Obama en Siria: ¿petróleo y la crisis financiera de EU y su dólar?

obdAlfredo Jalife-Rahme

Parece una fatalidad axiomática del poder crudo y rudo que cada presidente de Estados Unidos tenga su propia guerra ritual que (en)marque su legado.

No resultan muy persuasivos los argumentos del gobierno Obama sobre el presumido rescate humanitario sobre la execrable cuan controvertida gasificación de infantes sirios como justificación de su expedición militar en Siria.

Obama fue elegido por su agenda antibélica en Irak y Afganistán y luego obtuvo su premio Nobel de la Paz gracias a su noble objetivo teórico de desarme nuclear.

Pero, aberrantemente en última instancia, Obama está resultando el tercer Bush: a Daddy Bush le correspondió la primera guerra en Kuwait/Irak; a Baby Bush: Afganistán y la segunda guerra de Irak, y a Obama: la guerra en Libia y ahora, al parecer –si no es detenido por la fuerte oposición en la Cámara de Representantes–, en Siria.

La espectacular voltereta que ha operado el atribulado presidente Obama es probable que resguarde motivaciones inconfesas que forman parte de la estructura propia del poder de Estados Unidos y su dinámica consustancialmente militar.

Obama juega su presidencia y su carcomido liderazgo global en el discurso de su vida que dará un día antes del duodécimo aniversario del 11-S para convencer a un reticente Congreso.

De por sí, los celestiales objetivos humanitarios expuestos vigorosamente por el equipo Obama no consiguen convencer ni a tirios ni a troyanos cuando las opiniones públicas a escala global, regional y doméstica, justificadamente traumadas por las aventuras bélicas de Baby Bush en Irak y Afganistán, se oponen tajantemente a la inesperada metamorfosis del presidente No. 44 de Estados Unidos.

Si nos atenemos exclusivamente a la duración autorizada por el panel del Comité de Relaciones Exteriores del Senado de Estados Unidos, por un máximo de 90 días para la operación en Siria (¿cómo será bautizada?), pues es mucho mayor a las 10 semanas de destructiva guerra unilateral en Kosovo que emprendió Estados Unidos (en conjunción de la OTAN y sin anuencia de la ONU) con abundantes misiles crucero Tomahawk y que concluyó en la balcanización de Yugoslavia, el cambió de régimen y el enjuiciamiento del presidente Slobodan Milosevic (presuntamente envenenado en su celda) por el Tribunal Penal Internacional, con sede en La Haya, cada vez mas controvertido (porque sólo juzga selectivamente a los enemigos de Estados Unidos y a ninguno de sus ex presidentes guerreros ni a sus aliados homicidas globales”.

Por cierto, a la par del precio del petróleo, se ha disparado la cotización bursátil de la empresa Raytheon –que fabrica los misiles crucero Tomahawk– antes de iniciar las hostilidades.

Bruce Ackerman, constitucionalista de Yale de los más prestigiados de Estados Unidos, alerta en un artículo (Anzuelo y cambio, Foreign Policy, 3/9/13) que los bombardeos limitados (sic) de Obama son justo el preludio de una intervención masiva en el Medio Oriente, por lo que el Congreso no debe caer en su trampa.

Ackerman da a entender que la voltereta del unilateralismo de Obama en Siria se escenifica como un distractor después del asunto Snowden y en respuesta a la captura de Egipto por los militares, a quienes no podría seguir financiando.

Barry Grey y Tom Carter (WSWS, 7/9/13) sacan a colación el perturbador artículo de Bruce Ackerman y lo interpretan como la luz verde para una guerra regional que redibuje la cartografía del Medio Oriente y asegure la hegemonía de Estados Unidos sobre la región y sus pletóricas riquezas de hidrocarburos, lo cual lleva inevitablemente a una confrontación directa con Rusia y China y a otra guerra mundial.

La cumbre del G-20 en San Petersburgo, que no pudo conciliar las posturas antagónicas sobre el contencioso sirio entre el anfitrión ruso Vlady Putin y el visitante presidente Obama, exhibió la profunda fractura de la geoestrategia entre los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) –resueltamente opuestos a la aventura militar estadunidense en Siria– y el G-7, mermado con la inoperancia de Gran Bretaña y las dubitaciones bélicas de Alemania, Italia y Japón.

Durante la cumbre del G-20, los BRICS se dieron el lujo de realizar su minicumbre privada, donde anunciaron el esperado Banco de Desarrollo (con un módico capital inicial de 50 mil millones de dólares) y un fondo de reserva de 100 mil millones de dólares (de los que China contribuiría con 41 por ciento) para contrarrestar la guerra de divisas en curso, que ha fortalecido al billete verde debido a la fuga de capitales de los mercados emergentes y a las devaluaciones abruptas de sus divisas a raíz de la disposición de la Reserva Federal de cesar su estímulo monetarista hiperinflacionario (el QE3: impresión masiva de dólares) de inyección de 85 mil millones de dólares al mes.

Justamente durante el G-20, el presidente chino Xi Jinping se pronunció por una salida política y contra la guerra en Siria que dispararía el precio del petróleo y afectaría a la economía global, que aún no sale de su fase delicada.

Alex Lantier (WSWS, 6/9/13) comenta que la guerra en Siria y la amenaza de conflicto global dominó la cumbre del G-20 y coloca en relieve la advertencia de Zhu Guangyao, viceministro de Finanzas de China: Una acción militar tendrá definitivamente un impacto negativo en la economía global, especialmente en el precio del petróleo.

¿Que tanto estará en juego para que Obama se arriesgue a empujar al planeta a una nueva recesión? ¿Se trata del suicida síndrome Sansón?

Para conservar la hegemonía del dólar como indisputable divisa de reserva mundial, ¿la proyectada guerra en Siria lleva como corolario perjudicar los intereses petroleros y gaseros de Rusia, China e India?

Un artículo escalofriante del analista estadunidense Brandon Smtih (SHTFplan.com, 29/8/13), reproducido por Russia Today (6/9/13), sustenta que los bancos buscan algo grande (sic) para cubrir el colapso del dólar y eso se llama Siria: El sistema financiero cree que la guerra en el Medio Oriente será su salvación.

Michael Snyder pregunta si “Estados Unidos va a la guerra en Siria por un gasoducto ( Veterans Today, 7/9/13)”.

Snyder arguye que si Estados Unidos es exitoso en derrocar al régimen de Assad, ello será bueno (sic) para los sauditas o Qatar (y posiblemente para ambos), y será realmente malo (sic) para Rusia. Este es un conflicto geopolítico estratégico sobre recursos naturales, religión y dinero (sic), y no tiene nada que ver con armas químicas.

Las dos veces anteriores (Bajo la Lupa, 1 y 4/9/13) abordé el crucial factor energético de Siria, con pletóricas reservas de gas en su costa, así como en su calidad de encrucijada ( hub) de oleo-gasoductos competitivos: el chiíta proveniente de Irán-Irak-Siria y el sunita de Qatar y/o Consejo de Cooperación del Golfo de Países Árabes encabezado por Arabia Saudita.

Los oleo-gasoductos del gran Medio Oriente, que ahora incluye hasta el Cáucaso (el bajo vientre islámico de Rusia contiguo al Mar Caspio), son teológicamente sectarios como reflejo de la guerra civil que se desató en Siria y que ha incendiado todas sus fronteras.

El control del poder geoestratégico del petróleo y el dominio financiero del dólar son bidireccionales para Estados Unidos: desde el Medio Oriente hasta México.

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