hoy por esta tensión: la libre circulación global de commodities está acompañada por crecientes separaciones en la esfera social. Desde la caída del Muro de Berlín y el surgimiento del mercado global han empezado a surgir nuevos muros por todas partes, que separan pueblos y culturas. Tal vez la propia supervivencia de la humanidad dependa de resolver esta tensión.
©The Guardian
Traducción: Román García Azcárate

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