Un minuto, un día, un siglo

mario de leonLorena Medina

Un día de agosto te perdí y se fue contigo una parte de mí.

Ilusiones, esperanzas, sueños compartidos, razones  de futuro y libertad.

Entrega total, que sigue llenando mis minutos con cada respirar.

Me persiguen las imágenes de aquella tarde gris que olía a rebeldía, a mitin, a barricada, a pintas  y a marcha apresurada, entre nubes de humo y sirenas para decir lo nuestro,  a tiempo  y sin miedo de denunciar la realidad.

Rodeado de obreros y campesinos, estudiantes que inundaban con gritos  y cantos de protesta la ciudad.

¡Siempre avanzando, inclaudicable! ¿Una duda?… ¡Jamás!

Preciso y acucioso, siempre con  el tiempo calibrado, riguroso contigo mismo; compromiso y pasión por el pueblo, tu legado.

Los minutos se  volvieron siglos ya por la noche. Horas interminables de esperarte, confiando solo en tu inmensa capacidad de hacer bien las cosas, sabiendo que nunca dejabas un  detalle al azar.

Siempre fuiste consciente de  los riesgos  que corrías al confrontar a los tiranos, pero el amor por la justicia no conoce de límites, es pleno y consecuente, es abrazar  una utopía, es respirar la libertad!

Yo  aguardaba por tu regreso, sin saber que no ibas a volver tras ese breve lapso, cuando pudimos a penas darnos un apretón de manos entre la multitud. Sin preguntas, sin respuestas, solo miradas  y ese intenso y corto encuentro de nuestras manos, que se ha prolongado eternamente y me acompaña por doquier.

La duda, el temor, la angustia de no saber, mata lentamente y aleja  la probabilidad del reencuentro.

¡Yo no sé que es lo que me piden al hablar de reconciliación y olvido, si casi puedo escuchar tus gritos enmudecidos, ahogados entre las murallas  del odio inquisidor, a manos del asesino!…

Un día de agosto vuelve irrevocablemente a mi memoria, añadiendo a estos mil agostos que han pasado ya un sabor agridulce, que me llena de conmoción y sentimientos encontrados.

La niña que dejaste se ha convertido en una mujer que cosecha saberes y acaricia fervientemente tus sueños, nuestros sueños revolucionarios, al igual que tu foto y las notas de un diario gastado donde se informa de tu desaparición. Llora en silencio, intentando ocultar la rabia de no contar contigo, como los otros niños, que tuvieron la dicha de tener un padre que les diera abrigo.

Y  yo, me convertí en alguien que no habría imaginado jamás,  a pesar de las heridas, de perderte en un minuto, de no hallar el rumbo, de no saber cómo recomenzar en este país plagado de muerte, tortura,  de primaveras pisoteadas, de asesinos gobernando,  de memorias desterradas,  de viudas y huérfanos, de poesías mutiladas en las manos toscas y torpes  del opresor.

Soy sobreviviente de la guerra, del destino, de la soledad y los días y siglos de no tenerte más.

Sobreviviente de causas que siguen moviendo mi  humanidad, para seguir adelante, sacando  las fuerzas de no sé donde, en tu recuerdo, en tu simiente, en nuestro bello ideal.

Hoy quiero decirte que siempre te busqué, por cada recóndito lugar, infructuosamente, hasta que me convencí de una vez por todas que nunca iba poderte encontrar, porque hay tantas marañas, poderes que operan en la clandestinidad que se cubren a toda costa con el manto de la impunidad.

¡Quisiera gritar! ¡Desatar este nudo en la garganta y todo lo que llevo aquí en mi pecho!

¡Respondan cobardes! ¿Por qué no me dejaron tener siquiera la oportunidad de darle un último adiós?

¡Quisiera terminar con la maldita incertidumbre que me carcome lentamente los huesos, que asfixia  sigilosamente mis entrañas!

Acabar con este dolor que torna en frías las mañanas de amaneceres tibios, prohibiendo el placer del abrazo, las miradas profundas, los libros compartidos… exilando al verso y al beso.

Un desaparecido más, ¡No!

Mi compañero, el amigo, el camarada, el padre de mi hija, el estudiante de ideas brillantes;

el que siempre se preocupaba por los demás, el que no podía dejar nada al azar.

El de la entrega total. El que siempre puso su compromiso social por encima de su propia comodidad. El que acudía presuroso al llamado de cualquiera que necesitara su solidaridad.

¡No es un desaparecido más!  ¡Es el hombre que amo como amo la vida, la tierra, los sueños de futuro y libertad!

El entrañable y dulce recuerdo,  que acompaña mis minutos, días y noches de soledad.

 

Te gusto, quieres compartir