Una sexualidad hipócrita

 sexMarcelo Colussi –
mmcolussi@gmail.com

Hacia 1996, cuando se firma la Paz Firme y Duradera, había en la ciudad de Guatemala aproximadamente 30 travestis ofreciendo sus servicios sexuales, básicamente en zona 1. Hoy, 17 años después, esa cantidad se decuplicó. Es decir: pululan por las calles capitalinas alrededor de 300 travestis, no sólo en el centro sino en diversos puntos. ¡Diez veces más de oferta! ¿Qué significa eso?

El fenómeno existe, y nadie puede alegar desconocerlo. Pero, por supuesto, como todo fenómeno admite ser interpretado de distintas maneras, radicalmente antitéticas incluso.

Para quien defiende una moral pretendidamente férrea y pura, ese crecimiento sería un indicador de una decadencia en los valores más sagrados de la sociedad. En tal sentido, vamos hacia un libertinaje promiscuo, por tanto condenable. Por otro lado, para los travestis, que siguen creciendo en número día a día, esto significa: 1) una mayor posibilidad de ganarse el sustento diario con la venta de servicios sexuales, y 2) como grupo, una mayor presencia (quizá no aceptación, pero sí al menos visibilidad) en la dinámica social.

Podría intentarse aún otra lectura de los hechos: si crece de tal modo la oferta de servicios (un 1,000% más que una década y media atrás), ello responde y se articula con un similar aumento en su demanda. ¿Hay más homosexuales varones que requieren los servicios de un travesti? No, no es así: básicamente la oferta de esto(a)s sexoservidore(a)s es tomada por varones oficialmente heterosexuales.

La cultura patriarcal dominante excluye y estigmatiza a esta considerable cantidad de travestis, condenándolos a la marginalidad (y en más de algún caso, a la muerte, como producto de este disparate al que algunos llaman “limpieza social”). Pero ¿quiénes consumen estos servicios? Dicho por los mismos sexoservidores que venden sus cuerpos noche tras noche, son varones, hombres con bigote y con todas las características de un reconocido como “macho” quienes les contratan. Nunca son mujeres ni homosexuales. ¿Qué concluir de eso?

La ciencia del psicoanálisis, que no es denostada como los travestis pero que tampoco es lo más aceptado en nuestra moral cotidiana, muestra con lujo de detalles cómo se “construye” nuestra sexualidad. En otros términos: la bisexualidad es una posibilidad siempre abierta. Escandalizarse de ello es “querer tapar el sol con un dedo”. El crecimiento de esta oferta, ¿habla de una “enfermedad” moral, o de una realidad de la que se prefiere callar?

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