Lo que oculta la violencia

guillenPor Jairo Alarcón Rodas.

A la memoria de Leonel Alejandro Guillén Sosa

Cuando en un Estado se tiene por prioridad la seguridad puede ser por dos causas: Una, que la naturaleza humana sea tan perversa y en consecuencia se viva en un virtual estado de guerra, donde impera la violencia y sea necesario su control. O bien, que en el establecimiento de una sociedad no se  garantice el bienestar de cada uno de sus miembros a causa de privilegiar a unos, lo más poderos, sobre los más débiles o desprotegidos y por lo tanto, la pobreza incube males que se traduzcan en robos, asesinatos y violencia y por ello se priorice la seguridad.

Se dice que ser pobre no es sinónimo de criminalidad y es lo correcto. Pero también lo es que, si no se satisfacen las necesidades elementales, se crea tensión y frustración en las personas que regularmente se traduce en violencia. Está demostrado que los índices de delincuencia son más altos en los sectores sociales donde la miseria hace su morada. Regularmente la pobreza va acompañada de hacinamiento, insalubridad, ausencia de educación y violencia intrafamiliar, entre otros. Es un círculo vicioso donde un mal incuba a otros más.

Entonces ¿cómo enfrentar un mal que tiene su origen en las asimetrías sociales, en la falta de oportunidad para el desarrollo integral de las personas? ¿Cómo pretender resolver el problema exclusivamente con medidas correctivas, penalizando con mayor dureza a los infractores de las leyes? ¿Será que la violencia y criminalidad son simplemente problemas de seguridad? Sin duda ese mal tiene más de fondo y necesariamente requiere medidas preventivas que inevitablemente deberán transformar la actual estructura social del país.

Y es que el crimen en Guatemala no se limita al asaltante, al extorsionador, al violador y al asesino; en la larga cadena se encuentran aquellos que posibilitan que esas acciones continúen y se perpetúen. En este país pervive la industria del crimen, la cual hunde sus raíces en la pasividad e indolencia de sus habitantes y en respuestas poco alentadoras y efectivas de sus autoridades. Es más, al ser un negocio existe determinado sector que se beneficia con su presencia y en consecuencia la promueve.

No obstante las medidas de seguridad, proliferan en los cascos urbanos del país policías privadas, garitas de seguridad, túmulos; en fin colonias fortificadas desnudan lo que representa un país incivilizado al borde de la barbarie.  Así, cada vez más se cierran calles, impidiendo la libre locomoción, se contratan más policías privados para resguardar las viviendas. El temor de ser asaltado, extorsionado, asesinado por hordas criminales del exterior hace que la asociación de vecinos tome tal determinación en resguardo de sus asociados.

Sin embargo, el problema continúa ya que las acciones correctivas no resuelven el origen de tales males. Y es que recurrir a medidas emergentes, sin atender y enfrentar la raíz del problema no conduce sino a convivir con el mal. Con ello, las nuevas colonias residenciales ajustadas a soluciones de problemas emergentes, limitan con mayor rigurosidad el acceso de personas ajenas, convirtiéndose en tal sentido, en fortificaciones, cárceles para sus habitantes. Salir de allí, situarse en el exterior representa un riesgo para la vida.

Morir en manos de un ladrón de celulares es tristemente más frecuente, pero también lo es  el riesgo del delincuente de perecer en manos de los atemorizados y violentos ciudadanos. ¿Por qué roban celulares? Sin duda es porque existe un mercado donde los compran. Y ¿quién los compra? Las transacciones delincuenciales son posibles porque hay todo un ambiente que les da vida. Y qué decir de los extorsionistas que ante la impunidad de sus acciones tienen atemorizados a los pequeños y medianos empresarios al extremo de ser ya parte de sus negocios.  Ni hablar del sistema de justicia en Guatemala.

Así, son cada vez más las personas que se manchan las manos de sangre argumentando que hicieron justicia. No obstante el uso de la violencia para erradicar la violencia, aunque silencie para siempre a un criminal, lo ponga fuera de circulación y calme la sed de venganza de las personas cansadas de soportar tales fechorías, no detendrá el surgimiento de más delincuentes ni resolverá los males que se incuban en los focos de miseria que abundan y se proliferan ante la miopía e indiferencia de las autoridades y de los habitantes de este país.

La heroica acción de Leonel Alejandro Guillén Sosa no mereció ser precedida por un acto de venganza, sino de justicia. Y como bien lo dijo Tucídides: Quien puede recurrir a la violencia no tiene necesidad de recurrir a la justicia.

 

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