Hegemonía y decadencia

microPor Maximiliano Pedranzini*

“La conquista del poder cultural es previa a la del poder político y esto se logra mediante la acción concertada de los intelectuales llamados ‘orgánicos’ infiltrados en todos los medios de comunicación (…)”. Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel, edición crítica del Instituto Gramsci, a cargo de Valentino Gerratana, trad. de Ana María Palos, Ediciones Era, México, 1984.

En esta nueva época marcada por el fin del neoliberalismo en América Latina y una crisis capitalista que hace estragos en la clase trabajadora europea, nos encontramos con la firme presencia de los medios masivos de comunicación en toda la región, un enemigo potencial invisible a los ojos de un pueblo que se encuentra maniatado por las cuerdas de su discurso.

En este sentido, los medios hegemónicos son los que generan las condiciones para que se instalen determinados temas en la agenda social y política de un país y crean en base a esto, sentido común en el colectivo social. Manipulan la realidad a su antojo y vuelven turbios aspectos antes claros, como los hechos en sí mismos y la verdad que brota de ellos.

Sin embargo, este combate que se viene librando en el terreno de lo público por los Estados nacionales y los monopolios mediáticos, ha logrado aniquilar el concepto de crítica, tornándose fundamental en este contexto recuperar su significado, para poder de esta manera, comprender esa realidad que nos atraviesa como sujetos.

Primero definamos la idea de crítica. Karl Marx nos dice que la crítica es “la cabeza de una pasión”. Para Marx la crítica va “tornar claro algo que estaba oscuro”, es decir, develar una situación de oprobio a través de la toma de conciencia de lo que está ocurriendo y que necesariamente debe acompañar a la conciencia, en tanto ésta no se someta al yugo de la realidad, no se ahogue por las condiciones que le ésta le impone. En efecto, es la conciencia la que debe decidir sobre esa realidad y no lo contrario, para que se produzca el cambio de algo que está naturalizado como condición de vida y, en consecuencia, surge como condición de posibilidad ese cambio, el decidir si es tolerable o no, si está bien o está mal esa situación en la cual se encuentra, ese es el enfoque de crítica en la que ahonda Marx, a la que llamará el Pathos de la crítica, es decir, esa pasión que alimenta a la crítica, dándole carácter de denuncia, revelando lo que está mal. Para Marx eso es el Pathos de la indignación, que es cuando descubrimos nuestra situación de ignominia, de total oprobio que nos llena de indignación, nos irrita a tal punto que decidimos en algún momento de nuestra existencia cambiar esa situación nauseabunda que nos veja. Ese es el momento en que nos rebelamos y le decimos “basta” a la injusticia, a la desigualdad, a la explotación…, y es ésta quien “desenmascara a todas las demás y a su contenido de clase”, donde la antítesis de la anterior pone de manifiesto otra mirada más cercana a la realidad objetiva.

Por supuesto que en el periodismo la crítica está cargada de subjetividad en un mundo contaminado por nuestras pasiones. Pero una crítica para tener legitimidad debe contener implícito en su discurso, una praxis orgánica que materialice determinada postura, siendo consecuente con lo que se dice o afirma. De lo contrario, al no haber constatación de esa crítica con los hechos concretos, termina siendo parte de una mitología comunicacional que se intenta imponer en las masas como “verdad absoluta”.

Una verdad construía como legitima que recorre cada rincón de la sociedad a través de una retórica convincente que crea consenso entre la población. Esta legitimidad es la que se pone en juego. Como decía Friedrich Nietzsche, “no existen los hechos, sino las interpretaciones”. Se niega el hecho en sí, para dar paso a la batalla de las interpretaciones. Ya no interesa descubrir la verdad, indagar sobre los hechos que le dan forma y sentido. Lo que interesa es la interpretación subjetiva sin necesidad de conocer lo que nos rodea.

 

Este es uno de los tantos misterios que tiene la democracia y que dictamina la máxima relativa del “todo vale”, por el solo hecho de vivir en un Estado democrático y con libertad de expresión. Una triste paradoja que gobierna nuestra subjetividad y nos hace elogiar esta decadencia que habita en algunos sectores de la sociedad.

 

* Ensayista y escritor. Integrante del Centro de Estudios Históricos, Políticos y Sociales Felipe Varela, de Argentina

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