Las modernas fuerzas de expansión

ciudadsOmar Marroquín Pacheco

Haciendo una síntesis respecto a la historia natural de las ciudades, en el primer estadio de la urbanización, el número y tamaño de las ciudades variaba en función tanto de disponibilidad de suelo agrícola como de su productividad.

Las ciudades básicamente se mantenían confinadas a los valles y a las llanuras aluviales, ejemplo: el valle del Nilo, el creciente Fértil, el valle del Indo y, el segundo estadio de la urbanización comenzó con el desarrollo de los medios de transporte tanto fluviales como marítimos de gran escala, así como la introducción de caminos para carros y carretas. En esta nueva economía, la aldea y las ciudades agrícolas mantuvieron el equilibrio ambiental de la primera fase; pero con la producción de excedentes en agricultura y, en paralelo, una especialización en el comercio y la industria que complementaban, la especialización tanto religiosa como política que le ha dominado la primera etapa.

Todas estas formas de especialización, permitieron el crecimiento demográfico de la ciudad más allá de los límites que había marcado la capacidad agrícola de sus aledaños; y, en ciertos casos, entre los que cabe reseñar la ciudad griega de Megápolis, la población de pequeños núcleos que fue deliberadamente trasladada a una gran ciudad, en una reproducción conciente de un proceso estaba teniendo lugar en muchas ciudades de forma menos intencionada.

En este estadio de la urbanización, la ciudad creció a base de extraer recursos inhumanos de obra de los territorios rurales sin devolver nada cambio que compensara este intercambio. En paralelo se estaba produciendo  una utilización destructiva de los recursos naturales, con propósitos industriales, con una mayor concentración de la minería y metalurgia, (cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia).

El tercer estadio de la urbanización se hizo presente hasta el siglo XIX, y es hasta el año 1956, cuando comienza alcanzar toda su extensión, complejidad e influencia. Recapitulando si la primera fase se caracterizó por el equilibrio y la cooperación y la segunda etapa presentó una dominación parcial de lo urbano, pero dentro de un marco aún eminentemente agrícola, en cualquier caso ambas se sostiene sobre una economía que dirige la mayor parte de su mano de obra hacia la agricultura y la adecuación del paisaje natural a las necesidades humanas. La cantidad de suelo dedicaba a usos urbanos se encontraba limitada, aunque sólo fuese por la propia limitación de la población.

Esta situación se ha visto totalmente alterada por completo a lo largo de los tres últimos siglos debido a una serie de cambios interrelacionados. El primero de ellos es el hecho de que la población mundial ha estado creciendo de manera constante desde el siglo XVII, fecha desde la que es posible realizar cálculos estadísticos razonables, o al menos aproximados tolerables. Según W. y E. Woytinsky, la tasa de crecimiento de población parece haber aumentado en forma constante: 2.7% desde 1650 a 1700; 3.2% en la primera mitad del siglo XVIII: 4.5% en la segunda mitad; 5.3% desde 1800 a 1850; 6.5% desde 1850 a 1900; y 8.3% desde 1900 a 1950. En realidad estas medidas no pueden tomarse muy en serio, sin embargo, existe una alta probabilidad de que se haya producido una aceleración y, casi sin lugar a dudas, se puede afirmar que la población se han duplicado en los últimos 100 años, al mismo tiempo que la mano de obra requerida para mantener la productividad agrícola en las exportaciones mecanizadas ha disminuido.

Esta expansión podría significar, exclusivamente que las regiones del planeta menos pobladas hubieran adquirido densidades muy próximas a las de India o China, con una gran parte de la población extra dedica a labores de cultivo intensivo de la tierra. Pero este incremento de la población no ha sido un hecho aislado, sino que ha venido acompañado de una serie de profundos cambios tecnológicos, que han transformado la tradicional edad de las herramientas en la actual edad de la máquina, transformando una civilización eminentemente agrícola en otra de carácter urbano o, posiblemente una de carácter suburbano.

Estos dos factores, desarrollo tecnológico y crecimiento demográfico, han interactuado al menos desde el siglo XVI, momento en el que se produjo un significado desarrollo de la industria náutica y la navegación, abriendo la puerta a los territorios casi vírgenes del nuevo mundo. Todo este desarrollo tecnológico con la consecuente producción de alimentos energéticos (verduras, aceite, grasas animales, caña de azúcar y azúcar de remolacha) no sólo ayudaron a alimentar a una población mayor sino que, gracias al suministro de grasas, convirtieron el jabón hasta entonces un lujo que sólo se podían permitir en los palacios, en una necesidad cotidiana; y está importante contribución a la higiene tanto a nivel público como particular, probablemente esto hizo más para reducir la tasa de mortalidad que cualquier otro factor.

Desde principios del siglo XIX, el crecimiento de la población hizo posible el crecimiento de las viejas ciudades en la fundación de otras nuevas y seguido el hecho es de que el número de ciudades por encima de los 100,000 habitantes había crecido ya en el siglo XVII, mucho antes de la aparición de la máquina de vapor o de los telares industriales y Londres ya había superado el millón de habitantes en 1810, antes de que contará con medios mecánicos de transporte o un sistema adecuado de suministro de agua, en cualquier caso durante el siglo XIX se producen cambio de escala en el crecimiento urbano.

En este momento histórico, las cuatro limitaciones naturales al crecimiento de las ciudades fueron vencidas: el límite nutricional, establecido por un suministro de alimentos y aguas adecuados; el límite defensivo, determinado por el perímetro fortificado; el límite del tráfico, condicionado por los leen los medios de transporte tradicionales, como las barcazas; y el límite energético, vinculado a la producción regular de las corrientes de agua o a la imprevisibilidad de los medios alternativos.

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