Eterno retorno a los sueños truncados de octubre

 

MarcoAntonio

(Para Marco Antonio Molina Theissen y todos los niños y niñas víctimas

 

del conflicto armado interno en Guatemala)

 

Por Lorena Medina

 

Quisiera haberte dado un abrazo, pero no pude. Contarte mis aventuras, las risas, llantos y desencantos de mis escasos años de púber. De mis osadías e irreverencias febriles de secundaria, de mis clases de inglés y natación. Contarte mis travesuras para volverme novio de la niña que siempre llamó mi atención.

 

Me habría gustado tanto apuntarme en ese esperado concurso de dibujo. Quisiera al fin volar el barrilete que hicimos con mi tío, ¿Recuerdas? Echar a correr después de tocar el timbre de la casa doña Juanita. Ir al repaso de Leonor y esconder los discos de marimba, para que solo suene el rock’n roll.

 

 

Quisiera salir a barranquear y aprender a fumar a escondidas. Ponerle llantas nuevas y lucecitas a mi bici para irme de capiusa. Ser el campeón del pin ball y salir a patinar a los Cápitol y la Plaza Vivar. Me habría gustado tanto aprender el secreto para el Cubo de Rúbik armar…

 

 

Quisiera no haberme perdido el mundial de España 82 y hacer de estampitas una gran colección. Y construir castillos enormes en rompecabezas de mil quinientas piezas. Ver mis programas favoritos de televisión. Yo quisiera hacer tantas cosas que ya no puedo. Pero lo que más quiero es que alguien me dé una explicación:

 

¿Por qué no me dejaron gozar la emoción de mi primera licencia de conducir, para ir con mis amigos a un concierto en Pana? ¿Por qué la tarde de un día lleno de alegría terminó con esta angustiosa y terrible situación?

 

¡Ya basta! ¡Solo escucho por todas partes que soy un guerrillero, hijo de guerrilleros, que estoy metido en la subversión! ¡Que soy un delincuente, que ando metido en la revolución!

 

Luego de incansables somatones a la puerta y de un largo rato de no ver a mi mamá en la casa, entendí que algo muy malo estaba pasando ¿Serán los ladrones?, pensé. La busqué por doquier pero no la pude hallar. Repentinamente al abrir, entraron tres malhechores llevando por la fuerza a mi madre, a quien amenazaban a punta de pistola para que les dejara entrar a nuestro hogar. Yo enmudecí, no sabía qué iba a pasar. Luego, se ensañaron en mi contra y mi mamá no dejaba de llorar. Me tragaba el llanto sin fuerzas para intentar hacer nada, pues temía que le fueran a disparar.

 

No pudieron evitar que nuestras miradas se cruzaran por un par de segundos, profunda y tiernamente. Ella me hizo sentir en aquel preciso instante el más puro y pleno de los amores que alguien pudiera experimentar. Con uñas y dientes me defendía y aún a costa de la inminente amenaza de muerte que se cernía sobre su cabeza, gritaba, primero enérgicamente y poco a poco se quebraba su voz hasta implorar angustiosa: ¡Déjenlo, no se lleven a mi niño! ¡Llévenme a mí en su lugar!!!

 

Sus ruegos caían en el vacío de almas y conciencias despiadadas y sedientas de sangre y venganza sin sentido. Se desvanecían sus gritos en el oscuro umbral una puerta que rebotaba con cada golpe y gemido. Impotente presenció mi madre cómo fui llevado descalzo, sin darme siquiera opción de defenderme o tan solo saber de mi detención el motivo.

 

Finalmente, salió tras el lúgubre trío que emanaba aliento de animal. Me conducían con lujo de fuerza reían y proferían su veneno mortal, de insultos y aberrantes ademanes, para alejarme del calor de mi familia de una vez por todas, a plena luz del día en un pick up con placa oficial. En mi mente solamente resuenan las voces resquebrajadas de mi mamá y un frío otoñal, imágenes intermitentes de calles repletas de gente y un desbordado molino de nixtamal.

 

En un santiamén se esfumaron las vecinas, nadie acudió en mi auxilio ni en apoyo a mi angustiada mamá. Mudos testigos los transeúntes que pasaban en el preciso instante que puso punto final a todos los años maravillosos que me hacían falta experimentar. Me llevaron sin rumbo ni dirección, mientras mi madre suplicaba, que me dejaran, que ella les sería más útil que yo.

 

Nunca voy a entender cómo y por qué sucedió, pero me consuela enterarme que mi hermana se les escapó. No sé si es de día o de noche, ya perdí la noción. Creo que ya pasó una eternidad. El 6 de octubre fue el último día que salí a estudiar y por la tarde quedé con mis amigos para ir a chamusquear.

 

Quise abrir mis ojos pero estaban sellados con cinta adhesiva y un sucio costal. Ni tuve tiempo de pronunciar una queja, ni pude llorar. Los infames me arrancaron la ropa, los sueños y las palabras más desesperadas que pudiera pronunciar; quise tener valentía pero mi dolor me lo impedía. Tuve miedo entonces y lo tengo hasta este momento, en que no sé que va a ser de mí ahora que ya estoy preso. Todo es oscuro, frío y hiede a perro muerto. Hay veces que pienso que ésta es solo una pesadilla, pero no, tristemente estoy en realidad despierto.

 

Tal vez me dejarán volver a mi hogar, pues yo no tengo nada que ocultar. Solo tengo 14 años y lo que quiero es regresar a estudiar, abrazar a mi mamá y a mis hermanas, salir a pasear los fines de semana; esforzarme por llegar a la Universidad para ser un ingeniero. ¡Este dolor y tristeza no los quiero!

 

Algunos que comparten mi encierro dicen que todo esto se arreglará y que fue solo un escarmiento, para que nunca en la vida me meta en nada, como ser dirigente estudiantil o guerrillero. La verdad, no sé por qué me preguntan tantas cosas de las que ni siquiera sé su significado. Yo simplemente quería salir a jugar como siempre, con mis amigos y hacer las tareas que me habían dejado. ¿Qué va a pasar conmigo? ¿A dónde me llevarán? Solo me queda esperar lo inesperado… ¡Tan solo con imaginarlo me dan escalofríos!

 

Quisiera tener una máquina del tiempo, para volar en un segundo hasta una bonita tarde de galletas horneadas en casa, de chamuscas barriales que nunca acaban; salir corriendo a buscar a mi viejo, para aprovechar el viento fuerte de octubre, para elevar bien alto el barrilete que un día hicimos con mi tío.

 

 

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