No se puede multiplicar sin dividir

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Por Carlos A. Mendoza

Quien no comprende que el Estado y el mercado son complementarios, posiblemente no visualiza que la cooperación y la competencia entre humanos son las dos caras de una misma moneda. Tanto las instituciones formales, como las informales, que facilitan el intercambio y la coordinación son el resultado de un largo proceso de evolución cultural y aprendizaje colectivo. Gracias al ensayo y al error, nuestros ancestros fueron estableciendo convenciones, normas sociales y reglas morales para superar los problemas de acción colectiva. Sin esas reglas de juego, que después se sancionaron legalmente al surgir Leviatán, probablemente continuaríamos como simples cazadores y recolectores, en pequeñas bandas para las cuales la sobrevivencia del grupo, y de la especie misma, dependía de solucionar los siguientes problemas: evitar depredadores, comer el alimento adecuado, formar alianzas, criar a la prole y proteger a los ancianos, y seleccionar a la pareja –y repartir la caza entre estos subgrupos más vulnerables que no podían aportar a su multiplicación.

Siguiéndose el mismo principio de la evolución biológica, la selección natural fue definiendo qué tipo de soluciones eran adoptadas, guardadas en la memoria colectiva y retransmitidas a las siguientes generaciones. El altruismo recíproco, por ejemplo, se ha demostrado que resulta ser una estrategia superior respecto al comportamiento del gorrón (el aprovechado o free-raider). Es decir, se coopera con el otro si hay cooperación, mientras que se castiga a quien no coopera en los asuntos de la comunidad. La generación de fuertes identidades grupales ha facilitado también este comportamiento de cooperación, hasta el extremo del altruismo que requiere el sacrificio por los demás. Es el sentido de pertenencia el que moviliza a los integrantes del grupo en una misma dirección, generalmente en contra una amenaza común –un depredador u otro grupo que compite por recursos siempre escasos.

En este sentido, se han desarrollado diversos algoritmos sociales que, aunque nos cueste describirlos, han sido incorporados al repertorio de estrategias para la exitosa reproducción de la especie, bajo ciertas condiciones medio ambientales. Algunas de ellas implican sumar y otras restar. Como en el caso de los juegos de suma cero, unos ganan y otros pierden. De hecho, los primeros lo hacen a costa de los segundos. En estos casos, generalmente por territorios que garantizan recursos vitales como agua y alimentos, se da cooperación al interior del grupo (Nosotros) para competir contra los Otros. La violencia es comúnmente instrumental para preservar o ganar dichos recursos. Este comportamiento también ha sido observado en nuestros primos, los chimpancés, tremendamente territoriales y agresivos.

Hay otras estrategias que requieren de una aritmética más compleja, la división y la multiplicación. Ambas han mostrado su utilidad para superar los problemas sociales que mencionamos arriba. Además, se encuentran analogías en la naturaleza. Por ejemplo, cuando el espermatozoide fecunda al óvulo, lo primero que ocurre es la división celular, luego ocurre la multiplicación según las instrucciones del ADN para la especialización de las nuevas células. Unas se convertirán en corazón, otras en hígado, en cerebro, hasta formarse un cuerpo. La evolución biológica también sirve de ejemplo, pues la multiplicación de las especies, la diversidad biológica, surge de divisiones en las ramas de nuestros ancestros. El Homo sapiens surgió hace unos 250 mil años como resultado de una separación que ocurrió aproximadamente hace 4.5 millones de años del ancestro común de lo que después serían bonobos y chimpancés.

También abundan las metáforas literarias y míticas para comprender la complementariedad entre división y multiplicación. En el Evangelio, por ejemplo, se dice que Jesús multiplicó los panes y los peces, pero los expertos coinciden que no fue un milagro en el sentido sobrenatural, sino que el mismo consistió en convencer a la gente que le seguía que debían compartir lo que cada uno llevaba. Fue dividiendo las raciones que alcanzó para todos, y sobraron varios canastos. Del Génesis se repite frecuentemente el mandato de “multiplicarnos y poblar el planeta” para dominarlo. Dicha orden divina refleja el antropocentrismo judío que luego se transfiere al cristianismo, pero su consecuencia lógica es que para cumplirla primero debe dividirse la familia original. Los hijos dejan a sus padres para crear otro nuevo núcleo familiar, y esto se repite de generación en generación. De hecho, esta división natural que generalmente va asociada a la repartición de recursos (la herencia) fue lo que dio origen a la prohibición eclesial del casamiento de los curas. El celibato obligatorio para el clero, sin fundamento teológico alguno, fue una medida pragmática para resolver el problema de una Iglesia que veía una resta en la procreación de sus funcionarios, pero concebía como una suma la multiplicación de sus súbditos, por los numerosos impuestos, ofrendas, pagos por servicios y servidumbre –incluso esclavitud, que implementaba bajo sofisticados mecanismos de coerción física e ideológica. Un ejemplo de lo primero fue la Inquisición, y de lo segundo el cobro de indulgencias para garantizarse la salvación.

En Guatemala está de moda el slogan de “Sin divisiones, multiplicamos” (ENADE 2013), en referencia al mensaje voluntarioso de “olvidar nuestras diferencias y concentrarnos en aquello que nos une”. Se pide que olvidemos el pasado conflictivo, la guerra que se vivió, para que las ideologías que le dieron fundamento no continúen dividiéndonos de cara al futuro próspero que todos deseamos. Entre otras recomendaciones, se pide dejar de hacer justicia a las víctimas de ambos bandos. Es decir, que se piensa en un “borrón y cuenta nueva”. Sin embargo, ignoran que esa institución que aparece en el Antiguo Testamento implicaba lo que algunos hoy calificarían como una violación al Estado de Derecho, incluyendo la redistribución de la propiedad y el perdón de las deudas pendientes:

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor.” Isaías 61, 1-3 (fragmento aplicado a Jesús en Lucas 4, 14-21).

Me parece que hay consenso sobre la necesidad de generar más riqueza, es decir, ya todos (los de izquierda) aceptan que el crecimiento económico es un mecanismo indispensable para “agrandar el pastel” y ya todos (los de derecha) se sienten cómodos con el concepto de desarrollo humano –que también incluye mejorías en educación y salud, que a su vez potencian el crecimiento y “la paz social” (como los mismos empresarios lo reconocen). El problema es la defensa del status quo. Los conservadores quieren que todo siga igual y que simplemente nos esforcemos más, que seamos “parte del equipo de fútbol nacional” (analogía de la que se abusó en el video del Encuentro). Los liberales, que no revolucionarios, piden que el campo de juego se nivele para jugar en igualdad de condiciones. Por eso, los primeros sólo piensan en multiplicar, sin darse cuenta que primero hay que dividir o redistribuir. En el Nuevo Testamento también hay una poderosa metáfora de lo que implica una sociedad nueva, el inicio del llamado “Reinado de Dios”:

Juan, El Bautista, “fue por toda la región del Jordán proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas; todo barranco será rellenado, todo monte y colina será rebajado, lo tortuoso se hará recto y las asperezas serán caminos llanos. Y todos verán la salvación de Dios.” (Lucas 3, 3-6).

Además, hay diferencias sobre el cómo lograrlo. Unos quieren que el mercado sea el único agente impersonal que asigne los recursos, mientras que otros abogan por el papel del Estado como exclusivo redistribuidor. Lo que se omite del debate son las condiciones bajo las cuales Estado y mercado logran alcanzar su potencial benéfico. El Estado requiere de la legitimidad que otorga la democracia, pero se necesita también de ciudadanos educados y responsables. Que además se sientan representados por sus autoridades y se consideren parte de la “comunidad imaginada”. En el caso de Guatemala, la población indígena no sólo ha sido excluida del Estado sino que ha sido víctima de sus políticas, implementadas por los no indígenas que lo han utilizado para su propio beneficio y no para el bien de la colectividad nacional, la cual difícilmente se ha terminado de construir. El mercado no se puede dejar a sus anchas, porque su interacción con instituciones políticas deficientes magnifica el impacto negativo de sus fallas (asimetrías de información, externalidades negativas, etc.). Por ello, he insistido en el concepto del yin-yang o complementariedad entre ambas instituciones. Cuando una potencia lo bueno de la otra avanzamos, pero cuando se refuerzan negativamente (como en el caso de la corrupción), la pérdida de legitimidad termina por destruirlas a ambas.

La desnutrición crónica no será explicada en un 100 por ciento por la situación de pobreza en la que viven millones de familias guatemaltecas, es cierto que la falta de educación y la escasa salud de las madres también explican algo del problema. No obstante, si el análisis que presentó FUNDESA se hace a nivel de individuos desnutridos estoy seguro que casi todos son pobres (cometieron falacia ecológica en el gráfico donde presentan municipios, p. 19, Taller de Nutrición en Quetzaltenango, y luego incurrieron en un sesgo confirmatorio al intentar explicar las implicaciones del mismo). Lo que se podría decir es que la pobreza no es condición suficiente para la desnutrición crónica, y a lo mejor no es necesaria (gente obesa, con recursos para comprar comida chatarra, por ejemplo). Pero en la mayoría de los casos la pobreza del hogar interactúa con deficiencias educativas sobre cómo alimentar adecuadamente a la prole y proteger a la madre durante el embarazo.

desnutricion y pobreza ENADE 2013

Cuando el Estado y el mercado funcionan bien, reforzándose positivamente el uno al otro, estos graves problemas son más sencillos de resolver. De lo contrario resulta casi imposible. Para resetear ambas instituciones es necesario dividir, redistribuir equitativamente no sólo riqueza e ingreso, sino también justicia, participación política y sentido de pertenencia. La inclusión sociopolítica y económica que genera verdadero desarrollo humano y paz social requiere de cambios al status quo, una nivelación de la cancha, uniformes de la misma calidad, el mismo acceso a un entrenamiento adecuado y a un director técnico que preste atención a todos, es decir, que no deje a los mismos siempre en la banca. Está bien que el mejor jugador gane más que los otros, pero en nuestro equipo tenemos jugadores de la categoría A, B, C y Z. A estos últimos se les dice que den gracias por dejarlos pelotear antes del encuentro, que ellos son los que deberían pagar por el privilegio de estar en la selección nacional (para abusar yo también de la analogía). Así que no se sienten parte del equipo y prefieren sabotear el juego para perderlo por default. Si esto no se entiende, en lugar de olvidar el pasado corremos el riesgo de repetirlo (la violencia social que vivimos actualmente ya nos coloca en ese escenario, la misma se correlaciona altamente con la desigualdad a nivel agregado –ver gráficos aquí).

Juguemos limpio con el país, entonces. Multipliquemos los recursos del Estado para que cumpla con sus funciones, multipliquemos nuestra participación cívica y política para sacar de la cancha a los mediocres, multipliquemos los espacios de coordinación entre Estado y mercado en la dirección correcta, y así tendremos más para repartir y reforzar el ciclo virtuoso del desarrollo. No le tengamos miedo a la palabra división, coexiste con la multiplicación. Para los creyentes es parte esencial del mensaje redentor:

“Él hizo proezas con su brazo: dispersó a los soberbios de corazón, derribó del trono a los poderosos y enalteció a los humildes, a los hambrientos los colmó de bienes y a los ricos los despidió vacíos.” (Lucas 1, 46-55).

Un cántico tan radical puesto en la boca de María, la madre de Jesús, nos puede dar pistas sobre el controversial texto de Mateo 10, 34-36:

“No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada. Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra y los enemigos del hombre serán los de su casa.”

Ciertamente la religión es causa de divisiones, porque cada creencia responde a diversas visiones del mundo, y en una sociedad pluralista las mismas pueden entrar en contradicción si no se saben articular de manera adecuada, pacífica y respetuosa. Es decir que la respuesta no es la homogenización del pensamiento, sino el reconocimiento de nuestras diferencias. Podemos disentir sin agredirnos mutuamente, y podemos construir con base a mínimos acuerdos compartidos. Hay que reducir la desnutrición crónica, pero para ello no se puede soslayar los problemas de la pobreza y la desigualdad. Tampoco conviene olvidar el pasado, donde están parte de las claves al problema de hoy, y a la solución de mañana. Sin memoria colectiva estamos perdidos, es parte de nuestra identidad compartida, la que nos mueve a superar las diferencias que nos detienen.

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