El Real Madrid y yo: historia de un odio

madridpor Simon Klemperer

Los pedacitos

Hace tiempo que no veo fútbol. Lo veo de a pedacitos. Pero esos pedacitos nunca crecen porque apago la tele y se quedan así, chiquitos, inconclusos. Lo que pasa es que me aburro. Me aburro como un animal. Los partidos hace rato que dejaron de durar 90 minutos. No conforman un entero. Se han convertido en partes. En fragmentos. Cuando mi cerebro necesita descansar prendo la tele un rato para ver fútbol, eso hice toda la vida. Últimamente el cerebro no descansa, solo piensa. Piensa y se pregunta, por qué jugarán tan mal a esto. Entonces apago y busco descansar con otra cosa. Salgo a la calle, doy una vuelta a la manzana, voy al chino y compro una leche. Y sí, a mí me gusta escribir sobre fútbol porque el fútbol es lo que más me gusta, pero tengo el pequeño inconveniente de que ese juego que más me gusta ya casi no me gusta nada. Me gusta mucho pero no me gusta nada. Y así están las cosas, raras. Rarísimas. Más raras imposible.

El otro día me crucé de casualidad con la final de la Copa del Rey. Real Madrid contra el Atlético de Madrid. Quedaban 5 minutos de partido por lo que todo cerraba perfecto con mi filosofía de los pedacitos. Si nadie metía gol me tocaría el mejor pedacito de todos: el tiempo extra. Y así fue. Nadie metió gol y se vinieron los 30 minutos de regalo nomás. Ganó el Atlético y nos libramos del dolor y el espanto de ver felices a Mouriño y sus secuaces. ¡Que alegría, señores! ¡Cuánta alegría, por favor! No me dará alegría el fútbol pero sí me la da, en muy contadas ocasiones, el sufrimiento ajeno. Tengo que confesarlo. Me duele en el alma ver festejar a Cristiano Ronaldo. Es un dolor profundo que no quiero que se repita nunca más. Alguien decía ese mismo día que no celebraba la muerte de nadie pero sí festejaba la justicia: esa misma mañana había muerto Videla –y yo festejaba su muerte. Para ser sincero, no la festejé. Me dio bastante, igual, pero la hubiera festejado sin problema ético alguno. Festejé con saltos y gritos, en su momento, la de Pinochet. Y la festejaría de nuevo. Cuestión que sí, que me alegró tanto la derrota del Real Madrid que me acordé de una historia que me ha acompañado durante toda mi vida y se las voy a contar. Es la historia de una persecución.

México

Seis años antes de mi nacimiento, mi madre se exilia de Chile a causa del golpe militar de 1973. Sale rumbo a Argentina, donde conoce a mi padre, con quien tiene que exiliarse nuevamente a causa de la dictadura local. En ese momento, yo tenía tres meses de vida, de los cuales pasé dos en una incubadora de la clínica Bartolomé Mitre, y el otro, clandestino en un departamento del barrio Belgrano. Cumplidos los tres meses de vida y sin festejo alguno, rajamos los tres a la monstruosa Ciudad de México. En ese país todos eran hinchas del Real Madrid, y si consideramos que es un territorio poblado por más de cien millones de personas, estamos hablando de una importante cantidad de madridistas. La razón era muy sencilla: en el equipo español jugaba Hugo Sánchez, el jugador que más “Pichichis” ganó en la historia del fútbol español. Crecí escuchando año tras año la palabra “Pichichi”, una palabra muy rara que para mí era tan natural como la palabra “pelota”.

No sé con qué tendrá que ver, sin con la incubadora o con qué, pero siempre fui un apasionado de llevar la contra. Por mi vieja, hincha de la Universidad de Chile, me hice de Colo-Colo, y por mi viejo, hincha de River, me hice bostero. Siguiendo esa misma línea filosófica contestataria-reaccionaria, me hice antimadridista. No me hice ni del Barcelona ni del Atlético de Madrid, sino simplemente antimadridista. Veía todos los partidos, sin falta, hinchando por el equipo contrario y haciendo fuerza para que Hugo Sánchez no metiera ningún gol. Buyo, Hierro, Sanchís, Michel, el Buitre, eran como de la familia.

En el caso del Real Madrid, mi filosofía reaccionaria tenía asidero, cimiento, cemento y fundamento en una postura contra el chauvinismo y el nacionalismo, contra ese amor propio que surge en la mayoría de los ciudadanos de todos y cada uno de los países del mundo cuando sus figuras, sus ídolos, se convierten en héroes, y entonces todos nos amamos y somos los mejores. “Cuando el héroe del estadio es el héroe de la Nación, es que el país se ha quedado sin hombres”, decía Dante. La gente se amucha, se agolpa, se amontona, se aglomera, festeja cualquier cosa y se pone tonta. Y yo, como no tengo país, no tengo con quien juntarme para hacer proliferar el amor propio y nacional. Tendría que ser chauvinista de mí mismo. Klemperista, digamos. Pero no, tampoco.

Chile

En el año 90, vuelve a Chile la democracia. La democracia formal, que de democracia tiene poco, pero de formal mucho, y un año después volvemos nosotros tres. Se terminaba el exilio mexicano y volvíamos al sur. A esa altura yo tenía 12 años y era más mexicano que el Chavo y Rondamon juntos. En ese momento, cuando me alejaba de la tierra de Hugo Sánchez y mis razones para desear la derrota permanente del Madrid disminuían, sucedió lo inesperado, lo impensable. Dios, la patria y la corona se confabulaban contra mí y convertían al Real Madrid en mi karma, en mi verdadero enemigo, y me declaraban la guerra: el Real Madrid vendía a Hugo Sánchez para comprar a Iván Zamorano.

Mi misión en la vida estaba a la vista. Desear cada fin de semana la derrota del equipo blanco y luchar así contra el fascismo y el nacionalismo que divide a las masas. Digo eso de las masas por decir algo que suene bien, pero podría haber dicho cualquier otra cosa.

En ese momento, todo empeoró. Fueron años duros. La sociedad chilena era la más represiva, conservadora y clasista de las que me había tocado habitar. La sociedad chilena, hija del más ortodoxo y brutal capitalismo, y con 17 años de dictadura en la sangre, se abalanzaba sobre mí, un pobre apátrida de 12 años que solo quería volver a México. ¿Por qué cuento esto? Porque esos años de mi vida hicieron que mi pequeño odio de juguete al Real Madrid se convirtiera en un odio casi real y lleno de resentimiento frente a un chauvinismo más jodido que el mexicano: el chileno.

Justo cuando estaba aprendiendo a fabricar bombas molotov, llegó el Tenerife y me hizo sonreír. Nunca ningún equipo me había hecho tan feliz como el Tenerife. El azar, la casualidad y el milagro hicieron que, tanto en 1992 como en 1993, el último partido del campeonato fuera Real Madrid contra Tenerife. Un mini equipo de una mini isla, más cerca de África que de Europa, donde jugaban, entre otros, Dertycia, Pizzi, Redondo, Latorre, y entrenaba el mismísimo Valdano. El Madrid tenia que ganar cada uno de esos partidos para salir campeón y, Dios mediante, los perdió, dándole el campeonato al Barcelona de Cruyff y la alegría eterna a quien escribe.

En el año 96, Zamorano deja el Madrid y yo, a punto de cumplir los 18 años, tenía que decidir qué hacer con mi filosofía de la reacción. La lista de argumentos antimadridistas era interminable, pero yo no me sentía cómodo, no estaba en el lugar indicado para librar la batalla. El equipo blanco tenía pocos hinchas en Chile, generaba más indiferencia que otra cosa y, así, la vida de un reaccionario como yo carecía de sentido. Introvertido y ensimismado, en permanente soliloquio e interna procesión, me interné en una lucha que solo tenía una salida: irme yo mismo al epicentro del terror, al corazón del enemigo. Así fue como en 1999 decidí irme a Madrid.

Si la montaña no va a Mahoma…

España

El sentido volvió a mi vida. Me sentía como un fundamentalisa musulmán que ha vivido toda su vida en Bolivia y por fin, un día, amanece en la Meca. Sobraban las razones, los amigos y los enemigos. Floreció en mi alma el anarquismo, el desprecio por las clases altas, la lucha antifascista en todos los bares con televisión, el combate antimonárquico. De pronto todo tenía sentido. Los conocí personalmente, me hice pasar por ellos, me adentré en sus bares, en sus familias, viví en mi carne el Opus Dei, el franquismo, el centralismo, el empresariado, el fútbol espectáculo, el negocio inmobiliario. Poco a poco comencé a quedarme sin colores, mi alma era descolorida y blanca como la camiseta merengue.

Y llegó el día del juicio final. Era momento de entrar en el templo –y entré. Veintiséis años tenía el día en que entré en el Santiago Bernabeu. Fui a ver un partido de primera ronda de la Champion. Jugaban contra el Leeds United. El estadio estaba casi vacío. Un lugar helado, gélido, sin alma. De las ochenta mil personas que podrían haber estado allí no había no más de veinte mil, alejadas entre sí, bien esparcidas por las tribunas. Yo no entendía bien porque la gente estaba viendo el partido desde tan arriba, o tan esquinado, cuando había espacio vacío y podían acomodarse cerca y al medio. Cuando le pregunté a un trabajador del estadio me contestó que las entradas eran numeradas y cada uno respetaba su ubicación.

No se podía ser tan amargo, tan pechofrío. En ese momento sentí la alegría de ser quien soy. De no ser hincha del Real Madrid, de esta vivo y amar el fútbol Me fui sin dilación, caminando tranquilamente, como liberado, a mi lugar en el mundo. Corría el minuto 20 del primer tiempo y yo salí feliz hacia la calle, dejando el Bernabeu a mis espaldas.

Argentina

Un año después volvía a Argentina. A los 27 años, regresaba al país que me había visto nacer. El Real Madrid era historia. Lo había ido a buscar a sus mismas entrañas y me había dado cuenta que no tenía sentido tanto fundamentalismo. Abandoné la lucha y volví a casa, volví al sur.

Cuando el avión de Iberia despegaba y yo miraba a la ciudad de Madrid que ya dejaba atrás, la azafata me entregó, amablemente, un ejemplar del diario El País. Lo acepté de buena gana y comencé a leerlo, como siempre, de atrás para adelante. Cuando llegaba a la sección de deportes, la ominosa imagen del Santiago Bernabeu se somó por la ventanlli.

Y entoncés lo ví. El titular, en letras grandes:

“Gonzalo Higuain, nuevo fichaje del Real Madrid”.

Tomado de Revista El Cuerpoespín

Te gusto, quieres compartir