La ciudad prohibida

cpr urbana

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Lorena Medina

“Hueco,  chumo, negro, maricón, tortillera, loca, puta, india, salvaje, marero, huevón” y otro millón de etiquetas  se usan cual cotidiana expresión por una parte de la sociedad que se cree que es la mejor. Hay siempre un soez calificativo para hacer una distinción entre el resto de los mortales y este grupo que presume una rancia tradición, de coloniales vuelos, absolutos paladines del pensamiento inquisidor.

Portavoces de triviales discursos que alientan la segregación, por clase, por géneros o por un equipo de fut ball. Nadie que no cuente con su bizarro sentido del “buen gusto” y el “honor” podría obtener su aprobación. O se es rematado fanático de púlpitos y sotanas con dinero para enganchar un pedazo de cielo, que se vende al mejor postor o se es impúdico, degenerado pecador, que no tiene chance para merecer una posible absolución.

Subrepticiamente disfrutan a lo grande de placenteros servicios, al amparo de la noche, consumiendo erotismo y todo tipo de ilusión, desde el confort de sus autos de lujo y al siguiente, día saturan los confesionarios y cultos, con febril devoción, para salvar su alma, su buen nombre, en fin  su  “flamante reputación”.

Defienden el ornato de la ciudad, escondiendo la basura bajo la alfombra  y  con una obscena y perversa comodidad, toleran niños muriendo de hambre y  de frío en las calles y  ancianos mendigando pan; muy airados, se perturban por un par de carteles que les recuerdan verdades irrefutables de su propia humanidad.

Objetan que la juventud se tome prestado un viejo parque para ponerle ruedas a sus sueños y a su libertad de expresión; exigen que salga la chusma, aduciendo que el espacio es propiedad del fino vecindario y no de cualquier atrevido proletario, que busca un poco de sana diversión. Afirman que es preferible tener saturadas las prisiones con cuanto atrevido jovencito transgresor, que ensucia con sus patinetas la ilusión de la “Tacita de Plata”, que les ha vendido el dictador de la Muni, evocando los viejos tiempos de Ubico y Cabrera, héroes del alcalde ultraconservador.

“¡Quiten lo feo y torcido, no queremos que halla ruido!” “¡Destruyan las pancartas que cuentan de gente católica viviendo con sida, de prostitutas que estudian y de enfermeros gay. Es toda una barbaridad!  No queremos saber de mujeres trans que educan y emprenden negocios; eso es toda una inmoralidad!” Pregonan las damas del barrio San Sebastián, intentando tapar el sol con un dedo, negando los matices de la realidad reflejada en cada fotografía diseminada por la urbe, rompiendo con la monótona cotidianidad, para ponerle rostros y nombres a una  amplísima diversidad.

¿Se habrán detenido por un momento los disgustados vecinos a pensar, que son solamente seres humanos que luchan por la vida sin pretender ir más allá que ser reconocidos sin etiquetas y prejuicios, con su propia identidad?  Son los amigos, madres, hermanos, vecinos de alguien más, los y las protagonistas de los carteles que han causado revuelo en la ciudad.

Nombrar aquello que no se ha nombrado con su propio acento y peculiaridad; darle voz a los que han sido censurados, por la falsa moral impuesta por la bendición papal, por desconocimiento, xenofobia  o por un racismo exacerbado es una tarea imperativa, para avanzar en la búsqueda de esa humanidad perdida que nos enseñe el camino de una mayor equidad.

Pero al observar el desdén y saña expuesta ante una pequeña muestra de esta palpitante e intrínseca realidad social, me pregunto ¿En qué hemos fallado, cuál será el pensamiento que las nuevas generaciones heredarán? ¿A caso uno retrógrado y reticente a todo derecho humano? 

Si es así, estamos condenados a perder la posibilidad de encontrarnos con esa riqueza innegable de la pluralidad y de nuestra identidad diversa; en pleno siglo veintiuno habremos retrocedido al tiempo de las cavernas, ya no habrá espacio para ninguno, solamente para pensamientos vanos, colonizados y faltos de toda sensibilidad y conciencia, que se marchitan al filo de una ciudad prohibida para todos los sueños, que exhala su conservadora esencia.

Por Lorena Medina

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