El desaparecido No.32

desaparecidos_guatemalaPor Lorena Medina
Traigo en la espalda curtida, los pájaros, la vida, la búsqueda constante de una humanidad perdida y uno que otro surco que el salvaje verdugo profirió sin clemencia; heridas que desgarran mi existencia, al saberme relegado en el tiempo, en la historia y en la más profunda soledad.

Se quiebra mi memoria una y otra vez, intentando recobrar el sentido, hilvanando ideas y palabras, para saberme vivo, aunque no sé ni cuándo ni cómo, ni dónde estoy. He perdido la noción y la orientación, los dientes y el cabello, desgajados a mansalva, pero intactos mis sueños y las reminiscencias de un tiempo que solía ser mejor que el de hoy.

Recorro incesantemente calles y ciudades, respiro montes y tierra mojada. Finalmente, aflora el momento en que tomé la mano de la autora de mis días, quien dulce y nostálgicamente, acariciaba la mía, embargada por el presentimiento de que yo jamás volvería. Aún con lágrimas desesperadas y siempre con total claridad, me besaba en la frente y apretaba su delantal: ¡No calle nunca mijo, la conciencia hay que despertar! ¡Que no se puede vivir la vida como que nada pasa; hay que tener dignidad! Hoy confieso firmemente ¡Ella me enseñó a luchar!

Después me fui a la reunión planteada. Iba con mi compañera, don Juanito y otro par de compas que nos salieron a encontrar. ¡Ah tremenda manera de salirle al paso a la autoridad! Siempre nos perseguían, para podernos amedrentar. Seguimos luego por un rumbo distinto, llegamos pronto al lugar, con consancio, respiros semicortados y con esperanza de hacer algo, de no cruzar los brazos. Es el sentido y el arte de conspirar: Resistirse a seguir muriendo, al ritmo que manda el capataz. Se vive y se lucha siempre, eso es lo de cada cual, pensaba en voz baja, cuando mi compañera me dio un abrazo y me dijo al oído ¡Ésto va cambiar un día, no podemos darnos el lujo de claudicar! Yo asentí con la cabeza, encendí un cigarro, la abracé más fuerte y me puse a fumar.

Desde aquel entonces, han pasado no se cuantos años ya. Perdí la cuenta de los días y momentos, solo el frío, el calor y la lluvia me hacen caer en cuenta que ha sido una eternidad. Los grillos se han colado por el polvoriento espacio de mi barba crecida y no queda espacio para nada más. No veo la luz, más que la que dejan filtrar algunas grietas, que han abierto las aguas en la madera, por las que penetra la brisa fresca de la madrugada, ayudándome un poquito a respirar.

Más tarde, de tanto cavilar, mi mente se transporta hasta la tarde última cuando me despedí de mi compañera, don Juanito y otros compas más, para irme rumbo a otro punto de la ciudad. Anduve varios minutos apresuradamente, cuando experimenté un clima inusual; rodeé con la mirada mi camino y noté que había milicos aquí y allá; matones con lentes oscuros, vestidos de particular. Estos estoy seguro, han de ser de la judicial.

Confirmado el presentimiento de mi corazón palpitando a todo dar. Sacaron pistolas y escopetas, un carro aceleró y empezaron a vociferar. ¡Deténganlo, que no escape! ¡Guerrillero no corrás, porque estás copado, aquí mismito te cas a quedar! Las fuerzas y el camino se terminaron, un par de cuadras no bastaban para aventajar, a los esbirros malinitencionados, amos y señores de las fuerzas de inseguridad. Un par de disparos hicieron eco en mi oído, junto a una voz que no cesaba de gritar: ¡Nó, déjenlo, es un muchacho, es estudiante, no es guerrillero, yo conozco a su mamá! Era la vecina, doña Chonita, quien me había visto crecer junto a los patojos de la cuadra, jugando cincos, barranquiando y aprendiendo a leer. Nadie le prestó importancia, la orden ya se había dado. No podía pararme por más que quise correr. Mis piernas me abandonaron al aflorar la sangre caliente, me sentía fenecer.

Hasta allí llegó para mí la libertad de ir y venir, de participar, de tardes de marchas y bocinas, en el parque, con claveles rojos y mitín al final. Mientras recibía un golpe certero que cerró mis ojos lentamente, pasaba frente a mí la sonrisa de mi madre, las flores de su delantal y el último abrazo que a mi compañera le pude brindar. ¡Asesinos, desgraciados! ¿A dónde me van a llevar? Ese fue el último momento, congelado en el tiempo, en mi memoria y en las calles de la ciudad, cuando tenía 26 años, yo no sé cuantos tengo ya.

¿Por qué sigo preso? ¿Qué sentido tiene? ¡Mejor deberían dejarme morir! Siempre estuve preparado para la muerte pero no para sobrevivir, a las torturas, a los golpes, al olvido y a los llantos que abundan aquí. Nadie responde a mis preguntas, solo botas lustradas veo ir y venir. Me dan comida y agua por un agujero, pero nunca me dejan salir. Escucho sus murmullos, sus carcajadas tontas y luego vuelve a caer la oscuridad. Solo espero el día de mi muerte con más ansias que la libertad, pues sé que ésta quizá nunca llegará…

El desaparecido no. 32, ese dicen que soy yo. Ya me robaron hasta el nombre. Pasé a ser un número, entre tantos que comparten mi desdicha, destierro y situación. Hace mucho tiempo que no duermo, pues me asalta un gran temor, que mi compañera y mi madre hayan corrido la misma suerte que yo. Y hay algo más que me angustia: Es pensar que sigan campeantes el asesino, el secuestrador y todos los serviles vasallos que tienen a su alrededor.

Finalmente, tras un largo letargo y silencio, hubo ambiente de celebración. Se escuchaba la marimba, cuetes y risas en el piso superior. ¿Qué pasa afuera?, pregunté, sabiendo que nadie me iba a responder. Pero esta vez si tuve respuesta, por parte de un guardia que inhumanamente y con muecas burlonas se acercó, diciendo que por si no lo sabía la guerra ya terminó. “Afuera sólo se habla de paz y reconciliación. ¡Pobres de aquellos que con la consigna de un mundo mejor!, quedaron soterrados en la indiferencia, tras la negociación”, me dijo sarcásticamente. “Para que te mueras de rabia, No. 32, has de saber que a Guatemala la gobierna hoy, el que ordenó tu captura y la de tantos, mi general Otto Perez, es al que sirvo yo”.

¡Eso no es posible, no puede serlo, es una vil mentira, asesino de mierda! ¡Usted ya se enloqueció! Porque aunque yo me encuentre metido en esta bartolina, ¡Usted está más preso que yo! ¡Soy un hombre libre, dueño de mis pensamientos, allí no puede profanar, hijo de puta, déjeme, sé que es una vil mentira, no me puede engañar!

El carcelero, miró de reojo y dio la vuelta, dejándome convencido de que todo aquello era una gran patraña, que no podía pasar, que la historia no se equivoca, que era todo aquello una burda perversidad. Ahora sigo preguntándome cuánto tiempo faltará para salir de mi encierro, para saborear la libertad. Me pregunto si me siguen buscando, o si me habrán olvidado ya. ¿Vivirá mi madre y de mi compañeraque será? Es mejor pensar en esas cosas y poner mi mente a trabajar, me niego a creer lo que ese esbirro me vino a gritar, para robarme la esperanza, el sueño y el deseo de libertad.

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