“Guatemala es un Estado criminal”

 

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Por Cristian H. Savio

No es la primera vez que visita Buenos Aires, pero a Rodrigo Rey Rosa le sorprende sobremanera no ver guardaespaldas por las calles porteñas. “Allí los ves apenas aterrizas”, dice. “Allí” es Guatemala, el país donde nació y a donde regresó hace diez años tras un exilio autoimpuesto. “Me siento atrapado en Guatemala porque tengo una hija, pero si no ya me hubiera ido”, dice en su entrevista con Newsweek el escritor al que el chileno Roberto Bolaño consideró “un maestro consumado, el mejor de mi generación”. En el piso 14 de un edificio con vista al Río de La Plata, Rey Rosa habla de la violencia histórica de su nación, de las raíces raciales y económicas de esa violencia, que se manifiesta en formas étnicas y de género. De la herencia cultural de una de las civilizaciones más grandes de la era precolombina azotada por la Conquista; y más aquí en el tiempo, de una guerra civil que desangró a la nación entre 1960 y 1996. Esa violencia que caracteriza al Triángulo Norte de Centroamérica, cuyos otros vértices conforman los vecinos países de Honduras y El Salvador, pero que no debe explicarse desde “el realismo mágico-telúrico” de que brota en la tierra, dice el escritor, sino que obedece a “causas remotas: el racismo institucional y sostenido desde la colonia”.

Esa violencia, histórica y presente, es la que atraviesa Los sordos, la reciente novela de Rey Rosa. El título se refiere a un personaje que aparece al principio de la historia, un niño, que viene de una zona de Guatemala donde la sordera es congénita, explica Rey Rosa. “Y me pareció una metáfora para la falta de comunicación entre los diferentes estratos sociales de Guatemala. E incluso entre las etnias: en Guatemala hay 22 grupos lingüísticamente distintos que han convivido así sin entenderse durante siglos, milenios”.

Los protagonistas son una mujer, hija de un magnate “tirano pero buena persona”, que desaparece aparentemente secuestrada, y un joven y novel guardaespaldas. “Guatemala debe ser uno de los países con más guardaespaldas per cápita en la clase alta, es símbolo de status”, cuenta el escritor. “Los ves hasta en el supermercado, empujándoles el carrito a las ancianas. Muchos son gente del campo, de una zona particular del país que se llama Oriente, hacia El Salvador. De ahí viene el 90 por ciento de los guardaespaldas de la clase adinerada. Tenía ganas de imaginarme cómo sería la vida de un chico recién iniciado en las armas”.

Mano de obra no les falta entre esa minoría blanca que ocupa el extremo más rico de una sociedad donde la brecha económica es amplia. Rey Rosa dice que la suya no es una novela policial, sino criminal, “porque Guatemala es un Estado criminal”, donde el narcotráfico y las maras llevan adelante con absoluta impunidad su propia guerra sanguinaria, en la que las torturas apenas preceden a descuartizamientos, desmembramientos o decapitaciones. O, si se tiene suerte, la muerte llega en la forma piadosa de una balacera. Como ocurrió en julio de 2011 al cantautor argentino Facundo Cabral, que recibió ocho balazos cuando viajaba en el automóvil del empresario de espectáculos Henry Fariñas, quien lo había contratado para una gira por Centroamérica y era el blanco del ataque de los sicarios. “Durante muchos años se formaron asesinos con los escuadrones de la muerte, con la represión, con el genocidio”, explicó en aquella ocasión la indígena guatemalteca Rigoberta Menchú, Nobel de la Paz en 1992. El caso de Facundo Cabral fue excepcional: formó parte del apenas 2 por ciento de asesinatos que son investigados.

Y en esa violencia interna, las mujeres son las principales víctimas. En la actualidad, según un informe de la ONU, cada año son torturadas y asesinadas más de mil mujeres y niñas, que conforman la mano de obra y mercancía más barata en el conflicto narco. De acuerdo al Informe de Recuperación de la Memoria Histórica de Guatemala (REMHI), 100.000 mujeres fueron violadas y torturadas durante el conflicto armado de 36 años en el marco de un plan sistemático de exterminio étnico.

El acuerdo de paz alcanzado en 1996 no frenó la violencia: sólo le cambió el marco. “Según el relator de la ONU, muere más gente por armas de fuego hoy que en los años de la guerra”, dice Rey Rosa. El racismo prevaleció, como el caso de la muerte de 1.771 indígenas ixiles por la cual el Ministerio Público acusó por genocidio al general José Efraín Ríos Montt, que gobernó el país bajo una dictadura de 18 meses entre 1982 y 1983. El tribunal “se estremeció junto con todo el país al escuchar los horrores de la Guatemala de 1982”, cuando “casi un centenar de testigos relataron crímenes cometidos por el ejército” que harían estremecer a los propios maras, escribió el diario El País de España. El dictador fue sentenciado en mayo pasado a 80 años de cárcel, pero diez días después un polémico fallo de la Corte de Constitucionalidad anuló la sentencia por errores en el proceso legal. “Fue el logro más importante y, al mismo tiempo, el fracaso más grande”, describe Rey Rosa. El juicio no se reanudará sino hasta enero de 2015. “No hay una negación del crimen, pero no se va a hacer justicia”, lamenta el escritor. “Una vez que se muere el general, muere el caso, y es la última persona que queda para que se haga un caso de genocidio y esta gente sea reconocida como víctima del estado. Y esa es la táctica dilatoria que probablemente vaya a surtir su efecto”.

“Si no se reconocen los crímenes nacionales no se puede seguir adelante”, subraya. “Simbólicamente es un deber, pero es una sociedad tan conservadora y tan feudal que hay que preguntarse si vale la pena existir así. Es un disgusto visceral con tus compatriotas. El discurso político está contaminado con el narco, lo que cuenta es el dinero, la acción política no tiene efecto”, dice.

Hay quienes ponen en duda el concepto de “genocidio” en este caso.

Es ridículo. En Colombia incluso se ha hablado de genocidio por el exterminio de un partido político. Y aquí hablamos de una etnia. No se puede decir que fueron causas políticas o de la guerra. Además se dictó la sentencia y se le dio la pena que corresponde, pero la corte anuló el juicio por un papeleo.

¿Será que una porción importante de la sociedad no quiere mirar atrás?

Eso es otra cosa. Claro que la población no indígena quiere que se olviden, y hablan de lo costoso que sería resarcir a las víctimas. De hecho los pueblos mayas han dicho que no quieren dinero, sino una reparación de otra índole. Un reconocimiento. Los crímenes se cometieron: están las fosas con miles de cuerpos con los cráneos destrozados, no fueron muertos en batalla. Es innegable.

Rey Rosa parece cómodo en Argentina, país que reconoce como un “norte cultural” para los escritores guatemaltecos, que no escapan del influjo del Nobel de Literatura Miguel Ángel de Asturias. “Es una mala suerte tener a ese ideal de escritor y no a Jorge Luis Borges. Asturias es un enano comparado con Borges”, dice quien dejó los estudios de Medicina y su interés por la neuropsicología después de leer Ficciones.

A Rey Rosa le duele Guatemala. “No me siento en peligro, pero me he creado muchos enemigos”, dice. “La sociedad guatemalteca vive en tensión permanente. Está enferma, necesita una terapia nacional. Esa violencia no es impersonal, hay personajes que la han propiciado y personas que la han sufrido”.

http://newsweek.infonews.com/nota-205928-Guatemala-es-un-Estado-criminal.html

 

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