La cima del mundo

tthDoug Henwood *

El mensaje central de este enorme y enormemente importante libro puede resumirse en pocas líneas: dejada a sus propios medios, la riqueza en las economías capitalistas inevitablemente tiende a concentrarse. No hay un mecanismo “natural” inherente en la estructura de tales economías para inhibir y mucho menos revertir esa tendencia. Solamente crisis como guerras y depresiones económicas, o intervenciones políticas como la implementación de nuevos impuestos (lo cual para las clases superiores sería una crisis) puede lograrlo. Y Thomas Piketty tiene dos siglos de datos para respaldar su tesis.

En términos más técnicos, el argumento central de El capital en el siglo XXI es que mientras que la tasa de retorno del capital, r, supere la tasa de crecimiento amplio en el ingreso nacional, c, –o sea, cuando r > c— el capital se concentrará. Es un hecho empírico que la tasa de retorno del capital –ingresos en forma de ganancias, dividendos, rentas y similares, divididos por el valor de los activos que producen el ingreso— ha sido en promedio de 4 a 5% durante más o menos los últimos dos siglos. También es un hecho empírico que la tasa de crecimiento en el PIB por cápita ha sido en promedio entre 1 y 2%. Hay períodos y lugares donde el crecimiento es más rápido, por supuesto: los Estados Unidos tiempos atrás, Japón entre los 1950s y los 80s, o China durante los últimos 30 años. Pero estas son excepciones, y los dos primeros ejemplos se han revertido a la media. Así que si ese 4 a 5% de retorno es ahorrado en lugar de desperdiciado o gravado, se acumulará en una masa cada vez más grande en relación con los ingresos promedio. Esto podría parecerle de sentido común a cualquiera que haya vivido las últimas décadas, pero siempre es bueno tener evidencia que respalde al sentido común, que no es siempre confiable.

Hay otra tendencia que intensifica la concentración de riqueza hacia arriba: las fortunas mismas se ajustan en esa dirección: dentro del tradicional 1%, al 0,1% le va mejor que al restante 0,9%, al 0,01% le va mejor que al restante 0,09%, y así sucesivamente. Entre más grande la fortuna, mayor el retorno. Piketty argumenta esto revisando no solo expedientes individuales, sino también (perspicazmente) fondos universitarios, para los cuales existen décadas de buenos datos. El fondo de una universidad estadounidense promedio generó un retorno promedio real –descontando costos administrativos— de un 8,2% anual entre 1980 y 2010. Harvard, Yale y Princeton, que componen una clase propia (con fondos entre 15.000 y 30.000 millones de dólares), recibieron un retorno de 10,2% anual. Desde esa cómoda cumbre, el promedio de retorno desciende con el tamaño de cada clase, desde el 8,8% para fondos de más de $1.000 millones de dólares, hasta un 6,2% para aquellos menores a $100 millones. En síntesis: el dinero engendra dinero, y entre más dinero más abundante es esa prole.

En algún momento se creyó, durante las décadas inmediatamente posteriores a la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial, que las grandes desigualdades de riqueza eran características de un capitalismo joven, que había sido superado al alcanzar la madurez. Esta teoría fue originalmente enunciada de modo formal en un artículo de 1955 por el economista Simon Kuznets, quien trazó una curva que representaba el trascurso histórico de la desigualdad como una U invertida: el gráfico de Kuznets mostraba que las desigualdades de riqueza se elevaban dramáticamente durante los años tempranos del crecimiento, y se revertían cuando una economía capitalista madura llegaba a cierta (no muy bien especificada) etapa de desarrollo.

La curva de Kuznets calzaba muy bien con las experiencias reales de las economías ricas durante los que los franceses llaman los Trente Glorieuses, los “treinta años gloriosos” entre 1945 y 1975, cuando el crecimiento económico era ampliamente compartido y las diferencias de ingresos se estrecharon. En los Estados Unidos, de acuerdo con cifras del Departamento de Censos (que tienen algunos problemas, como pronto veremos), la parte de ingreso reclamada por el 20% superior –y dentro de ese grupo, el 5% de arriba— decreció durante los años gloriosos. Al mismo tiempo, el ingreso del 80% restante subió.

Pero en los Estados Unidos, los treinta años gloriosos fueron más bien veintipico; dependiendo de cómo se mida, el proceso de igualación terminó en algún momento entre 1968 y 1974, de nuevo según datos censales. Empero, más allá de nimiedades, el proceso de relativa igualación duró al menos suficientemente para que pareciera que Kuznets tenía algo de razón con su curva. Digo “relativa” porque estos todavía no son números pequeños: el 5% de familias más ricas tenía ingresos cerca de once veces las de el 20% más pobre en 1974, el año más igual según esta medida desde que los gráficos de los censos comenzaron en 1947. Pero ese número ahora parece pequeño, comparado con la relación más reciente: casi 23 veces en 2012.

Mientras que esas cifras censales –y esfuerzos estadísticos similares basados en sondeos en unidades domésticas en el resto del mundo— son útiles para esbozar grandes tendencias, tienen algunos problemas serios. Más importante, no dan cuenta de los muy ricos, un tema de extremo interés voyerístico y político. Los plutócratas no responden a los sondeos. La Reserva Federal hace un Sondeo de Finanzas de los Consumidores cada tres años, que hace esfuerzos especiales para incluir a los ricos, pero por diseño los 400 más ricos según la revista Forbes están excluidos; por razones de privacidad, de acuerdo con la documentación del sondeo. Para un análisis de los seriamente ricos hay que revisar los datos fiscales, lo cual es lo que Piketty (y su colaborador de otros tiempos, Emmanuel Saez) ha hecho.

El estudio de Piketty está limitado a un puñado de países ricos: Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Alemania y Japón. Estas economías tienen los mejores datos a lo largo del más largo período de tiempo, y, además, si se estudia la riqueza, estos son los países donde abrumadoramente han vivido los adinerados. Los datos franceses son particularmente detallados, pues la Revolución Francesa instituyó un elaborado registro de propiedad. Los franceses no hicieron mucho para redistribuir la riqueza –después de todo fue una revolución burguesa—, pero hicieron mucho para catalogarlo.

La mayoría de los países ricos introdujeron impuestos sobre la renta en el siglo XX, lo cual hizo posible estudiar el volumen y estructura de ingresos con alguna precisión y detalle. Pero es posible explorar más allá en el pasado para buscar estimados de ingresos agregados y el valor del acervo de capital. Y de hecho gran parte de El capital en el siglo XXI se dedica a delinear los contornos del valor de esos acervos de capital relativas a los ingresos –un modo efectivo de analizar el alza relativa del capital a lo largo del tiempo. Para Gran Bretaña y Francia, el valor total de los acervos de capital –propiedad, como casi siempre, principalmente por el 1% (sea por aristócratas o miembros de la burguesía, sea en Francia en 1780 o los Estados Unidos en 2014)— fue siete veces el ingreso nacional entre 1700 y hasta alrededor de 1910. (El ingreso nacional, grosso modo, es la suma de todas las formas de ingreso en una economía dada –salarios, ganancias, interés, dividendos, etc.). Con dos guerras mundiales y una depresión económica, los acervos de capital cayeron hasta a tres veces el ingreso nacional. (Curiosamente, Piketty indica que la destrucción monetaria de pagar la guerra mediante impuestos e inflación hizo más daños a los acervos de capital que la destrucción física generada por el mismo combate). Se empezó a recuperar alrededor de 1950, pero fue inhibido por tasas fiscales extremadamente altas en las primeras décadas de la posguerra. Para 2010, los acervos de capital se habían recuperado a entre 5 y 6 veces el ingreso nacional en Gran Bretaña y Francia. Los datos empiezan más tarde para Alemania, pero el patrón no es distinto: acervos de capital de alrededor de siete veces el ingreso nacional en 1870, se escurrieron a sólo dos veces en 1950, y se recuperaron a cuatro veces en 2010. La trayectoria de Estados Unidos es mucho menos dramática: de alrededor de tres veces en 1770, los acervos de capital se incrementaron de modo constante hasta llegar a cinco veces en vísperas de la Gran Depresión, cayeron a cuatro en 1940, pero empezaron a recuperarse rápidamente, subiendo hasta a cinco veces en 2010. La Segunda Guerra Mundial perjudicó muy poco a los estadounidenses ricos, quienes con el advenimiento de la paz y los acuerdos de Yalta en 1945 fueron los principales herederos del imperio británico.

En el tratamiento de Piketty de la economía estadounidense surgen muchos detalles interesantes. A pesar de nuestra actual distinción como la más desigual de las principales economías mundiales, los Estados Unidos fueron un lugar relativamente igualitario (para las personas blancas) en el siglo XIX y los inicios del XX. Pero, hablando de personas blancas, la liberación de los esclavos después de la Guerra de Secesión fue probablemente la mayor expropiación de capital en la historia. Si se cuenta a las personas esclavas como riqueza –que era el modo como, grotescamente, la sociedad estadounidense las definía desde la fundación del país hasta 1865— su valor era alrededor de 150% del ingreso nacional a lo largo de la era esclavista. Y prácticamente de un día al otro, con la Proclamación de Emancipación de 1863, dejaron de ser propiedad de otros.

Después de esto, los Estados Unidos perdieron sus agallas para la expropiación. Aunque no completamente: Piketty reporta que fue políticamente más fácil para los Estados Unidos instituir el impuesto sobre la renta en 1913 que lo que sería luego en las economías europeas, debido al persistente resentimiento populista contra los ricos. Eso, y el sin fin de oleadas de inmigrantes, que constantemente perturbaron la jerarquía económica, mantuvieron a los Estados Unidos más igualitarios que Europa hasta los 1970s. A partir de entonces, aunque en todas partes los ricos se hicieron más ricos, los Estados Unidos se conviertieron en los indiscutibles campeones en desigualdad del mundo pudiente. Es también más desigual que muchos países “emergentes”, como China e India.

Notablemente, a pesar de estos grandes giros durante los dos últimos siglos, resaltan muchas continuidades en la narración histórica de Piketty. Una es la estabilidad en la tasa de retorno del capital: el mismo porcentaje anual de 4 al 5%, década tras década. Otra es la preponderancia de esa figura del 1%, que parecía una simplificación polémica del movimiento Occupy, pero que claramente tiene una base histórica.

Pero algo ha cambiado dentro de ese 1%: mientras que en otro momento estaba dominado por una población de rentistas ociosos que raramente trabajaban, hoy está dominado, especialmente en los Estados Unidos, por un grupo de ejecutivos estrellas y financistas que se jactan de ser pagados por sus talentos extraordinarios.

A la economía como disciplina le encantan las historias de equilibrio y convergencia. Vastas desigualdades deberían, en teoría, resolverse en la competencia, como le gusta decir a la economía neoclásica. Pero esto casi nunca sucede. Globalmente, los países más pobres deberían alcanzar a los más ricos cuando la tecnología y la educación se expanden y el capital móvil, en su búsqueda de retornos más altos, hace a los pobres menos pobres. Esto ha pasado hasta cierto punto, pero las economías que se desarrollan rápidamente, como India y muchas naciones africanas, siguen siendo mucho más pobres que los Estados Unidos o Europa occidental. En el caso de la riqueza personal, las viejas fortunas deberían decaer y ser desplazadas por otras nuevas, como las máquinas de escribir manuales fueron sustituidas por las eléctricas, y éstas por las computadoras. Pero de hecho el dinero antiguo es extraordinariamente persistente. Sí: hemos visto la creación de un gran número de nuevas fortunas en las últimas décadas, un cambio respecto a los días oscuros de la riqueza de mediados del siglo XX. Bill Gates es hijo de un abogado acomodado que estaba muy lejos de ser millonario; Mark Zuckerberg es hijo de un dentista y una psiquiatra. Estos personajes son la imagen de la nueva riqueza moderna. Pero a pesar de estas nuevas fortunas, la herencia sigue siendo muy importante. David Rockefeller, quien a sus 98 años vale $2.800 millones, es el número 193 de la lista de Forbes. En términos generales, concluye Piketty, es probable que la mitad o más de la riqueza en los estratos superiores provenga de la herencia.

Y, aunque Piketty no investiga esto, desde hace mucho he sospechado que la principal fuerza contra el impuesto a los bienes inmuebles en los Estados Unidos ha sido la de que los multimillonarios de la época neoliberal –los magnates de la tecnología y las finanzas, algunos famosos, otros apenas conocidos— han estado pensando en sus herencias. Los retoños de la segunda Era Dorada quieren ver a sus nietos en la lista de los 400 más ricos de Forbes, igual quasí como David Rockefeller es un fantasma de la primera Era Dorada. Estoy menos seguro de que quieran ver sus nombres en fundaciones tradicionales; tal vez prefieran las de carácter más bien empresarial. Pero es claro que la importancia política del “impuesto a la muerte” refleja el perfil de fortunas de un tipo que estuvo de moda desde hace mucho tiempo.

El libro de Piketty pudo ser más breve. Es original y muy importante, y merece una amplia audiencia, pero incluso un especialista se cansa después de cuatrocientas páginas, y con más razón después de pasar las seiscientas. A menudo es farragoso y repetitivo. Pero no es para nada pesado; la prosa es clara, y hay muy poca matemática: Piketty, profesor en la Escuela de Economía de París, le tiene poco aprecio a la economía convencional (o sea, principalmente la estadounidense). Desde el principio es crítico de la “pasión infantil por las matemáticas” de su disciplina y su falta de interés en otras ciencias sociales o en la cultura. A menudo se refiere a novelas, particularmente como las de Austen y Balzac, que iluminan el mundo de la riqueza, algo que nunca se encontrará en el número más reciente del American Economic Review. Y de paso critica a varios economistas académicos de los Estados Unidos, quienes generalmente se encuentran cerca de la cima de la distribución de ingresos y que, no por pura coincidencia, creen que la distribución de los ingresos es justa y eficiente.

Pero la mayor frustración que deja el libro es política. Piketty muestra claramente que fuera de depresiones y guerras, la acción política concertada es el único modo posible de domar a la bestia de la concentración incesante. Las altas tasas impositivas a los grupos económicos superiores en las décadas inmediatamente posteriores a la posguerrano hubieran podido darse sin serios temores de las élites: memorias frescas de la Depresión, amenazas de fuertes sindicatos nacionales, y la competencia a escala global con la URSS, la cual, con todos sus problemas, que era la prueba vivente de que un sistema económico distinto era posible. Al desvanecerse estos factores, bajaron los impuestos a los grupos más pudientes, los salarios y beneficios fueron recortados, y la mayor movilidad del capital llevó a una mayor competencia entre jurisdicciones para ofrecer “climas favorables a la inversión” —o sea, regulaciones débiles, bajos salarios e impuestos mínimos. Todas estas tendencias han contribuido a la acumulación de capital durante los últimos treinta años, mientras la riqueza y el poder se han desplazado hacia arriba en enorme escala. Ninguna de estas características se revertirá espontáneamente. Ni se alterarán mediante la “deliberación democrática” —Piketty indica reiteradamente el fuerte poder político de la clase propietaria— o el mejor acceso a la educación, como desafortunadamente sugiere Piketty en algún momento. El refrescamiento de las capacidades de la clase obrera no puede competir con el poder de r > c.

Empezando por el título, el eternamente recurrente espectro de Marx flota sobre este libro. A inicios de la primer página de la introducción, Piketty pregunta: “¿lleva inevitablemente la dinámica de acumulación de capital privado a la concentración de riqueza en pocas manos, como creyó Karl Marx en el siglo XIX?”. Como diría un psicoanalista, formular la frase como algo referido al pasado es una cómoda técnica de distanciamiento, pero la respuesta claramente es que sí. Varias veces Piketty desautoriza a Marx –justo unas líneas más abajo le acredita al “crecimiento económico y la difusión del conocimiento” el habernos permitido evadir “el apocalipsis marxista”—, pero también concede que esas condiciones profilácticas no han cambiado las estructuras profundas del capitalismo y la tendencia a que la riqueza se concentre. En otras palabras, parece que la misma investigación de Piketty muestra que el viejo pesimista decimonónico tenía razón.

A diferencia de la mayoría de economistas modernos, Piketty al menos reconoce la ambición y profundidad de Marx. Pero para Piketty, el principal problema con Marx es su llamado inequívoco a la confrontación política. Habiendo descrito un proceso de polarización material inexorable –y con ello, el creciente poder plutocrático sobre el Estado— Piketty sigue inquietantemente moderado al hablar de las implicaciones políticas de su análisis. Afirma que una de las principales razones de su postura de escepticismo socialista es que se hizo adulto cuando el comunismo de estilo soviético se derrumbaba, lo cual lo dejó “vacunado de por vida contra la retórica convencional pero perezosa del anticapitalismo”.

La retórica anticapitalista no tiene por qué ser perezosa; además, a pesar de toda la sofisticación empírica del trabajo de Piketty, su pensamiento político difícilmente pueda verse como un modelo de complejidad o esfuerzo. Cuando más, aspira a contribuir a la deliberación racional democrática sobre “el mejor modo de organizar la sociedad”.

Aún así, siendo tal deliberación claramente necesaria, la acción política no puede ser excluida de ese proceso simplemente porque nos ocurrió haber vivido el colapso de la Guerra Fría. Llena de energía ver que una generación más joven de intelectuales políticos, que estaban en la escuela primaria cuando cayó el Muro de Berlín, se perdieron la vacuna anticapitalista. Esta generación podría ser capaz de tomar los datos de Piketty y causar genuinos problemas con ellos. Porque problemas graves –demostraciones, huelgas, movimientos políticos insurgentes— es lo que se necesitará para descarrilar la inevitable tendencia del capitalismo hacia la concentración. Pareciera que con menos que eso proseguiremos nuestro viaje en ruta hacia una nueva servidumbre.

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* Doug Henwood es editor de Left Business Observer y presentador de Behind the News, un programa semanal en la estación de radio KPFA de Berkeley. Actualmente elabora un estudio sobre la clase dominante en los Estados Unidos.

Traducción de George García Quesada. Publicado originalmente en Book Forum, Abril-Mayo 2014.

Revista Paquidermo

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