Expreso por la 6ta. Avenida hasta el dormitorio

sextadPor Lorena Medina Patzán

 

Mientras me alejaba de nuestros segundos finales juntos, se desvanecía sigilosamente la calidéz de su mirada sincera y cristalizada, a la distancia del último de los muchos abrazos que nos dimos y de los otros tantos que guardamos, para darle lumbre a otras noches frías por sobrevivir, en medio de esta asfixiante ciudad, empapelada de poste a poste, con banderas albicelestes y sendos afiches de personas desaparecidas, afanosos por encontrar a los protagonistas de sus fotos, sin tener éxito alguno.

Mis pies se apresuraban a escapar de la soledad que iba creciendo, al tiempo que la espuma de la cerveza anegaba mis ideas llenas de lujuria y “propuestas indecentes” que no tuve tiempo de pronunciar. El invierno me asechaba por todas las esquinas, entre tanto, mi piel demandaba a gritos que detuviera mis pasos y girara 180º sin pensarlo, hasta volver al ritmo armónico de cuatro piernas avanzando en una misma dirección, en vez de alejarse a cada centímetro.

La oscuridad transcurría impunemente, inundada de calles vacías con ventecitas dormidas, vitrinas arropadas con cartones y pies descalzos que buscaban refugio en los pórticos, para eludir las redadas de buitres con sombreros blancos.

Las lentejuelas trasnochadas, ceñían a la fuerza imponentes siluetas ruborizadas excesivamente y semidesnudas, que adornaban las calles y los burdeles, anunciando el final de mi travesía peatonal. El satírico destino esperaba por mí, sin dar oportunidad alguna de torcerle el brazo, para que me dejara prolongar por un ratito más el disfrute de una presencia entrañable, que se escabuía por sórdidos rincones, con coordenadas diferentes a las mías.

Eché un vistazo a los mil kilómetros que inhumanamente se interpusieron entre sus palabras y mis pensamientos y no tuve mas remedio que montarme en las alas de una paloma, para volar hasta el dormitorio.

 

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