Inmigrante clandestina: Travesía desierto Sonora-Arizona

 Corrimos a escondernos entre los matorrales mientras bajaban todos de los taxis que, en un rechinar se llantas de marchaban del lugar, estábamos en medio de la nada alejados del centro de Agua Prieta metidos en el desierto de Sonora.

Yo era la única que cargaba gorro pasamontañas y guantes negros, fueron indicaciones de la coyota no quitármelos ni un segundo cuando me adentrara en el desierto porque de noche los cactus no se ven y las tunas se incrustan en la piel sin ningún tipo de piedad. Debido a mi experiencia de andar en barrancos y escalando montañas y volcanes opté por vestirme con un pants, playera, una chumpa y tenis que era lo más cómodo posible para la travesía y ciertamente fui la única vestida así, el resto de mis compañeros iban vestidos con pantalones de lona oscuros y zapatos de vestir, algunos con botas vaqueras, las mujeres con zapatos cerrados, muy pocos íbamos con tenis.

La única que llevaba suero era yo, el resto llevaba agua pura y mezcal, nos habían dicho que el frío del desierto era asesino y ciertamente a pesar de que vivo en una ciudad que sus inviernos con gélidos no he sentido frío como el que viví en los desiertos de Sonora y Arizona, creo que también contó lo circunstancial de la travesía para hacer de aquella experiencia algo épico en mi vida.

No adentramos en el desierto de Sonora, caminando en hilera ésa fue la indicación del coyote: caminar uno tras de otro. Cuando ya habíamos avanzado cinco kilómetros nos detuvimos y nuevamente nos explicó el trámite de la travesía: “nadie de ustedes se va a atrever a delatarme como el coyote en caso nos atrape la migra porque si lo hacen la organización los va a matar, lo que tienen que decir es que tomamos el camino por nosotros mismos y que no llevamos coyote guía, si en caso nos salen en el camino los cuatreros no nos resistamos a que nos asalten entreguemos todo y si nos violan pues que nos violen…”

Una de la muchachas me preguntó en ese instante si me había puesto la inyección para no quedar embarazada en caso de un abuso sexual en el desierto, en ese momento yo caí en la cuenta de la seriedad de la situación en la que estaba metida, nunca se me ocurrió inyectarme, era la única del grupo que iba desprotegida en caso de que algo así sucediera, todas se habían inyectado antes de salir. Me dieron la regañaba de mi vida por no prever algo tan importante.

El coyote seguía con las instrucciones: “si en caso nos detiene la policía estatal o el ejército mexicano me dejan hablar con ellos y nadie de ustedes abre la boca, si en caso alguno de ustedes desiste de seguir se queda esperando a que amanezca que de encontrarlos tienen, ya sea la migra, la policía o los cuatreros”.

Los cuatreros son los grupos delictivos que transitan en el desierto asaltando a los migrantes.

El ocaso de las seis de la tarde comenzaba a pintarse de colores rojos y anaranjados encendidos y el frío de la noche se sentía en la brisa rala que se colaba entre los cactus. En el grupo había personas de cuarenta años, veinte, cincuenta, dieciocho, una pareja llamó mi atención porque el novio decidió irse a Estados Unidos y la novia no quiso quedarse, él tenía 18 años y ella 16 y para que no se fuera “huida” y que la gente del pueblo no murmurara los papás de ambos aceptaron que se casaran y así lo hicieron, se casaron sin ningún tipo de celebración y al día siguiente partieron de su natal Jalisco hacia Sonora.

No me cabe la menor duda que en mi grupo había gente de otras nacionalidades distintas a la mexicana pero por estrategia decíamos que éramos mexicanos todos.

Mi condición física estaba al 100% y eso permitió que caminara al lado del coyote sin apartarme de él, el grupo se quedaba rezagado a una distancia de cincuenta metros porque ninguno podía mantener el ritmo con el que avanzaba el coyote que dicho sea de paso era un niño de 18 años de edad, flaco como él solo.

Mientras caminamos conversé con él y me dijo lo que me han dicho una buena cantidad de personas a lo largo de mi vida: “es que siento como si la conociera de toda la vida, como si hubiéramos crecido juntos”, me contó que le pagaban $150 por indocumentado puesto en Arizona, hacía dos viajes por semana y en cada grupo mínimo llevaba quince personas, haciendo cuentas el niño ganaba $4,500 a la semana. Era nativo de Guanajuato y quería estudiar en la universidad por esa razón se había metido al trabajo de coyote pero le estaba yendo tan bien

que decidió seguir cruzando gente, labor que realizaba desde que tenía 15 años de edad. El mayor de 6 hermanos, su familia vivía en una ranchería muy alejada del pueblo y su sueño era construirle una casa a su mamá y que dejara de lavar ropa ajena y lo estaba logrando porque ya había comprado un terreno de doce manzanas de tierra donde construiría la casa con todo y establo, también había comprado algunas cabezas de ganado.

Un Pickup de doble tracción para que nadie los humillara llenándoles las caras de polvo como cuando caminaban hacia el pueblo.

Los primeros 25 kilómetros los caminamos en tranquilidad, la noche los cayó encima con frío gélido pero no bajábamos el paso, traté de explicarles que no podían estar tomando agua cada cinco minutos porque se la iban a acabar y no sabíamos qué nos esperaba más adelante, aunque nos habían dicho que solo íbamos a caminar seis horas y llegaríamos a la frontera teníamos estar listos para cualquier eventualidad y justo sucedió.

Cuando llevábamos tal vez cuarenta kilómetros caminados, nos apareció un grupo de policías estatales que con armas automáticas nos rodeó, pidieron documentos pero el coyote de inmediato preguntó por el jefe, sacó un fajo de dólares de la mochila y se lo entregó, le dio el santo y seña de la organización a la que pertenecía y eso fue suficiente para que nos dejaran continuar.

Entre más nos adentrábamos iban desapareciendo los matorrales y el desierto se poblaba de cactus, el suelo de talpetate y polvoriento también desapareció para darle paso a uno empedrado que no dejaba avanzar sin que nos lastimáramos los pies.

En la lejanía vimos unos reflectores que nos alumbraban parecían ser de postes de luz eléctrica que estaban a menos de cien metros de distancia pero, el coyote nos explicó que estábamos a ochenta kilómetros de distancia de éstos, y que eran reflectores gigantes que iluminaban en distancias largas, lo hacen para cuidar que no pasen indocumentados y tampoco traficantes de drogas. La luz pasaba y a los cinco minutos volvía, los fotos rotaban en forma circular y cada vez que se acercaba nos tocaba lanzarnos al suelo y escondernos atrás de algún cactus, así lo hicimos a lo largo de sesenta kilómetros y aun no habíamos llegado a la frontera.

Escuchaba los gritos de las personas cuando sus cuerpos topaban con las tunas de los cactus, lo que le cambió el ánimo al coyote que comenzó a regañarnos, exigía el absoluto silencio porque nos íbamos acercando y los ruidos, movimientos y hasta las respiraciones eran descubiertos por sensores colocados en el desierto, por las autoridades estadounidenses.

Pronto aparecerían las avionetas y helicópteros que vigilan el desierto. El cansancio comenzaba a aparecer en todos pero era más en quienes no tenían la condición física, no llevaban ropa cómoda ni zapatos para semejante travesía.

Había gente con diabetes, problemas respiratorios y dos que sufrían de ataques epilépticos, ninguno dijo nada porque de lo contrario ningún coyote se hubiera a cruzarlos. Eso lo contaron en murmullos mientras avanzábamos y pedían descansar pero ya sabían la respuesta, teníamos que cruzar la frontera antes del amanecer o la migra nos encontraría. Comenzamos a trotar para acelerar el paso, quise llevarme un recuerdo de aquellos desiertos que la memoria fuera incapaz de borrar, entonces recogí una piedra del desierto de Sonora y otra del de Arizona, las tengo en mi escrito junto a una planta de cactus que recién compré el año pasado, cuando decidí hacer las pases con la alusión de mi travesía.

Llegamos al filo de la media noche a la línea divisoria y nos encontramos con cientos de migrantes esperando el cambio de guardia de la Patrulla Fronteriza para cruzar en esos diez minutos que se tardaba en aparecer el siguiente convoy de patrullas.

Faltaba media hora y los cientos de migrantes de un abanico de nacionalidades estaban acostados boca arriba en el suelo empedrado, docenas de coyotes de distintas organizaciones con grupos que no pasaban los 25, nosotros también buscamos un lugar a lo largo de la línea y esperamos nuestro turno.

Las estrellas se veían tan cerca que lo lejano del firmamento parecía haber bajado a acompañarnos, en la espera pasaban de mano en mano las botellas de mezcal y de tequila, un trago para espantar el frío y darle viaje para que otro necesitado también se quemara la garganta y se entibiara el corazón, yo no bebí decidí pasar las botellas a la mano siguiente.

La línea divisoria en el desierto de Sonora y Arizona tenía del lado mexicano dos cercos de alambre de púas, seguido de una línea férrea, la calle de terracería y dos cercos de púas del lado estadounidense. La cruzarían en hileras, se colocarían los suéteres y chumpas en el suelo y caminaríamos sobre estos y el último del grupo los recogería, esto era para no dejar huellas de zapatos en la calle por donde alumbraban los focos de las perreras estadounidenses.

Cuando dieran la señal cada quien se haría cargo de la forma en que iba a saltar los cercos y también de alejarse lo antes posible de la línea, habíamos caminado hasta ese punto la distancia de 125 kilómetros desde que salimos de Agua Prieta. Estábamos a instantes de cruzar la famosa frontera que tantas vidas ha arrebatado. Estaba a segundos de abandonar el territorio mexicano para seguir siendo indocumentada en otra proeza de la que quienes sobreviven se niegan a hablar e intentan olvidar.

La luz de luna nos ponía al descubierto ya no podíamos seguir en el camino limpio de zarza y tuvimos que avanzar entre cactus y broza que, nos cundieron la piel de aguijones, yo llevaba el gorro pasamontañas y guantes en mis manos eso ayudó a disminuir la cantidad de púas que entraban en mi piel porque la mayoría quedaba en mi gorro y en los guantes. A los demás ya les comenzaba a escurrir lentamente la sangre de las heridas causadas por los rozones con las espinas grandes de los cactus adultos.

Logramos reunirnos a la sombra de un cactus rodeado de zarzal, ahí nos tiramos al suelo y comenzamos a contar para asegurarnos que todos los del grupo estuviéramos ahí y sí estábamos completos. A pocos metros de distancia se veía la forma en que avanzaban otros de organizaciones distintas a la del coyote que nos guiaba.

La angustia era que teníamos que alejarnos lo más pronto posible de la línea fronteriza y que no nos amaneciera en el área de fuego. El sonido de las balas rozando ramas de cactus no nos permitía pensar con claridad y el decisión fue instintiva: alejarse aunque nos separáramos del camino conocido por el coyote, y así fue como comenzamos a perdernos en aquel cementerio sin tumbas en donde las cruces y los epitafios son un mito.

Tal vez unos tres kilómetros llevábamos recorridos cuando sufrimos una nueva emboscada por la policía migratoria y en esa ocasión las motocicletas eran más, vi de cerca las perreras y los helicópteros que aparecieron en minutos con sus focos y sus altoparlantes. Nuestro grupo era parte de los puños que también trababan de escapar realmente no íbamos solos y la salida del desierto colindando con la ciudad más cercana de Arizona estaba en el infinito.

En esta ocasión no solo era la Patrulla Fronteriza la que nos acorraló, también iban hombres vestidos de particular con armas de francotiradores, disparaban a diestra y siniestra festejando la noche de casería. Seis personas de otro grupo buscaron el mismo cactus en el que estaba yo y aunque les dije que se tiraran al suelo se quedaron acuclilladas, la respuesta que me dieron fue que no querían llenarse nuevamente el cuerpo con las púas de los zarzales; se los pedí como en tres ocasiones y opté por alejarme de ellos, cuando empecé arrastrarme me dijeron: “necia quédese aquí,” pero mi necedad es mi norte y mi sur, entre esas mismas púas y las ramas secas de los cactus, las espinas atravesaban la tela impermeable de mi pants y las sentí como alfileres rasgando mi piel. Minutos después balas perdidas impactaron el rostro de uno de ellos y a otro le atravesaron el pecho. Debido a los gritos de dolor inmediatamente llegaron hombres vestidos de particular y remataron a los seis. Sacaron manadas de perros que tenían en vehículos de doble tracción y estos comenzaron a devorar los cuerpos. Yo me había alejado lo suficiente y estaba escondida en una cuneta cubierta por un matorral.

Realmente no hay quien acuse a la Patrulla Fronteriza que está comprobado por testimonios de cientos de migrantes que no sigue los protocolos para detener indocumentados y respetar sus derechos humanos. En las cortes federales se defienden diciendo que los que abrieron fuego primero fueron los indocumentados que siempre y sin el beneficio de la duda son delincuentes que buscan matarlos. La palabra de una persona indocumentada no vale nada.

Esperamos como cuarenta minutos para que se marcharan, llevaban con ellos docenas de indocumentados y las risas se escuchaban en festejo de quien ha tenido una excelente cacería.

Salimos lentamente de los breñales, el cansancio y lo vivido comenzaba a bajarnos la moral, las quejas se hicieron más visibles y varios optaron por desistir y entregarse a las autoridades antes de morir de un balazo en la sien o de hambre. El coyote perdió totalmente el control de la situación, era un niño al que el miedo comenzaba a devorar, teníamos que reaccionar los quienes conservábamos la cabeza fría y solo éramos el hombre la biblia y yo, el resto estaba en total conmoción.

No sé por qué razón pero está en mi naturaleza que los golpes emocionales me pegan a los días de ocurrido un suceso significativo. Continúo en automático con la cabeza fría y eso provoca que personas que no me conocen a profundidad me acusen de ser insensible porque mientras ellas se desploman yo permanezco con la sobriedad de quien tiene todo bajo control, es después cuando me hundo y caído al fondo del abismo. Esa condición en mi esencia me ayudó a pensar en cómo preservar la vida el mayor tiempo posible. Estos capítulos de mi travesía del desierto no son ni por donde pasó relatos ficticios, es lo que viví y me ha llevado diez años poder escribirlo porque finalmente la serenidad ha llegado a mi alma, porque he logrado sacar el veneno que no me dejaba respirar. Porque es necesario que lo que se vive en la frontera salga de la llaga de un recuerdo amargo que llevamos miles en la memoria. Y no, a mí no me digan: “probrecita la muchacha lo que vivió,” a mí me miran de frente y directo a los ojos o mejor se apartan de mi camino, que lástimas y misericordias no son de personas cabales.

Ésta serie de relatos es parte de mis memorias, mi bitácora guarda capítulos de mi vida en este deshilar de catarsis de una migrante indocumentada con oficio de mucama. Y no, no hay que alcanzar la fama, el éxito y el triunfo ante los ojos de la sociedad que aplaude a quien está en lo alto de la cima. Para escribir una memoria en la invisibilidad solo es necesario tener arrestos y eso no lo da ni la fama, ni el éxito, ni lo que aparentemente es el triunfo. Ese arrojo es solo privilegio de quienes nacemos con suerte; como las bestias en mi natal Comapa.

Nos alejamos lo más que pudimos del camino real y de los atajos para internarnos de lleno en el desierto intransitable, nuevamente el silencio se apropió de la madrugada, nos era imposible salir del área donde la Patrulla Fronteriza y hombres vestidos de particular nos rastreaban. El hombre con la biblia en la mano me ayudaba a movilizar a la mujer con el tobillo lesionado. Mientras el resto del grupo caminaba con la cabeza baja en total redención y seguro que nos habíamos librado de la migra mi instinto montuno se agudizó y presté atención hasta al menor ruido natural de una noche en el desierto, podía respirar que la migra nos estaba preparando nuevamente una emboscada, la luz de luna me dejaba ver los altos cerros en la lejanía y le conversé al hombre que cargaba la biblia que ésa sería nuestra ruta de escape y teníamos que llegar a ellos si las circunstancias empeoraban. Idea que guardamos la muchacha lesionada, él y yo y solo la pondríamos en práctica si era requerido. Había cerros en el desierto y más tarde comprobé que también barrancos.

Descansamos cinco minutos en una quebrada seca que tenía forma de cuneta y que nos cubría muy bien si permanecíamos sentados, solo contábamos con un galón de agua porque en las carreras dejaron tirados los otros, yo tenía dos litros de suero, la manzana y la galleta. Acomodé la venda en el tobillo de la lesionada y continuamos avanzando, el coyote estaba totalmente norteado, no tenía la más mínima idea de dónde nos encontrábamos, si íbamos avanzando hacia la carretera más cercana o de regreso hacia Sonora y si él andaba en ésas nosotros estábamos peor.

No habíamos alejado una hora de camino de la quebrada cuando nuevamente sucedió la emboscada que yo había respirado en el aire en esta ocasión nuevamente mi necesidad nos salvó la vida. Mayor cantidad de motocicletas, hombres vestidos de particular que andaban a caballo, los pickup con sus perreras, habían interceptado al grupo que nos llevaba escasos trescientos metros de distancia, nuevamente se escucharon los disparos y los gritos suplicando piedad, comenzamos a correr topándonos con ramas de cactus que nos golpeaban el rostro y dejaban las púas como alfileres en ojos, labios…

Yo las sentía calientes en mi rostro cubierto por el gorro pasamontañas.

En instantes nos cercaron y le pedí al grupo que saltáramos hacia el barrando que teníamos a cincuenta metros de distancia, ninguno quería hacerlo pero insistí, corriendo entre las ráfagas de balas y los hombres a caballo que nos seguían y estaban por atraparnos, les grité que era mil veces mejor morir en un barranco a que nos dejáramos atrapar porque ya sabíamos lo que nos esperaba. El hombre de la biblia, la joven lesionada y yo saltamos en caída libre en la profundidad del barranco y atrás iban los otros; comenzamos a rodar en la hondonada, nuestros cuerpos chocaban con cactus y ramas secas, con piedras de río y cuerpos de otros migrantes que ya llevaban días en descomposición.

Llegamos al fondo que habrá sido de unos quinientos metros al intentar moverme me percaté que mi rodilla derecha se había lesionado.

De lo alto nos disparaban los policías y los hombres vestidos de particular, entre las piedras nos cubrimos hasta que nos dieron por muertos. A ninguno del grupo hirieron. A pesar del frío gélido del desierto sudábamos a chorros. No me detuve a pensar en mi rodilla en ese momento porque la urgencia era subir y avanzar antes que amaneciera y se dieran cuenta que estábamos vivos. No había tiempo para quejarse de tunas entrando en la piel de la manos, escalábamos a como diera lugar o nos dejábamos matar al amanecer. Decidimos subir y ponerle el pecho a la esperanza de sobrevivir la frontera. La última emboscada nos estaba esperando.

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