Alejandro Guillén es todos nosotros

 

gillermoPor Yaroslav Ramírez

 

Los violentos vienen y para quitarnos lo que es nuestro y nos cuesta tanto, solo utilizan la violencia. El arma que asesinó a Guillén nos está apuntando a todos y quien está sosteniendo el arma se llama gobierno, se llama sector privado organizado, y se llama locura incurable. Estos tres factores se han combinado perfectamente para la construcción del status quo y tienen desde hace décadas al país encerrado en un pantano donde chorrea sangre podrida en un río caudaloso que se llama indiferencia.

 

 

¿Por qué digo esto? Sencillamente porque el gobierno no ha podido cumplir con su promesa: el que no recuerde el video de unos muchachos y muchachas en el parque central con sus computadoras portátiles y las sonrisas de una tranquilidad, no podrá darse cuenta de la fantasía vendida. Todo es falso. Recibieron el voto, han recibido los impuestos pero no ha hecho ni hará nada porque no tienen la capacidad. Lo único que hará es defender a los monopolios del sector privado organizado.

 

 

El sector privado organizado lo menciono porque ha sido incapaz de generar las condiciones mínimas para que en el país ocurra la oferta y la demanda de manera civilizada. Se ha limitado a financiar a “sus propios políticos” que les garantizan riqueza sin esfuerzos. El principal motivo por el que el país no genera un mercado dinámico es porque los que poseen el capital no son creativos: los grandes negocios en Guatemala son los monopolios del cemento, la cerveza, las harinas, el pollo, las bebidas carbonatadas, los medios masivos de comunicación, las finanzas, la banca, las telecomunicaciones, etc. Los monopolios declarados o no como tales son un obstáculo para que el mercado realmente ocurra. Y esos monopolios se sostienen sobre la base de la violencia y la fuerza bruta y el dinero que todo corrompe.

 

 

Y finalmente está esa especie de locura incurable que todos en este país padecemos: cada niño y niña que nacen en Guatemala están condenados a vivir en la locura de las religiones con leyes de hierro forjadas en tradiciones absurdas, que a fuerza de repeticiones se convierten en “fuentes de virtud”. Esa locura es el germen que mantiene vivos a los conservadores que no quieren que este lugar sea realmente un país. Es el mismo germen que asesinó, torturó y desapareció a la élite pensante de este lugar durante más de tres décadas. Por lo pronto cualquiera que diga que este lugar es un país es un fanático ciego. Quizá pueda ser un país algún día, y eso espero.

 

 

Así que andemos preparados: o cambiamos desde nosotros mismos sinceramente o esperemos esa bala que nos sigue desde el fondo de los años.

 

 

 

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