Brasil y el Mundial de 2014: una prueba inesperada

brfgedEric Nepomuceno
Hay una especie de estupor –irritado estupor– en la cúpula de la FIFA, que controla el gran negocio del futbol mundial. La Copa Confederaciones, que ocurre en Brasil, debería ser, además de una prueba para el Mundial que el país abrigará dentro de un año exacto, un gran escaparate para que la entidad haga lo que más sabe hacer: negocios millonarios, con toda su consecuente carga de corrupción.

En un aspecto, el plan resultó: los ojos de medio mundo están puestos en Brasil. Todo lo demás resultó en un desastre. No por coincidencia, la apertura del torneo coincidió con el más espectacular brote de manifestaciones populares de los últimos casi 30 años en el país de Pelé, Garrincha, Rivelino, Sócrates, Zico y una vasta congregación de genios del futbol.

La FIFA aparece en rol protagónico en las marchas populares, pero como blanco de protestas. Patrocinadores tanto de la Copa como el Mundial del año que viene, como las automotoras Hyundai y KIA, se dan cuenta, asombradas, de cómo sus revendas son destrozadas por turbas enfurecidas. No se trata de destrozar como protesta por la calidad de sus coches, pero por patrocinar a los torneos.

Joseph Blatter, el presidente de la FIFA que logró zafarse de las acusaciones –y de las pruebas contundentes– de corrupción aguda, argumentando que los estatutos de la entidad, cuando de los delitos, no preveían punición para corruptos, no logró zafarse de los abucheos cuando su nombre fue anunciado en el juego de apertura formal de la Copa Confederaciones.

Y se dio cuenta de que la cosa iba en serio cuando manifestantes enfurecidos empezaron a intentar bloquear los estadios, exigiendo que la policía militar de diferentes estados brasileños hiciese gala de su capacidad de salvajería. Blatter vio como los hoteles donde se alojan selecciones extranjeras fueron blanco de protestas, y como varios buses y automóviles, por el simple hecho de ostentar la credencial de la FIFA, se transformaron en blanco de furia.

No por acaso el presidente de la institución que controla el fútbol –y la vasta, infinita gama de intereses millonarios que la cercan– abandonó súbitamente el país y voló hacia Turquía, con la frágil excusa de que iba a prestigiar la inauguración de un torneo menor promovido por su institución.

El regreso de Blatter estaba previsto para esa madrugada, en un vuelo fletado de Turquía para Belo Horizonte, capital de Minas Gerais, el estado que tiene la tercera mayor economía del país y donde se disputa hoy por la tarde la semifinal entre Brasil y Uruguay. El cappo di tutti cappi del futbol mundial exigió –y fue atendido– un esquema especial de seguridad, a ser propiciado por las autoridades públicas.

Sobran razones para tanto cuidado: la FIFA y el Mundial del año que vienen ocuparon lugar de destaque en las multitudinarias, y muchas veces violentas, manifestaciones que copan las calles del país. El prepotente e impertinente ‘patrón FIFA’ de exigencia pasó a ser exigido, en las calles, para programas de salud, educación y transportes públicos. La FIFA logró alterar puntos de la legislación nacional, logró que el Estado brasileño se comprometiese con todas sus exigencias, y algo más. El problema es que ese algo más no estaba en sus planes.

Cuando decía exigir ‘patrón FIFA’ para todo, los mandamás del deporte seguramente no esperaban que las manifestaciones populares pasasen a exigir, en las calles, el mismo ‘patrón FIFA’ para hospitales, salud, transporte, seguridad pública. Y que la sigla de la institución se transformase , en las consignas populares, sinónimo de denuncia de obras sobrefacturadas, corrupción, desvío de recursos públicos.

Ahora, cuando la Copa Confederaciones entra en su etapa final –ya estamos en las semifinales– el cappo Blatter, reunido con sus asesores, esperaba hacer el balance de ese ensayo para lo que deberá ocurrir dentro de un año.

Seguro lo hará. Pero hay ingredientes inesperados a la hora de analizar el resultado de la receta.

Por ejemplo: no había la perspectiva de humo de las bombas de gas lacrimógeno lanzadas por la policía en los alrededores de los estadios, porque nadie esperaba que por todo el país brotasen manifestaciones multitudinarias. Nadie podía esperar que los patrocinadores ocultaran sus marcas para preservarlas de la ira de los manifestantes. Ayer, en Belo Horizonte, una revenda de la Hyundai ostentaba un cartel: ‘Somos a favor de cambios, pero sin violencia’. Es que en la última manifestación, al ser identificada como patrocinadora de la FIFA, la tienda fue destrozada. Resultado: 500 mil dólares de pérdidas.

Hay más disgustos para Blatter y su grupo. Faltando un año para el Mundial, quedó evidente que falta mucho, muchísimo por hacer. Ahora mismo, se constató que solamente seis de los doce estadios donde se disputará el Mundial están listos. La FIFA exige, creyendo que todavía puede exigir, que estén listos hasta el fin del año.

Además, está la calidad del césped de las canchas. Preocupadas por los agujeros que surgen a cada tanto – y que pueden causar traumas físicos violentos en los jugadores – varias selecciones han protestado. El estadio de Brasilia, uno de los más caros del mundo, dedicó unos cinco millones de dólares solamente al césped, que no resistió siquiera al partido inaugural. En el legendario Maracaná, reformado a un precio de 600 millones de dólares (atención: reformado, no construido), el césped aguantó con más dignidad. Solo se reveló desastroso al segundo partido.

Un dato curioso: en el intervalo de los partidos disputados en el Maracaná, diligentes funcionarios recorrían la cancha munidos de latas de espray verde para cubrir los vacíos y no dejar que la televisión enseñase la verdad.

Las comunicaciones de internet y celulares de la nueva generación, la 4G, son frustrantes. Faltan locales de alimentación, y cuando los hay, falta comida. Los ingresos vendidos por internet se duplican, o sea, gana quien llega antes. Los hoteles multiplicaron sus precios por tres. El traslado hacia los estadios carece de organización, y cuando se organiza, tropieza con las manifestaciones callejeras. Hay al menos cinco casos en que buses de la misma FIFA han sido impedidos de llegar a los estadios por las brigadas de la policía militar destinadas a impedir el paso de manifestantes.

A esta altura, Blatter ya sabe de todo eso, y más de uno, en el gobierno brasileño, estará arrepentido de haber abrazado el sueño de Lula da Silva, futbolero radical, de abrigar un Mundial en Brasil.

Se esperaba que la Copa Confederaciones fuese una prueba para la estructura armada para recibir a un Mundial. Lo que se comprobó es que miles de millones están siendo destinados a algo que poco o nada dejará al país. A menos, claro, que Brasil logre el milagro de salir campeón en 2014.

La Jornada
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