El conflicto entre la minería y los pueblos tradicionales

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Tobías Roberts

Rebelión

El pequeño pueblo maya de San Miguel Ixtahuacán enclavado en las montañas del norte de Guatemala no parecería tener mucho en común con Eagan, Tennessee, otro pequeño pueblo escondido entre los barrancos de los Montes Apalaches de los Estados Unidos. Sin embargo, el entorno desalentador de una mina a cielo abierto llena de polvo, cascajo, y máquinas donde antes existía una montaña boscosa, la amenazante contaminación de los acuíferos y arroyos, y la realidad de pequeñas comunidades rurales divididas y destruidas por la constante (y ocasionalmente violenta) conflicto que reemplaza la simplicidad de la vida de pueblo, define muy bien ambas regiones.

El historiador Richard Drake considera la región de los Apalaches como una “periferia explotada en el desarrollo del capitalismo mundial”, una terminología que fácilmente describe Guatemala y gran parte del Tercer Mundo. San Miguel Ixtahuacán y Eagan, Tennessee, como comunidades pequeñas y rurales, han sido destruidas por la llegada de empresas mineras y sacrificadas por la promesa de alta rentabilidad. En los Apalaches, la minería de carbón fue el camino hacia grandes riquezas. En Guatemala, es el oro. A pesar de las diferencias culturales, lingüísticas y geográficas entre dos lugares tan alejados el uno del otro, comparten una misma lucha. En cualquier lugar del mundo done hay comunidades rurales, pobres y marginadas que se asientan sobre una gran cantidad de recursos codiciados por las dominantes potencias económicas de nuestra sociedad, la historia se repite.

Esto es especialmente cierto cuando las personas rurales encarnan una “mentalidad campesina”, es decir, donde los pequeños agricultores tienen la intención de vivir de su tierra acatando a los límites y respetando las posibilidades de la tierra y del lugar. Drake considera esta mentalidad campesina como “una ideología…que entiende a la agricultura como una actividad de autosuficiencia. En esta visión, la tierra es vista como un recurso que provee para la familia, no es una mercancía para la compra y venta. Este enfoque de la agricultura puede proporcionar para el sustento de la familia, pero nunca puede conducir a mucha riqueza y comodidad.”

En un mundo dominado por el deseo insaciable por la riqueza y la comodidad, la “mentalidad campesina” que se niega a considerar la tierra como una bolsa de mercancías para la especulación representa una amenaza. Los pequeños agricultores y campesinos, tanto en los Apalaches como en Guatemala, son vistos como atrasados, apáticos, y obsoletas que son malos para la economía e incapaz de adaptarse a la realidad económica de hoy. La forma de “arreglar” estas regiones es a través de la inversión en el desarrollo industrial, en este caso, la minería. Mientras que la mentalidad campesina defiende los valores del ahorro, la vecindad, la creatividad, y la cercanía a la tierra, el paradigma económico y social dominante que rige nuestra sociedad nos empuja hacia un estilo de vida caracterizado por un crecimiento ilimitado y continuo de la riqueza, una mentalidad nómada, el consumismo pasivo urbano y la concepción de la tierra como un banco de recursos a explotar.

Marie Cirillo, poblador de la pequeña comunidad de Eagan, Tennessee, describe la región como un área donde el 90% de la tierra está en manos de empresas ausentes que indiscriminadamente alquilan la tierra a las empresas de minería de carbón. Al mismo tiempo, el 90% de la población desde la década de 1950 ha migrado fuera de la zona. Según Cirillo, “Esto me hizo pensar que la difícil situación que enfrentaba la población local debe estar relacionada con el hecho de que no poseían la tierra.”

A pesar de que la comunidad sufría por la falta de tierra y por los efectos económicos, ambientales y sociales de las empresas de la minería del carbón, Cirillo añade que, “Me di cuenta que los pocos que se quedaron tenían buenas razones para quedarse. Puede ser que fueran pobres, pero los que conocí eran personas que eligieron ese estilo de vida a causa de ciertos valores que tenían. Una de las cosas que me atrajo a ellos fue el hecho de que el 10 por ciento restante eran todavía parte de las “otras sociedades” de cazadores-recolectores y de agricultores, a pesar de que también se habían convertidos en parte de la sociedad industrial de hoy en día”.

El pueblo maya de Guatemala sigue caracterizando a estas “otras sociedades” que viven más allá del alcance de la hegemonía industrial y capitalista. En su mayoría agricultores de subsistencia que mantienen una conexión muy arraigado con los territorios ancestrales que han habitado colectivamente desde hace miles de años, la llegada de una mega-mina de oro manejado por una empresa totalmente ajena y desconocida por la comunidad obviamente crea un disturbio en la vida tradicional. Hilario Roblero de la comunidad de San Miguel Ixtahuacán considera que uno de los principales efectos de la llegada de la mina de oro fue “un cambio en la mentalidad de muchos jóvenes que se vieron afectados por la riqueza que la mina de hecho llevó a la comunidad. Esta riqueza creó una mayor desigualdad económica entre los jóvenes que trabajaban en la mina y los que no. Se creó un deseo de dinero y una competencia entre los jóvenes para ver quién acumulara más”.

En los ocho años transcurridos desde que la mina entró en operación, las calles empedradas de San Miguel Ixtahuacán se han llenado con montones de bares y motocicletas, los dos principales destinos de los salarios de los jóvenes que fueron capaces de encontrar un trabajo en la mina.

Margarita Mejía López, otro miembro de la comunidad de San Miguel Ixtahucán, cree que, “Hace quince o veinte años, antes de que llegara la mina, las comunidades vivían en armonía y unidad. No teníamos salarios como hoy, pero compartimos lo que teníamos y vivimos suficientemente bien.” Esa mentalidad tradicional, sin embargo, pronto se enfrentó con la mentalidad minera. Según la hermana Maudilia López de la parroquia católica de San Miguel Ixtahuacán, “Nunca nos enteramos de que la mina entró. La compañía compró la tierra de forma individual prometiendo que íbamos a ser ricos y muchos de nosotros creemos en esa promesa.” La mina de oro Marlin, propiedad de la canadiense Goldcorp, ha destruido efectivamente la vida agraria de muchas aldeas alrededor de San Miguel sustituyendo los campos de maíz y frijol por los estanques de lixiviación llenos de cianuro.

La pregunta entonces sigue siendo: ¿Cómo pueden las pequeñas comunidades rurales donde esa mentalidad campesina todavía subsiste resistir la avaricia, el poder y la fuerza de las empresas mineras multinacionales deseosas de aprovechar la creciente demanda por las materias primas, ya sean de carbón, de oro o cualquier otra?

Para empezar, cualquier resistencia exitosa de las comunidades locales no se puede basarse en respuestas individuales que se derivan de la misma mentalidad de la de las empresas mineras. Albert Einstein dijo que “los problemas no pueden ser resueltos por el mismo nivel de pensamiento que los creó.” En Guatemala, existen una multitud de organizaciones humanitarias y de desarrollo que trabajan en zonas con riesgo de ser afectados por los proyectos de mega-minería y que afirman que la solución se encuentra en proporcionar proyectos de desarrollo para crear ingresos para que la comunidad local no se vende a la mina. Aunque a veces bien intencionados y tal vez necesarios en algunos espacios, esta “solución de ONG” es, sin duda, destinada a fracasar.

Aparte de ser paternalista y asistencialista, estas soluciones tampoco son realistas. La realidad es que las empresas mineras casi siempre van a ser más rentables y mejores en la creación de riqueza monetaria que los pequeños proyectos de desarrollo dirigidas por las ONG. Si el objetivo es competir con las empresas mineras, su riqueza y sus sueldos, entonces está condenada al fracaso. La pregunta no debería girar en torno a la manera de imitar el crecimiento económico que ofrece la mina. Más bien, es imperativo que nosotros consideramos si Margarita Mejía López tiene razón: ¿Es posible que los pueblos puedan vivir lo suficientemente bien a través de compartir lo que tienen (sus recursos locales y el valor de una comunidad coherente) a pesar de no alcanzar los niveles de riqueza monetaria y comodidad que el mundo de consumo exige que uno posee?

Marie Cirillo cree que “la clave para un futuro de esperanza reside en la capacidad de la gente para mantener vivos los valores que sustentan las comunidades rurales.” El reto es cómo valorar los estilos de vida tradicionales y campesinas y desarrollar nuevas instituciones y organizaciones comunitarias que fortalecen y dan formar a estos valores tradicionales.

En Eagan, Tennessee, la gente ha comenzado a asumir el reto, en palabras del miembro de la comunidad Carol Judy, “De averiguar cómo vivir bien sobre la tierra.” La clave, por supuesto, se encuentra en el énfasis de reclamar una vida “sobre” la tierra, en oposición al paradigma económico imperante donde la tierra, en vez de ser proveedora maternal, se considera como banco de recursos para extraer, explotar y luego llenar con los infinitos desechos de nuestra sociedad de consumo.

Judy añade que, “la buena gobernanza comunitaria es la arquitectura de la democracia.” Con el fin de crear una alternativa viable a la minería que permitiría a la población local vivir bien sobre la tierra, la comunidad de Eagan, Tennessee ha creado numerosas organizaciones sin fines de lucro de pequeña escala gestionadas y administradas por la misma comunidad. El Fideicomiso Comunitario de la Tierra de Woodland es una de esas organizaciones. Este Fideicomiso Comunitario de la Tierra se concibe como una forma de regresar la tierra de nuevo a las manos de la gente al sacarla del mercado y fundamentarla como propiedad colectiva de la población local. La tierra así se libra de la codicia de las empresas de carbón y de otras empresas extractivas y se hace accesible a la comunidad local para comenzar a reconstruir una vida que evoca la mentalidad campesina.

Según Cirillo: “Queríamos asegurarnos de que si la gente recuperara parte de la tierra, que no harían daño a la tierra de la misma forma que hacen las empresas del carbón. Si las personas aprenden a cuidar de su propia parcela de tierra, entonces esperamos que tomen interés en el cuidado de la tierra comunal de fideicomiso también. Esta es la forma más eficaz para la gente aprenda a gobernar colectivamente.”

Richard Drake bien define el origen de la difícil situación de los Apalaches (y de la mayoría de las regiones marginadas y rurales de todo el mundo) como “la pérdida del control económico sobre sus recursos en cuanto a que el desarrollo se llevó a cabo.” Es a través de la gobernanza efectiva de la comunidad que las áreas rurales pueden volver a recuperar el control sobre sus tierras y sus recursos como una forma de defender sus paradigmas de vida que pueden entrar en conflicto con el mundo capitalista.

Donde tomó la gente de Eagan, Tennessee 40 años para comenzar a desarrollar estrategias y alternativas de organización comunitaria para enfrentar la paradigma económica dominante basada en la minería, el pueblo de San Miguel Ixtahuacán, en los ocho años transcurridos desde la llegada de la mina de oro, sigue buscando maneras de resistir colectivamente la mina y para reivindicar modelos alternativos de desarrollo.

Hermana Maudilia López cree que una alternativa se encuentra en la recuperación de la sabiduría y la ética de la espiritualidad maya que “considera que la Tierra es nuestra madre y nos exige a cuidar de ella.” Según Maudilia, la historia de la creación maya debe dar esperanza de que todo no es dicho y hecho todavía. “La creación de nuestro mundo no es cerrado y acabado, sino que más bien se trata de una misión que la vida misma nos invita a continuar.” A pesar del poder aparentemente infinito de la empresa minera, el pueblo de San Miguel Ixtahuacán se encuentra en el proceso de cambiar de mentalidad que permitirá que broten nuevas alternativas.

Por último, la forma más eficaz de resistir a las empresas mineras y las ideologías que traen con ellos es a través de nunca dejarlas entrar en la comunidad. En Salquil Grande, otro pueblo maya en la región Ixil de Guatemala, una mina de barita de propiedad mexicana ilegítimamente compró terrenos del bosque comunal del pueblo maya ixil a través de dudosos acuerdos con el gobierno. A pesar de tener un título de propiedad “legal” y de contar con el apoyo incondicional del gobierno nacional, las comunidades que han subsistido por 2,500 años en sus tierras ancestrales se negaron a permitir que la empresa minera entrara en sus comunidades. Juan Bernal, autoridad ancestral de la comunidad de Salquil, explicó que la comunidad reaccionó así porque, “Confiamos sobre todo en lo que sabemos. Hemos vivido tradicionalmente una vida buena y sana y abundante, y es sólo cuando la gente de fuera vienen a nuestra comunidad que empezamos a tener problemas”.

La comunidad de Salquil fue capaz de rechazar la llegada de la empresa minera debido a un arraigado estilo de vida tradicional que está fundado sobre la efectiva gobernanza comunitaria, el liderazgo ancestral, y una fuerte cultura que mantiene la coherencia de la comunidad. El desafío para las comunidades que han perdido esas características y que se encuentran rodeados por la ideología de las empresas mineras, es de redescubrir el valor de la tierra y del lugar.

Marie Webster quien creció en Eagan, Tennessee, emigró a la ciudad durante muchos años, y luego regresó a su comunidad describe su decisión de regresar así: “He vuelto porque amo este lugar y porque sé que podría ser y debería ser una utopía.” Amar al lugar y volver a descubrir la posibilidad de la utopía en una zona devastada por la minería es el estándar a que las comunidades deben aspirar si nuevas alternativas nacerán.

 

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