Hipsters indignados

xelaPor Christian Echeverría
Comentaba entre risas con otro blogero de Plaza Pública sobre quienes eran los hipsters que escriben allí; y coincidimos simple y llano. Es evidente. Para qué mencionar nombres. Que el lector deduzca del concepto.

Me es penoso. O necesitan un taller de escritura o un buen grupo de autoapoyo y crecimiento personal de esos que hace la Pastoral de la Landívar, o ambos; porque para escribir se necesita alma.

Triste es leer algo sin alma, sin personalidad. Una tragedia en un país como este, donde dichos espacios podrían optimizarse al máximo con letras hinchadas de vida. De viento. De la propia sangre -no de la ajena- y de sol. En lugar de eso, se desperdician con gris indignación. Un desperdicio de juventud y de espacio. De energía vital. No son como los blogs de Karen Ponciano, Juan Carlos Llorca o Iduvina Hernández. José Miguel Goyzueta o Mario Castañeda. Emociona leerlos. Hay neurosis, anhelos, pulcritud, sordidez, ideas propias y ética. Uno puede deducir en qué consisten sus vidas. Pero hay cada hipster indignado…

Lo que se lee en muchos blogs y columnas –no sólo de Plaza Pública-, son quejas alienadas. Si la intención de estos “indignados” es reivindicar un principio ético de vida; ¿por qué no empezar viviendo la propia y contarla al lector? Esto derriba las barreras que hay entre guatemaltecos, porque sirve de espejos. Nos hace re-conectarnos con esa vida postergada desde lo cotidiano y simple. Identificarnos y vernos unos a otros en el amor, el desamor, el trabajo, la soledad, la injusticia, el absurdo. En el caminar por la calle, en el oír a las gentes hablar. En el transitar por la existencia con toda la sordidez y luz de la que somos capaces, y contar. ¿No es mejor reivindicar con una crónica de lo vivido la vida como principio político y ético, que cacarear sin cesar los “acuerdos de paz” o el informe de la CEH? Además, ¿de qué ha servido tanto blog y columna de opinión? ¿Qué cosa ha cambiado siquiera, si sólo es un culto descarado a la personalidad?

Indignarse no sólo demuestra una falta de recurso existencial, literario, político, filosófico y hasta moral ante la vida. Demuestra un ego descomunal alienado. Resulta inútil y frívolo. Como los hipsters.  Inútil en un país fragmentado con tantas morales y memorias como kilómetros cuadrados.

Hace poco, asistí a la Feria del Libro de Xela, donde vivo; y tuve el placer vital de comprarle su trabajo a un escritor costarricense -al que ya obligué a ser mi amigo- titulado: “Efectos personales”. Es la novela de este fotógrafo pervertido y brillante, donde narra sus experiencias y aventuras sexuales marcadas por el impulso a poseer a cuanta mujer pueda. Derrotarla y romperle el corazón. Contando la verdad, aniquilando la doble moral bucólica ultra-rural que esconde la vida, lo que pasa bajo la superficie.

Hablé también con un joven escritor altense de mi edad; que igual que yo inmigró para buscarse la vida. Para arrancársela al destino. Tuvo el camino inverso: de Xela buscó el gueto debido al amor y la felicidad. De allí el valor de la acción en un país como este, donde impera la muerte. Así se la derrota. Viviendo, no quejándose.

Por eso hay que contar lo que se vive, poniendo ante la mesa del lector la propia vida. Así se le devuelve el alma a los muertos.

No quisiera que escribieran estos muertos que escriben sobre muertes ajenas. Quiero leer, sentir y convivir con vivos como yo, que viven y cuentan su vida en el país de la muerte.

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