Fin de año, en la ciudad más fea del mundo

PHOT0010.JPGPor Juan Pablo Dardón

Vivo en la ciudad más fea del mundo – según la clasificación del Ucityguides.com – y dado que somos el único planeta con vida confirmada, la ciudad más fea del universo conocido. Honroso. Los hígados del chapinismo se exacerbaron y se derramaron toneladas de bilis patriótica. Seguro el alcalde Arzú se puso furioso al ver sus esfuerzos de maquillaje, tirados por la borda. 

Lástima que su finquita no clasificó mejor, digo peor, en el listado y sus esfuerzos de convertir en parque temático invernal la Plaza de la Constitución, no hizo más que agregarle una mancha más al tigre. Ese tigre decrépito, famélico y con sarna en que vivimos los acá nacidos. Entienda, si la ciudad es ese animal, nosotros no somos más que sus pulgas y garrapatas y nos alimentamos de esa sangre infectada. Que precisamente nosotros contaminamos.

 

 

Manejo de noche el último viernes del año y miro la ciudad desde la zona 1, manejo pensando en las razones estéticas y urbanísticas de mi lugar de residencia: tenemos el humor de una cafetería china típica del Centro Histórico. Es decir, somos una especie de globalización del mal gusto, con rockola, frijoles volteados, arroz frito con carnes variadas, una pecera de agua sucia con dos o tres peces que se ahogan en su propia mierda, pollo frito grasoso y un indígena ladinizado atendiendo a ladinos que lloran escuchando al Rey Quiché de Daniel Hurtado. Es real, vaya a dar una vuelta por ese lugar y me dará la razón.

 

 

 

Me detengo en una cantina que ostenta calendarios de paisajes bucólicos y un poster de los galácticos del Real Madrid. Justo a la par, Pep Guardiola ostenta sus seis trofeos ganados en un año junto a la plantilla del Barca. Rojos pentacampeón y Gardel posa a la par de los Tigres del Norte. La gente que consume licor, poco se entera de la fealdad otorgada por la publicación digital que dice especializarse en turismo global. Ser feo no importa, importa la existencia y el trago. 

Se comen un pan con frijoles mientras devoran sin ánimo unos Sabritones, se empinan un Kuto o sorben la botella de cerveza Gallo sin más esperanza que el efecto soporífero y excitante del alcohol. Yo tomo junto a ellos, intentando pensar en nuestra condición horrible, espantosa, los más feos del planeta. Tal acusación barre con las intenciones de tantos arquitectos de aportar algo para la estética de una urbe donde orgullosos asistimos a consultas a la Muela Feliz. Mi amigo Homero algo me contaba de eso, de nuestro amor por el kitsch, de la cultura de lo cutre.

 

 

 

Más tarde y dejando ese purgatorio de almas en la cantina, me dirijo a un bar de moda en la misma zona. Mi amigo DJ Flako pincha dubstep y almas jóvenes y confundidas se agitan. Yo ya no bailo porque me enferma bailar. Estoy sentado en la barra del Soma (sí, como la droga de Huxley, como el alucinógeno indú, como la tumba de Alejandro Magno), tomo whisky junto a mi amigo Wicho y Erick. Todos toman cerveza barata y nosotros un 12 años. Detalle que nos comenta un solitario en la barra, suficiente para que la gente empiece a pensar que somos narcos. Reímos a carcajadas y vemos la posibilidad de vivir como tales. Es imposible. Odio las cadenas de oro y las pistolas chapadas (a mí me gustan sobrias, color mate), esa cultura de la violencia contribuye sin duda a afear un país, una sociedad y seguramente por eso, México DF también aparece en el controvertido listado. 

Acá adentro la subcultura dubstep hace reverencias al Flako y una chica empieza a tener problemas con su acompañante que está borracho. Parece que solito él se ha tomado una docena de chelas y la mujer le saca del bar. Morboso que soy, salgo con mis amigos a fumar y vemos como al otro lado de la calle el tipo pelón empieza a propinarle una paliza a su chica que viste complemente de blanco. En el Reino Unido se le llama a la cerveza lager The wife hitter (la golpeadora de esposas), por los índices de violencia doméstica relacionados en el consumo de la cerveza rubia. 


Al punto, que la marca belga Stella Artois, tuvo que cambiar su eslogan publicitario para dichas latitudes para no verse relacionados como promotores de las palizas hacia las “Estelas” del Reino Unido, su frase de mercadeo es “Tranquilizadoramente cara” hizo pensar a los publicistas que el gremio de los empinadores de codo podrían entender que tomando esa lager se podría tranquilizar a una mujer llamada Estela, a golpes. Seguramente el mismo análisis que se hizo en Guatemala con la Bravha.

 

 

 

Pues el tipo agarra a golpes a su novia y unos patinadores nocturnos que están en su ronda, van del mismo lado de la banqueta y para poder pasar tienen que esquivar el pleito. Se bajan de sus patinetas e intentan hacerse de la vista gorda sobre el asunto, pero de repente uno mira cómo le parten la madre a la chica de blanco, como la están “tranquilizando” y le inquiere algo. Lo hala, lo aleja y ¡Zaz! el pelón le intenta asestar un puñetazo. 

Atrás los otros chicos que tienen las patinetas en la mano, las toman como armas y uno le mete con el canto del vehículo de madera un golpazo en la pierna que le hace hincarse y el otro le zampa un planazo en la cabeza que le baja los flipones por un segundo, el suficiente para venirse para atrás y terminar de abrirse la cabeza con un dintel de una puerta. Los chicos se suben a sus patinetas, se acomodan las mochilas y el sonido de los cojinetes de las patinetas se va aruñando las paredes del Centro Histórico de la ciudad más fea del universo. 


La chica que llora de la paliza, de la borrachera y de la impresión, se sienta a la par de su victimario a acariciarle y tratar de volverlo a la conciencia pero el pelón cabalga unicornios rojos en ese momento. No levantan polvo, levantan sangre que le salpica a la mujer en la blanca blusa y sus tights blancos. Están completamente cubierta de sangre la pareja y la gente llama sin cesar a los bomberos, los marihuaneros de este lado de la calle empiezan a irse a ver la inminente llegada de la policía y una tienda cierra la cortina de hierro para evitar preguntas que no va a saber responder. Llegan los bomberos y atienden. Llega la policía y miran atónitos. Alguien graba en video. Narcos jeje, la gente pensó que éramos narcos y nos volvemos a reír con mis amigos.

 

 

 

Ciudad Cayalá, ese complejo habitacional, de comercio y oficinas exclusivas, se yergue como un proyecto turista que no termina de encajar en el barrio. Y por barrio me refiero la ciudad. Es ese rubio que destaca entre las cabezas negras en el mercado de Chichicastenango un jueves. Esa construcción asemeja la postura de la ladina que quiere parecer gringa, es ese rancio abolengo estirado de una vieja inmigración española perdida en el tiempo y el mal gusto globalizado. No se diferencia en nadita de la cafetería china que un día antes visité en zona 1. En este lado Santa Claus se toma fotos a la par de un chico vestido de Momostenango que vende ponche de frutas deshidratadas de forma artesanal. Farmer Market Baby. 

Caminando por sus calles empedradas que me hacen sentir por un momento en el sur de España, o la campiña de Córcega, o una playa Griega, me echan el carro encima de la misma forma que en la zona 1. No le veo diferencia, allá me miran recelosos los policías y acá los guardaespaldas. Allá hablan en voz alta y chillona los travestis, acá chicas altas y chillonas que parecen travestis, sólo les diferencia el precio, pero las mañas son las mismas. 


A lo mejor los visitantes de ese centro comercial no se enteran que la fealdad que nos coronó Ucityguides se refiere a ellos también y no únicamente a la ciudad que yace a sus pies. Ellos también son parte de esa condena de la estética y del urbanismo, que de nada vale caminar libremente en un Centro Comercial cuando no se puede hacerlo en las calles, donde el peatón es sujeto de agresión, asalto, muerte. 

Los pilotos de automóviles son kamikazes y las motocicletas vampiros que sangran a todos. Esconderse en Centros Comerciales, en condominios super seguros, en colonias cerradas con gente armada en torres de seguridad, no es la solución. En 1,347 en Mesina, Italia la gente se empezó a contagiar de una enfermedad pulmonar que llegó a ser conocida como la Peste Negra, gracias a las rutas mercantes con Asia. Se contagió Europa entera y casi mata un continente. 


Los gobiernos locales, los consejos populares en su eterna ignorancia decidieron cerrarse al mundo para evitar contaminarse de la peste bubónica. Tarde o temprano todos esos feudos sucumbieron y fueron mermados por pensar que amurallarse o vivir dentro de una fortaleza, todo iba a estar bien. Edgar Allan Poe hace un resumen en su magnífico relato La máscara de la Muerte Roja (pueden conocerlo acá). Luego de leerlo, se darán cuenta que estamos en la misma situación, paisanos.

 

 

Personalmente no me molesta nada que me digan feo, que me clasifiquen como habitante de una ciudad fea. No soy un patriota pendejo, conozco mi lugar y que una publicación me tache de esto u otro, me la pela. No creo sinceramente que mi país, mi ciudad, o mi himno, sea el más bonito del planeta, del universo, de la eternidad. Que tengamos las mujeres más chulas, los hombres más guapos, los más trabajadores, los cabrones, no. Tampoco somos le peor, téngalo claro: somos como cualquier otra pinche sociedad, no se aflija. 

Y cuando el fuego de la condena caiga, será parejo porque inevitablemente, todos hemos pecado y hemos sido buenos de una manera u otra. He viajado por muchos lados del mundo y me han confundido con marroquí, mexicano, cubano, hondureño, nica, venezolano. Me han dicho sudaca, indio, brown, spic, wetback, beener, modafoca y honey. ¿Me ha cambiado eso? No lo creo, a mi cambia lo que aprendo leyendo. Feliz año feo 2014.

http://www.jpdardon.com/2013/12/fin-de-ano-en-la-ciudad-mas-fea-del.html

Te gusto, quieres compartir