Psicología y psicólogos en Guatemala hoy

índiceMarcelo Colussi*

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Síntesis

El ejercicio de la Psicología hoy en Guatemala presenta una diversidad sumamente amplia. En su práctica cotidiana hay de todo un poco, desde las más variadas técnicas terapéuticas al trabajo como reclutadores de personal, pasando por un largo listado que abarca acciones sumamente diversas, dispares y a veces contradictorias entre sí. El común denominador en todas estas iniciativas es que, como soporte teórico de las mismas, vale todo. Ello significa que la formación académica de los psicólogos presenta una amplitud tan variada que puede hacer desconfiar de su rigor científico, pues hay tantas teorías en juego que finalmente no queda ninguna. Algo que destaca es la insistencia en las neurociencias como parte básica de su formación, quedando relegadas otras áreas, en especial todo lo referente al campo social-humanístico. Las distintas universidades que ofrecen la carrera de Psicología (la estatal y varias privadas) presentan aproximadamente el mismo panorama. Todo ello contribuye a hacer de la Psicología una carrera no muy valorada, con relativamente escasa salida laboral, y en muchos casos transformando a sus profesionales en auxiliares paramédicos.

 

Palabras claves

Psicología, universidad, práctica social, ciencia, ideología.

 

_________________

 

I

 

Alguna vez se le preguntó a un kaibil** cómo hacían cuando llovía en la montaña, si no pasaban frío ahí. La respuesta tajante fue: “¡un comando nunca siente frío!”. Ello lleva a preguntarnos: ¿cómo se logra que un ser humano pueda llegar a decir eso? No sentir frío en esas condiciones no es muy natural, por cierto, dado que la gente “normal” siente frío cuando se moja, más aún si anda caminando a la intemperie y de madrugada. Poder hacer esa afirmación con tamaño convencimiento implica un gran trabajo psicológico detrás; una profunda labor de aprestamiento, de preparación. Ese temple no se obtiene sólo con un sermón moralista; conlleva técnicas de abordaje psicológico muy precisas, muy finamente elaboradas, certeras. ¿Cómo lograr que un comando así se sienta y actúe como “una máquina de matar”, de lo que, incluso, puede sentirse orgulloso?

 

Por cierto, ese trabajo está muy desarrollado en ciertos centros académicos. Ello se sustenta en las llamadas “operaciones psicológicas” que se dirigen a la población civil (lo que algunos teóricos han dado en llamar “guerra de cuarta generación”), así como también al interior de las fuerzas armadas. Al respecto el psicólogo social salvadoreño Ignacio Martín-Baró señalaba “la des-humanización” como un mecanismo de la guerra. ¿Para eso deben trabajar los psicólogos entonces?

 

También es un abordaje muy preciso, fino y bien elaborado el que utiliza la publicidad para promocionar y vender. “Lo que hace grande a este país [Estados Unidos] es la creación de necesidades y deseos, la creación de la insatisfacción por lo viejo y fuera de moda”, manifestó un psicólogo publicitario de la agencia estadounidense BBDO, una de las más grandes compañías del mundo dedicadas al mercadeo. ¿Ese es el trabajo de un profesional de la Psicología: ayudar a inventar necesidades para vender productos? ¿Descubrir, por ejemplo, que los colores que más “venden” son el rojo, el amarillo y el blanco, y consecuentemente hacerlos aparecer en los logos de todos los productos de mayor presencia en los mercados internacionales? (pensemos un momento en algunas marcas famosas y lo constataremos).

 

Claro que un psicólogo no hace sólo eso: también puede… ¿hacer tests de inteligencia? Sí: tests (dicho en inglés, por cierto -¿por qué no decir “pruebas”?-), porque en Guatemala, aunque alguien no lo quiera creer, aún se hace eso, remedando la frenología decimonónica, solidaria en cierta forma de la idea de “criminal nato” del italiano Cesare Lombroso, o los primeros escarceos que hacía la balbuceante Psicología de principios del siglo XX cuando, por ejemplo, Alfred Binet buscaba “medir” las funciones mentales. Alguien dirá que cómo es posible que hoy, entrado ya el siglo XXI, se continúe con esas prácticas, desechadas en muchos lugares por insustanciales. Por cierto la pregunta está abierta: ¿cómo es posible?

 

Claro que, en la actualidad, la guía que orienta ese tipo de intervenciones tiene una base pretendidamente mucho más científica: es el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, habitualmente conocido en nuestro medio por sus siglas en inglés, DSM (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders), libro sagrado e incuestionable con que el gremio psicológico se maneja, y que ya desde las escuelas de formación universitaria es presentado casi como “verdad revelada”. ¡Pero que, por cierto, es necesario cuestionar! “El diagnóstico en salud mental, como cualquier otro enfoque basado en la enfermedad, puede estar contribuyendo a empeorar el pronóstico de las personas diagnosticadas, más que a mejorarlo”, fustigaba enérgico un grupo de psiquiatras ante la aparición de su V Edición, en mayo de 2013. “En lugar de empeñarnos en mantener un línea de investigación científica y clínicamente inútil, debemos entender este fracaso como una oportunidad para revisar el paradigma dominante en salud mental y desarrollar otro que se adapte mejor a la evidencia”.[1]

 

Todo esto, por cierto, lleva a revisar cómo se hace Psicología en el país: la idea de “inteligencia” y la posibilidad de medirla, hace décadas que fue descartada, porque no agrega nada de nada y, por el contrario, sólo está al servicio de estigmatizar a los “poco” inteligentes. Una visión más rica del asunto debe hacer uso de otro tipo de conceptos. ¿Acaso alcanza conocer el “cociente intelectual” para poder adentrarse en la estructura íntima de un sujeto y actuar sobre ella? ¿Es por poca o mucha inteligencia que actuamos como actuamos? ¿No es necesario manejar referentes conceptuales más críticos, más profundos, como los de conflicto, inconsciente, deseo, pulsión, lengua y habla, símbolo, poder, para abordar lo humano? En la antigüedad clásica de Grecia se empezó a hablar de los cuatro temperamentos básicos: sanguíneo, flemático, colérico y melancólico. Hoy día, dos milenios y medio después, ¿sirve aún esta clasificación? (para el caso se podría decir que el DSM la ha superado en sutileza). Lo preguntamos porque aún hoy en la formación psicológica se siguen enseñando. Esto obligaba a revisar los conceptos fundamentales que fundamentan nuestra práctica.

 

Quizá no termina de estar claro cuál es el papel de un psicólogo, su exacto encargo social, dada la variedad enorme (tal vez: demasiado enorme) de intervenciones en que participa. ¿Pero qué debe hacer entonces un profesional psicólogo? ¿“Hacer consciente lo inconsciente venciendo las resistencias”?, como diría Freud. O ¿permitir que el inconsciente hable, escuchar el inconsciente?, para decirlo en clave de psicoanálisis francés, lacaniano sin dudas. ¿Ayudar a organizar las comunidades para la participación-representación democrática en los procesos de desarrollo integral? ¿Devolver el espíritu crítico y auto-crítico a los profesionales de la salud y científicos sociales? ¿O seleccionar el personal más “idóneo” para las empresas privadas? (entendiendo por “idóneo” el que produce más y cuestiona menos) ¿Liberar la creatividad de la población para recuperar el sentido del ocio y la recreación, que tanta falta hacen en nuestra violentada sociedad? ¿Ayudar a la Psiquiatría a poner orden en el desorden de la vida? ¿Reeducar? ¿Ayudar a preguntarse cosas? ¿Re-significar o darle un nuevo sentido a las experiencias dolorosas como sucede con los sobrevivientes de violencia política o desastres? ¿Dar consejos? (por cierto, hay una maestría en “counselling” psicológico en alguna de las tantas universidades privadas que hoy abundan en el país). ¿Valen los consultorios sentimentales? ¿Están habilitados los psicólogos para hacer sexología? ¿Deben hacerla, o deben formular su crítica?

 

Como vemos, la situación es bastante compleja: este título profesional habilita a innumerables cosas, disímiles entre sí en muchos casos, antitéticas a veces. ¿Qué es, en definitiva, un psicólogo? ¿Cuál es su tarea, su encargo social: mantener el orden establecido, o cuestionarlo? ¿Alcanzan los manuales de psiquiatría para eso, como el “libro sagrado” del DSM? Si se selecciona el personal “más idóneo” para la empresa, ¿qué significa eso? ¿El que trabaja mejor y no protesta, o el que es más crítico? La gente inteligente, al menos según los tests de inteligencia, es siempre la más crítica. Balance difícil entonces: ¿apoyamos la psicometría de la inteligencia o la selección de personal funcional a la lógica empresarial? ¿Y qué debe hacer un psicólogo que trabaja en una empresa privada ante la organización sindical? ¿Es cierto que estas empresas son una “gran familia”? Son más las preguntas que las respuestas, por cierto.

 

El abanico de posibilidades es complejo, lo decíamos. Pero al menos está claro que no se dedican a hacer lobotomías y ni a prescribir chalecos de fuerza. Aunque también se puede hacer eso, metafóricamente hablando. Y quizá, si no hay espíritu crítico, se lo puede estar haciendo sin saberlo. Los hiper utilizados conceptos de “autoestima”, “resiliencia”, “tolerancia”, ¿no pueden hacer parte de ese “chaleco” quizá? “Si la intolerancia es mala, la tolerancia puede no ser mucho mejor. Siempre tiene una connotación de benevolencia, de generosidad regalada y graciosa por parte de uno al otro. Yo prefiero el convencimiento de que hay que respetar a los demás y la sabiduría de que nadie es más ni menos”[2], decía el escritor portugués José Saramago. Estos conceptos tan a la mano en cualquier escuela de Psicología, aparentemente de orden científico, encubren en realidad cuestionables posicionamientos ideológicos.

 

¿Avanzamos realmente en el campo de la práctica terapéutica con un concepto como “autoestima”? ¿Y dónde queda el narcisismo entonces, el deseo, la pulsión como búsqueda perenne de un objeto que nunca la puede colmar? Digámoslo con un simple ejemplo: sabiendo que el fumar puede producir cáncer, de todos modos fumo. ¿Lo hago porque no me quiero (“baja autoestima” diría una descripción de la Psicología oficial) o porque hay vericuetos más complejos en juego? Si contraigo un cáncer aún sabiendo de los riesgos de fumar, ello obedece a instancias más complicadas que la “buena voluntad”, o la falta de ella. El concepto de deseo explica más -y por tanto permite accionar más- que la sencillez descriptiva de pensar que “no me quiero” y por eso busco matarme. Es algo así como entender que en el síntoma hay goce. Concepto duro, por supuesto, que la Psicología de la conciencia no puede penetrar. ¿Qué estoy matando, a quién mato realmente si me autodestruyo? La ciencia debe ir más allá de la descripción superficial. Si no, nos quedamos con lo puramente observable. Y en el campo de lo humano la anatomía descriptiva (o, para el caso, la Psicología descriptiva) tiene límites muy cercanos. ¿Cómo es eso que, por ejemplo, un impotente goza con su impotencia? ¿Es porque no se quiere lo suficiente? ¿O habrá que pensar en un “exceso” de amor? Hay ahí discusiones teóricas abiertas, sin dudas no muy trabajadas en la enseñanza de la Psicología.

 

Otro tanto podría cuestionarse, por ejemplo, con la noción de resiliencia, tan a la moda hoy día. Más allá de la bienintencionada idea de encontrar una fuerza positiva aún en las situaciones más negativas, la idea de resiliencia no dejar de estar al servicio de “técnicas de aprendizaje, es decir prácticas correctivas de conductas, sin tomar en cuenta los procesos sociales y psíquicos que bloquean potencialidades”, tal como expresan Ana Berezin y Gilou García Reinoso en su texto “Resiliencia o la selección de los más aptos”[3]. “El ideal de la resiliencia parece ser la funcionalidad, la eficacia de los sujetos y sobre todo del sistema. Así, lo que parece simple -y obvia- descripción de situaciones de hecho implica peligros: bajo un nombre nuevo se retoma el viejo concepto de “desviación”: en el campo de la salud, con el modelo médico; en el de la educación, con el modelo pedagógico; ambos remitiendo al concepto de normalidad y adaptación, con sus consecuencias de orden teórico, ético y político”.

 

II

 

El campo de intervención de la Psicología como disciplina científica es sumamente amplio, pues bajo él caen las más diversas, y a veces contradictorias, prácticas. Esta enorme dispersión quizá esté permitida por la falta de una teoría unificadora; algo así como “aquí vale todo”. El concepto de resiliencia, por ejemplo, viene de la metalurgia. ¿Es necesario ese préstamo en términos epistemológicos, o por el contrario habla ello de una orfandad conceptual que se puede llenar con cualquier cosa? ¿No falta tal vez un poco de mayor rigor teórico que sustente la praxis? En todo caso, esta extendida proliferación de acciones tan disímiles (desde un test de inteligencia a las Flores de Bach, de psicoprofilaxis del parto a la preparación de comandos kaibiles) tiene a la base una ciencia que nunca termina de constituirse como tal, al menos con todos los galardones que se le exigen a las así llamadas “ciencias duras”. Pareciera que no se avanzó tanto de la época de Wilhelm Wundt y la Psicología de la introspección. Esta fabulosa dispersión de “cosas que hacen los psicólogos” (psicoanálisis en sus numerosas versiones, psicometría, conductismo, logoterapia, psicología humanista, terapia familiar sistémica, análisis transaccional, reflexología, psicología cognitiva, teoría gestáltica, y un largo etcétera) abre el debate sobre el objeto mismo de la ciencia en cuestión.

 

Quizá podemos aprovechar toda la experiencia práctica desarrollada por años para construir modelos teóricos desde la Psicología guatemalteca, aplicables al contexto nacional-regional; ello requeriría mayor interés académico por la investigación seria desde las diversas visiones y campos de la Psicología al servicio de la población.

 

A veces suele darse un malentendido entre lo que es la especificidad de la práctica propiamente dicha y el perfil de quien la practica. Así pasa, por ejemplo, con el psicoanálisis, que a decir verdad no goza de la mejor de las reputaciones en el colectivo de los psicólogos. Es prejuicio bastante extendido identificar sin más psicoanálisis con práctica privada “cara”, en buena medida patrimonio de los graduados de universidades privadas de las más costosas, y destinado a sectores acomodados. Por supuesto: no es así.

 

La división entre una supuesta “Psicología individual” (¿la clínica?, ¿el psicoanálisis quizá?) y una Psicología social, opuestas entre sí, no existe. Si hablamos de la experiencia humana, de la singularidad psicológica de un sujeto concreto, ahí está presente por entero lo social. Para que un sujeto sea lo que es tiene que haber medio social; fuera de eso no hay ser humano. El mito de un ser individual independiente del contexto no puede ser sino eso: mito (el caso de Tarzán por ejemplo). En ese sentido toda Psicología es siempre, por fuerza, social. El Otro de la cultura está indefectiblemente presente.

 

Es cierto que hay fenómenos colectivos, propios de las grandes multitudes, como la moda, los linchamientos, el inducido espíritu patriótico. Fenómenos de masas, como se les dio en llamar: “Una masa perpetuamente balanceándose al borde de la inconsciencia, pronta a ceder a todas las sugestiones, poseyendo toda la violencia de sentimiento propia de los seres que no pueden apelar a la influencia de la razón, desprovista de toda facultad crítica, no puede ser más que excesivamente crédula”[4], decía ya en 1895 el fundador de la Psicología de las multitudes, el francés Gustave Le Bon para referirse a estos fenómenos. Pero es una incorrecta división mantener la dicotomía entre Psicología individual y social. En todo caso, esos fenómenos masivos nos muestran cómo funcionamos en tanto especie humana. Algunos -arteramente, podría decirse- aprovechan el conocimiento de esos fenómenos en función de proyectos sectoriales (léase: ejercicio de poderes). Así fue surgiendo en Estados Unidos una “ingeniería humana” lista para manipular/controlar/dirigir las masas. Esa es la aplicación social de los conocimientos de la Psicología. “En la sociedad tecnotrónica el rumbo lo marca la suma de apoyo individual de millones de ciudadanos incoordinados que caen fácilmente en el radio de acción de personalidades magnéticas y atractivas, quienes explotan de modo efectivo las técnicas más eficientes para manipular las emociones y controlar la razón”, pudo resumirlo magníficamente el polaco-estadounidense Zbigniew Brzezinsky[5]. ¡Pero no puede haber Psicología que no sea social!

 

¿Acaso un psicoanalista estaría despojado de su realidad social? Como aparato conceptual y como técnica de intervención, el psicoanálisis es un cuerpo que posibilita trabajar, y punto. Que se haga en una clínica privada de zona 14 cobrando en dólares, en un hospital público, en una aldea con población maya o arriba de un tren como el “caso Signorelli” que nos presenta Freud en “Psicopatología de la vida cotidiana”[6], es fortuito. Lo que decide la suerte social de las intervenciones no es el instrumental teórico-práctico en juego sino la posición político-ideológica de quienes brindan el servicio, el proyecto en que se inscriben en tanto trabajadores. Lo político-ideológico está en cada uno de los sujetos que trabaja; la teoría con que lo hace puede estar al servicio de intereses individualistas o sociales, pero eso es otra cosa. ¿O acaso podemos quedarnos con la idea que un psicólogo social es el que va a un barrio, a una aldea? Las técnicas de manipulación que apuntábamos son definitivamente de alto impacto social, aunque no sirvan al bienestar de las mayorías precisamente.

 

En la práctica psicológica llevada a cabo en Guatemala hoy encontramos de todo un poco desde el punto de vista teórico-académico, quizá sin mayor sistematización. Podríamos atrevernos a decir que se da ello en el medio de una pastosa mezcla teórica. A veces se pone en un cierto pie de igualdad una técnica de abordaje psicoterapéutico de raigambre, por ejemplo, estadounidense (pensemos en la terapia familiar sistémica), con las intervenciones de un guía espiritual maya. Ambas pueden servir a quien presenta un problema “de nervios”, de “susto”. Está claro que no son lo mismo, aunque ambas operaciones pueden servir para restituir un equilibrio emocional dañado. Pero lo que diferencia a una cosa de otra es el proyecto en juego (proyecto en el sentido de expresión integral: socio-político, ideológico, cultural). Lo importante a rescatar es la formación que reciben los futuros psicólogos: ¿qué aparato teórico manejan? Allí, probablemente, está el principal Talón de Aquiles.

 

La formación profesional de los futuros psicólogos, en cualquiera de las universidades que ofrecen la carrera de Psicología en el país, abre algunos interrogantes. Hoy por hoy, dado el desarrollo enorme -quizá un tanto asistemático- que ha tenido esta ciencia en distintas partes del mundo, es muy difícil cuando no imposible hablar de una sola escuela, de “una” Psicología. La diversidad es muy alta; tanto, que abre preguntas sobre su rigor epistemológico: ¿es ciencia, es una práctica social, es un mecanismo de control ideológico, es una pseudociencia? Es por eso que las posiciones más estrictas y radicales en lo conceptual, como el psicoanálisis, no se dejan encuadrar como Psicología, pues abren una crítica profunda sobre la noción de conciencia, de voluntad, de autoayuda.

 

Si un psicólogo debe decidirse por la clínica privada, por el trabajo comunitario, por la Psicología de la publicidad o por la preparación de comandos kaibiles no es tanto una cuestión teórico-conceptual atinente a la Psicología misma en tanto ciencia, sino a su posición político-ideológica como sujeto histórico de carne y hueso, a su proyecto de vida. Lo que sí debería puntualizarse como déficit en la formación universitaria (de todas las universidades: de la pública y de las privadas) es el “exceso” en el peso concedido a las hoy llamadas neurociencias, y la escasa preparación social-humanista (filosofía, sociología, antropología cultural, semiología, arte). De esa forma, con un más que considerable peso puesto en la neuroanatomía y la neurofisiología, se está siempre más cerca de ser un “auxiliar médico”, entrenado en la aplicación de tests y no un científico social crítico. “Usted debe dejar de hacerse tantos problemas y rezar más”, dijo una psicóloga a una paciente en una consulta. “A vos lo que te hace falta es una buena vergueada para que se te vayan esas mañas”, dijo otro psicólogo a un paciente de orientación homosexual[7]. ¿Esto es lo que debe ofrecer un psicólogo en su práctica?

 

En cuanto a lo que podríamos decir el “compromiso social” en la formación de los psicólogos, no hay mayor intención de ser tocado en la academia hoy por hoy. Está más que claro que con una universidad ganada por una ideología privatista formadora de profesionales liberales independientes, la idea de “lo social” no cuaja mucho. Más aún: podría decirse que prácticamente salió de circulación. Si existió algunas décadas atrás, eso pareciera hoy una rémora de un pasado del que no quiere hablarse. En todo caso, la preocupación al respecto puede llegar a la conmiseración, a la práctica caritativa en sentido amplio. Pero no debe olvidarse nunca -aunque no pareciera muy de “moda” esto- que según el Artículo 82 de la Constitución Política de la República, la Universidad “Promoverá por todos los medios a su alcance la investigación en todas las esferas del saber humano y cooperará al estudio y solución de los problemas nacionales”[8].

 

La práctica de pregrado, por cierto, obliga a abrir un debate al respecto. Podría entenderse el movimiento de estudiantes de Psicología hacia las comunidades o hacia centros de atención populares de bajo costo, como una forma en la que los futuros profesionales toman contacto con una realidad social previamente poco o nada conocida por ellos. En tal caso: loable mecanismo de la academia que serviría para “abrir los ojos” de muchos. Pero también podría entenderse como requisito académico que, más allá de una declarada buena intención, no logra mayor incidencia, mayor “solución de los problemas nacionales”, como reclama la Constitución, pues no salta de la lógica de “atención pobre para los pobres”, remedando la polémica pregunta de Mario Testa: ¿atención primaria… o primitiva de la salud?[9] En el hospital-escuela, en la comunidad-escuela los estudiantes en formación aprenderían así, a partir del “laboratorio” que suministran las personas de bajos recursos, para completar su formación. Dialéctica compleja, por cierto, que no se pretende cerrar en este breve escrito sino que, en todo caso, se busca abrir para complejizar: ¿quién se beneficia en esa práctica: el estudiante que practica, o la persona de bajos recursos que sirve de conejillo de indias con un practicante? El debate queda abierto.

 

III

 

Retomando la cuestión de la formación y el compromiso social -o sea: aquello que enmarca la misma Carta Magna como misión de la Academia- puede decirse que en definitiva todo ello es algo más que un tema académico: es parte del proyecto vital de cada trabajador psicólogo. ¿Para qué se trabaja como profesional ejerciendo una práctica que tiene un cuerpo conceptual que la sostiene y que se aprendió en la Academia: para ganar dinero, para aportar a un proyecto de nación, para transformar la realidad social dada, por diversión y pasatiempo? La respuesta a ello en parte viene dada por la formación profesional que ese trabajador especializado recibió en sus años de estudiante. Aunque no sólo la universidad lo determina, claro está. El perfil ideológico-político se va conformando a través del tiempo, desde la cuna, pasando por toda la larga y siempre compleja socialización que transforma al bebé en un adulto adaptado a su medio y funcional para el mismo, hasta llegar a la casa de estudios superiores. La universidad, en todo caso, confirma ese perfil que se fue formando a través de los años de niñez y juventud. O, a veces, puede abrir cuestionamientos críticos.

 

Por distintos motivos de nuestra ajetreada historia (no sólo en Guatemala sino que esto es una matriz similar a toda Latinoamérica) las universidades públicas que años atrás tenían un fuerte componente de pensamiento crítico, de búsqueda de alternativas, hoy día cambiaron mucho y dejaron de ser ese foco de reflexión contestataria. Este fue, en definitiva, el objetivo de los gobiernos autoritarios y represivos. En realidad hay que aclarar rápidamente que nunca las universidades públicas latinoamericanas dejaron de ser funcionales al Estado del que formaban parte, pero sí tuvieron -en la década de los 70 del siglo pasado más que nunca- un espíritu rebelde, pro-insurgente, revolucionario si se quiere. Espíritu que hoy, tras los procesos de derechización política que se sufrieron en todo el continente y con planes de ajuste estructural profundos, ha desaparecido casi por completo. O, en todo caso, se encuentra en procesos de cambio, con bajo perfil, resistiendo al neoliberalismo en forma silenciosa.

 

Este actual silenciamiento, en muy buena medida es producto de pensadas operaciones político-ideológicas donde la Psicología juega un papel clave. Un teórico de este tipo de Psicología, Steven Metz, lo dice sin ambages, citado por Bartolomé (S/F): “Generalmente busca generar un impacto psicológico de magnitud, tal como un shock o una confusión, que afecte la iniciativa, la libertad de acción o los deseos del oponente; requiere una evaluación previa de las vulnerabilidades del oponente y suele basarse en tácticas, armas o tecnologías innovadoras y no tradicionales”[10]. Como puede verse, la Psicología tiene innumerables aplicaciones. ¿Para esto deben prepararse nuestros psicólogos?

 

El panorama de las casas de estudio superior en Guatemala es bastante problemático: un país que tiene aún alrededor del 25% de su población analfabeta, presenta una docena de universidades privadas, junto a la pública. Ello podría hacer pensar (ilusamente) que la educación universitaria se expandió en forma fabulosa; pero no. La población universitaria del país no supera el 2% del total, por lo que, lo que vemos, es una proliferación -esa sí es fabulosa- de negocios donde la mercadería vendida es la “formación de nivel superior” (muchas de ellas de muy dudosa y discutible calidad técnica). Tener muchas universidades no significa necesariamente alto nivel; significa, en todo caso, que es buen negocio. No más. Es por esto que muchas veces los alumnos ganan con promedios altos, pues pagan por sus clases (“¿el cliente siempre tiene la razón?”). Pero después, en la práctica cotidiana, no es infrecuente encontrarse con intervenciones como las más arriba citadas (“vaya a rezar” o “a vergazos te sacaremos las mañas”).

 

La universidad pública quedó severamente golpeada luego de estas últimas décadas (a fines del pasado siglo) de represión política y planes neoliberales de achicamiento del Estado. Se derechizó, se tornó más conservadora, en buena medida se llenó de mediocridad académica. En vez de ser cada vez más una caja de resonancia de los problemas nacionales, pasó a ser, para muchos, un botín a repartir, con un personal más cerca del perfil de funcionario burocrático o de politiquero en busca de “tesoros” que de docente-investigador con actitud crítica y radical. En lo tocante a Psicología, ¿por qué habría de ser distinta la situación en esa unidad específica a lo que pasa en todo el contexto universitario público?

 

Sin dudas hoy los psicólogos son, mayoritariamente, trabajadores con capacitación universitaria (85 % salidos de la pública) que se dedican a tratar de vivir lo mejor posible, como clase media, con la venta de su servicio (precarizado en buena medida, como pasa con una gran masa de profesionales nacionales por cierto). Hacen lo que pueden, lo que les enseñó una Academia que anda a los golpes, como anda todo el país, donde se puede llegar a vender títulos por ejemplo.

 

¿Qué debe hacer un psicólogo en la actualidad entonces? La pregunta es demasiado ambiciosa formulada así; o incluso: mal planteada. En cuanto a lo específicamente técnico quizá está faltando profundizar aspectos de la formación profesional. ¿Por qué todavía se hacen tests? ¿Por qué se estudia tan poco clínica psicoanalítica y se le pone tanto énfasis a la formación en neurociencias, siendo el DSM un reverenciado texto de consulta? ¿Por qué hay tanta presencia de autores estadounidenses y tan pocos latinoamericanos o guatemaltecos en la curricula? (pública y privadas). ¿Por qué hay poca preparación en aspectos sociales, básicos para entender la realidad en que se mueven los profesionales ya graduados? ¿Por qué no se estudia semiótica como parte de la formación psicológica, o se da una rica visión de historia de la cultura? ¿Por qué la academia y los profesionales de las Ciencias Sociales y de la Salud no se involucran en los procesos sociales de cambio, como por ejemplo la lucha de la sociedad civil organizada en contra de la crisis de institucionalidad democrática en el país generada por la imperante impunidad? ¿Qué significa que el gremio esté dividido en dos colegios profesionales?

 

En cuanto al perfil político-ideológico de los psicólogos, la historia de estas últimas tres o cuatro décadas permite entender la situación actual: si en términos generales hay cierta apatía por los programas comunitarios, por la práctica con compromiso social de la profesión, por las campañas de salud pública, por el involucramiento en los grandes problemas nacionales, tantos muertos y desaparecidos de los años recientes -recuérdese la patética pero oportuna cita de Steven Metz- dan cuenta de lo que sucede hoy. Si este escrito puede tener algún sentido, es la intención de llamar a profundizar críticamente la formación de los nuevos psicólogos asumiéndonos como profesionales de las ciencias sociales que necesitamos estricto rigor teórico para dejar de ser auxiliares paramédicos. Por cierto: hay mucho más por fuera del DSM.

 

 

Bibliografía

 

Asociación Psiquiátrica de Estados Unidos (1995) “DSM IV. Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales”. Barcelona: Ed. Masson.

 

Bartolomé, M. (S/F) “Las guerras asimétricas y de cuarta generación dentro del pensamiento venezolano en materia de seguridad y justicia”. Disponible en https://www.google.com.mx/#q=guerra+de+cuarta+generacion+pdf&revid=1391240659

 

Berezin, A. y García Reinoso, G. (2005). “Resiliencia o la selección de los más aptos”. Disponible en http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-50578-2005-05-09.html

 

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Braunstein, N. (1980) “Psiquiatría, teoría del sujeto, psicoanálisis. Hacia Lacan”. México: Edit. Siglo XXI.

 

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Freud, S. (1974) “Sobre la enseñanza del psicoanálisis en la Universidad”. Obras Completas. T. III. Madrid: Biblioteca Nueva.

 

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Martín-Baró, I. (2007) “Acción e ideología. Psicología social desde Centroamérica”. San Salvador: UCA.

 

Montero, M. (2005). “Introducción a la Psicología Comunitaria”. Buenos Aires: Paidós.

 

Parra, L. (2009) “Aproximación a una caracterización de prácticas de apoyo psicosocial postconflicto. Hacia una Psicología Social en Guatemala”. Guatemala: USAC.

 

Testa, M. (1985). “Atención ¿primaria o primitiva? de salud”. Rosario: Centro de Estudios Sanitarios y Sociales. Cuadernos Médico-Sociales, N° 34.

 

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* Psicólogo y licenciado en Filosofía por la Universidad Nacional de Rosario, Argentina. Desde hace casi 20 años vive en Guatemala. Psicoanalista, docente universitario e investigador. Tiene numerosas publicaciones en el campo de las ciencias sociales.

** Voz de origen maya-mam que significa “el que tiene la fuerza y la astucia de dos tigres” utilizada en la actualidad para designar un comando élite especializado del Ejército de Guatemala, preparado para las tareas más difíciles, capaz de sobrevivir en condiciones extremas, incluso de soportar torturas.

[1]Abolir la esclavitud del diagnóstico por mandato”. Disponible en: https://groups.google.com/forum/#!topic/forotopia/INDSJk26NDs

[2]Saramago, J. “Tolerancia no es igualdad”. Disponible en: http://www.citador.pt/textos/tolerancia-nao-e-igualdade-jose-de-sousa-saramago

[3] Berezin, A. y García Reinoso, G. (2005). “Resiliencia o la selección de los más aptos”. Disponible en http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-50578-2005-05-09.html

[4] Le Bon, G. (2004) “Psicología de las masas. Estudio sobre Psicología de las multitudes”. Buenos Aires: La Editorial Virtual. Disponible en http://www.laeditorialvirtual.com.ar/pages/LeBon/LeBon_PsicologiaDeLasMasas.htm#_Toc88815844

[5] Brzezinsky, Z. (1968). The Technetronic Society. En Encounter, Vol. XXX, No. 1 (Enero).

[6]Freud, S. (1901) “Psicopatología de la vida cotidiana”. En Obras Completas, T. I. Madrid: Ediciones Biblioteca Nueva

[7] Comunicaciones personales hechas por pacientes en sesiones de trabajo hablando de anteriores terapeutas. Por cuestiones obvias se mantienen en el anonimato los nombres de los pacientes y de los profesionales psicólogos aludidos.

[8]Constitución Política de la República. Artículo 82.

[9] Testa, M. (1985). “Atención ¿primaria o primitiva? de salud”. Rosario: Centro de Estudios Sanitarios y Sociales. Cuadernos Médico Sociales, N° 34.

[10] Metz, S. En Bartolomé, M. (S/F) “Las guerras asimétricas y de cuarta generación dentro del pensamiento venezolano en materia de seguridad y justicia”. Disponible en: https://www.google.com.mx/#q=guerra+de+cuarta+generacion+pdf&revid=1391240659

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