Entre mirar y ser clasemediero despojado

kjjPor Alfonso Porres*
Hace unos días escuchaba una conferencia de Adolfo Gilly, y otra de Edelberto Torres Rivas. El primero hablaba sobre los procesos de despojo. El despojo del poder y el territorio. El segundo sobre cómo las clases medias (que falta por definirla en la actualidad) en un momento determinado se sumaron a la lucha armada revolucionaria que estuvo fuera de contexto por los acontecimientos mundiales de los años 80 (caída del bloque socialista).

En esas conferencias, en las que se vertieron un sinnúmero de conceptos de economía política y sociología, alcancé a entender, o analizar con mis rudimentarias herramientas (pues aunque conozco la mayor parte de las categorías esbozadas durante la conferencias, no las manejo) lo siguiente.

En primer lugar

Que en el actual estado de las cosas, el tiempo, el Estado y la cultura; los seres humanos nos hemos vuelto mercancía y que en un futuro cercano ya no alcanzaremos a ser ni siquiera fuerza de trabajo, por la robotización de la producción.
No seremos obreros, ni intelectuales, ni peones, ni profesionales y nos convertiremos en una especie de recursos renovables. Al menos los habitantes del sur, porque, desde luego, los habitantes del norte seguirán teniendo el estatus de ciudadanos.

Y en segundo lugar

Que el concepto de clase media se debe redefinir, a la luz de su papel social (recurso renovable, qué consume, objetos e imaginarios, hipotéticamente hablando) y que difícilmente, por estar fuera de contexto, podrá proponer un atisbo de cambio o revolución social.
Con este chirmol de ideas sobre la realidad de este mal país llamado Guatemala, salí a la calle a tratar de aplicar los criterios que medio entendí en las conferencias.

Traté de ver qué gente en la calle caía en los parámetros de ser clasemediero, despojado de conciencia y convertido en recurso, y me di cuenta de que, al igual que yo, la sociedad o población está absorta en observar, mejor dicho en mirar. Sí, todo el mundo mira (el síndrome del mirar, concepto de mi amigo Alfonso Colsa, que me lo explicó hace algunos años).

Concluyo, que además de estar enmarcados en los conceptos mencionados al principio, somos unos maestros de la contemplación.

Padecemos del Síndrome del mirón.

Y no es una conclusión a priori, fue construida desde la práctica (praxis, como criterio de verdad), pues dentro del trabajo de campo realizado, al entablar conversación con una sujeta clasemediera, escogida al azar, sobre el concepto de mercancía —su valor de uso y su valor de cambio— me encontré con un discurso que me hace pensar en que sueña, o mira, cómo adquirir los recursos para ponerse uno senos que le hagan verse más… (debo aclarar el concepto antes de estereotipar) Por lo que inferí que el concepto mirar tiene mayor validez que el de su valor de uso.

Por otro lado, con un segundo sujeto, al que trate explicarle el concepto de clase media y sus límites; me encuentro con que su atención está en mirar cómo ir a tomarse un cafecito a Ciudad Cayalá, y ser, al menos por un momento ciudadano de un mega proyecto habitacional destinado a los que miran cómo hueviarse los recursos del Estado o miran cómo traficar con drogas para poder pagar la bicoca de 500 mil dólares por unidad habitacional.

Pero el más lamentable fue el tercer sujeto, un habitante de condominio con garita de seguridad, a quien le quise explicar que el sistema de justica ha sido despojado por una élite social que mira cómo pisar a otro montón de gente que mira cómo se la cogen (socialmente y biológicamente). A lo que me respondió que ellos miran por la seguridad del vecindario por una módica cuota de 100 tuquis al mes, que incluye dos rondas nocturnas de policía privada bien armada.

Ante esta respuesta, ahora entiendo la frustración de las comunidades que defienden su territorio y que tratan de explicarle a la gente de la ciudad que hay un montón de funcionarios públicos que miran cómo estafar al Estado, regalando el territorio a transnacionales que, desde luego, miran cómo sacan el mayor producto con el mínimo costo, condenando a la biodiversidad y a comunidades enteras a mirar cómo putas sobreviven sin ambiente.

Y me doy cuenta de que tampoco escapo a esta tendencia, que además con las nuevas tecnologías hemos afinado el instrumento de mirar. Con ellas miramos perfiles de amigos, amigas, enemigos, desconocidos; miramos libros, investigaciones, revistas, periódicos, películas; miramos videos con contenido, sin contenido, con abruptos actos sexuales (muy humanos algunos); pero además miramos decapitaciones, ejecuciones, linchamientos, guerras, lapidaciones, violaciones; y cualquier barbaridad humana, no hay límites para mirar.

En fin, nos convertimos en fisgones que ven poco hacia el futuro, para visualizar un mejor destino, ahí nos convertimos en ciegos, como somos ahora con respecto a lo que creemos no nos incumbe.

Así concluyo con los pocos conceptos que manejo acerca de mirar y lo poco que logré entender con mis limitadas herramientas de economía política. Nos hemos despojado paulatinamente de la calidad de ser humanos, incluyendo a la clase media no definida, y que solo miramos la punta de nuestra nariz. O sea, de tanto mirar nos hemos vuelto ciegos, nos despojaron hasta de la posibilidad de sentir, no digamos de pensar.

Alfonso Porres*, Poeta, narrador, cineasta.

 

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