La palabra

gritoPor Lorena Medina
Salió la palabra buscando exorcizar la oscuridad de un silencio inerte, extenso y ensordecedor. Traviesa, irreverente, distante de quien se la quisiera adueñar; ella nació libre y así se quiere quedar!
Hizo enmudecer a los tornados, cabalgó en las solapas angostas y multiformes de la noche; hasta perderse en la calidez de una mano que se abría a la vida y al húmedo proceder; de los versos acumulados en aquel santiamén, de ojos cerrados y susurros deslizándose hasta el otro lado de la calle, que sucumbía en el luminiscente y chillón carmesí del último burdel.

No, ella no anhelaba ser simple y llanamente un mar de letras eruditas e inaccesibles que los más ilustrados conservasen para sí, cual lujo, vanagloria y caduco vacío. Soñaba volar, abrir surcos en las montañas, sortear las murallas frías y grises que encarcelan libros pero no el saber humano. Colóse entonces por una reja oxidada, hasta llegar al centro del universo, de un concurrido barrio marginal. Grafitis, tianguis y patruyas adornaban el lúgubre suburbio.

Se detuvo examinando la poesía extendida a lo largo de cada muro, tomando respiro de pulque y flor de caña para poderse relajar. ¡La palabra no es una diosa!, ¡No es propiedad clerical! Gritaban los muros a todo pulmón. Sintió cómo cobraba más fuerza a cada minuto. Lo suyo es el viento, la espuma, la simiente rebelde de la brisa, es la generosa manera que palpita con su exquisito placer, de encuentros líricos sin tapujos, la de sensaciones vívidas, la de gente que vive y sobrevive sin lujo, pero con dignidad y anda siempre a pie.

Convidó a los grillos, a las lechuzas, a los del cantar y la danza, a cuanto niño descalzo salía a su paso. Hacía fiesta por doquiera que pasaba. Causó siempre bohemia y revuelo. Saltaba intrépida por escalones y avenidas; sus letras como gotas recorrieron las aceras; inadvertidas a veces, otras no tanto. Penetraron en las pupilas de la madrugada, mojadas, trémulas pero siempre con ganas, de contagiar su inspiración al poeta que detenidamente las observaba, trasnochado y sigiloso, asiduo del ambiente nocturno, embriagado de ron, de desdichas y con la espalda encorvada. Treparon y se evaporaron en cada sorbo. Era uno de tantos exilados de estanterías pulcras y decoradas con revistas baratas y suvenirs, así había empezado a escribir y así deseaba morir, porque el crímen de pensar y plasmar en un papel lo que se piensa, no deja nada en el bolsillo, más que aire, vestigios de cigarrillo y tranquilidad en la conciencia.

Disfrutaba de seguir a la errante y escurridiza dama, para no perder ni un instante de su algarabía, al sentirse finalmente comprendida, por aquel que la festejaba de noche en noche y de cama en cama, con cada pasión puesta en verso, dando texto a la dicha suprema, sutil, orgásmica y obsena de lanzar sus odas a la calle, al viento y al amor, sin querer aprobación o censura, tan solo por la dicha de hacer lo propio, huyendo a toda costa a la perniciosa fama. Ya no tuvo más recato, se entregó por completo en sus brazos, musas, mitos y trovas encontraron cobijo en una cita con el papel avejentado, la tinta, y el humo que inundaban deliciosamente aquella alcoba, para fundirse en éxtasis, con la música, el vino, el beso y todo lo que está prohibido, por la sociedad y el orden divino, eso que la nutre y descifra, la envuelve y la inventa con cada trino de pájaros, con cada calle que muere en el luminiscente y chillón carmesí del último burdel.

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