Desigualdad, productividad y WhatsApp

wateRobert Reich

Si por ventura se preguntan ustedes por las causas que generan el enorme aumento de la desigualdad en Norteamérica, piensen en la reciente adquisición de la empresa de mensajes con telefonía móvil por Facebook.

De acuerdo con las informaciones periodísticas, Facebook ha acordado la compra de WhatsApp por 19 mil millones de dólares.

Es el mayor precio pagado en la historia por una empresa incipiente. Son 3 mil millones más que lo recogido por Facebook cuando salió al mercado, y más del doble de lo que Microsoft pagó por Skype. (Para ser precisos, 12 mil millones de esos 19 mil millones de dólares son a cuenta de acciones en Facebook, otros 4 mil millones en efectivo y 3 mil millones en forma de acciones restringidas para el personal de WhatsApp a cuatro años.)

Dado este importe gargatuesco, podría pensar que WhatsApp es una gran empresa. Pues no. Tiene 55 empleados, incluidos los dos jóvenes fundadores, Jan Koum y Brian Acton.

El valor de Whatsapp no viene de que fabrique nada. No necesita una gran organización para para distribuir sus servicios o desarrollar su estrategia.

Su valor procede de dos cosas que precisan sólo de un puñado de personas. Primero, su tecnología: un app simple y potente que permite a los usuarios enviar y recibir mensajes de texto, imagen, audio y video a través de Internet. En segundo lugar, su efecto de red. Cuanta más gente lo usa, más gente quiere y necesita usarla para poder conectarse. En esa medida, lo mismo que Facebook, está impulsado por la conectividad.

 El uso Whatsapp a escala mundial se ha más que doblado en los últimos 9 meses, llegando a 450 millones de personas: y sigue creciendo en cerca de un millón de usuarios por día. El 31 de diciembre de 2013 manejó 54 mil millones de mensajes (hacienda que su servicio fuera más popular que Twitter, ahora valorado en cerca de 30 mil millones de dólares).

¿Cómo ganan dinero? El primer año de uso es gratis. Luego, los usuarios pagan una pequeña cantidad. A la escala ya alcanzada, incluso una ínfima cantidad genera enormes volúmenes de dólares. Y si entra la publicidad comercial, sus anuncios podrían ser vistos más que a través de cualquier otro medio en la historia. Ya dispone de una base de datos que podría explotarse para sacre de ella ingentes cantidades de información sobre un porcentaje significativo de la población mundial.

Los ganadores aquí son desde luego ganadores a lo grande. Los 55 empleados de WhatsApp son ahora enormemente ricos. Sus dos fundadores son ahora milmillonarios. Y los socios de la empresa de capital riesgo que los financió ha cosechado una fortuna.

¿Y nosotros, todos los demás? Somos ganadores, en el sentido de que disponemos de un modo todavía más eficiente de conectarnos.

Pero no tenemos más puestos de trabajo.

En la economía que está surgiendo no hay ya correlación entre las dimensiones de la base de consumidores y el número de empleados necesario para prestarles un servicio. Lo cierto es que la combinación tecnologías digitales y enormes efectos de red reduce drásticamente –a niveles sin ejemplo histórico— la proporción de empleados en relación con los consumidores (los 55 empleados de WhatsApp es todo lo que necesitan los 450 millones de usuarios).

Entretanto, desaparecen a ojos vistas los trabajadores de correos, los operadores de llamadas, los instaladores telefónicos, los operarios y servidores de cables, así como millones de trabajadores de a comunicación. Lo mismo que los vendedores al por menor desaparecen con Amazon, los oficinistas y las secretarias con Microsoft y los libreros y los editores de enciclopedias con Google.

La productividad sigue subiendo, como los beneficios empresariales. Pero los puestos de trabajo y los salarios no crecen. A menos que descubramos la forma de realiearlos –o de distribuir más ampliamente la ganancias—, nuestra economía no conseguirá generar suficiente demanda para sostenerse a sí misma. Y nuestra sociedad no podrá conservarse lo bastante cohesionada como para que vivamos juntos y en paz.

Robert Reich fue secretario de Trabajo de EEUU bajo la Administración Clinton. Es catedrático de Políticas Públicas en la Universidad de Berkeley. Autor de ‘Aftershock’.

 

Traducción para www.sinpermiso.info: Casiopea Altisench

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