Genocidio y nacionalismos de nueva era en Guatemala

f9Julio Valdez
Rebelión

Leer los discursos desde la derecha guatemalteca, ahora defensora de la dignidad del ejército nacional, evoca tiempos supuestamente superados con los acuerdos de paz y que ahora confirman que estuvieron dormidos al menos para la opinión pública.

El nacionalismo es parte de una ideología política, no es una construcción en sí misma, puede haber un nacionalismo de izquierda como de derecha, al igual que nacionalismos culturales o étnicos y todas estas expresiones se funden en Guatemala.

Resulta para algunos comentaristas de esta coyuntura del juicio por genocidio, percibir la animadversión contra las agencias de cooperación extranjera y funcionarios o cooperantes que señalan a estos como los responsables de la humillación del Gral. Ríos Montt y por ende del Ejercito y no están lejos de la verdad en tanto que este juicio como otros nunca hubieran sido posibles con la sola denuncia de las víctimas.

Este nacionalismo como bien han mencionado otros, es contradictorio a la miopía con que estos representantes de lo nacional perciben a los “inversionistas extranjeros” a los cuales no tildan de intervencionistas, es más… estos son “buenos extranjeros”.

Existe por otro lado, la idea de la incapacidad local para poder articular resistencia frente a la agresión o despojo, esta percepción parte del prejuicio relacionado a la presencia de “extranjeros solidarios” los cuales están presentes en el ámbito político desde hace más de cuarenta años, y es que persiste la concepción del indio como menor de edad que puede ser engañado por personas con ideas extrañas.

Ahora bien, parte de la aversión de este extranjero también parte de una realidad paradójica, producto del pre y post coyuntura de las grandes masacres en la primera mitad de la década de los ochentas, la cooperación internacional se desbordó con los desplazados y refugiados, en México especialmente, a tal punto que en menos de diez años existían pocos esfuerzos, dentro y fuera de Guatemala, que no contarán con líneas de abastecimiento financiero extranjero, esto alimento no solo a una élite intelectual en el exilio sino que subsidió lo que en términos norteamericanos se conoce como disidencia. Lo que se perceptible hoy en día son remanentes del boom de las ongs políticas de los noventas y se aprecia de mejor manera la marginalidad política de la izquierda partidaria, debido en gran parte por la migración de cuadros hacia Ongs con autonomía financiera, además de las clásicas luchas de poder que carcomieron lo poco que quedaba de la memoria de la resistencia popular durante los años del conflicto.

El nacionalismo neofascista de la renacida derecha en Guatemala contiene un argumento interesante, a diferencia de los ochentas, ha incluido entre sus enemigos acérrimos a la cooperación norteamericana, que paradójicamente ayudo a la reconstrucción de las decenas de pueblos borrados del mapa a raíz de las compañas contrainsurgentes, es más fue con financiamiento de USAID que la Fundación de Antropología Forense realizó gran parte de las exhumaciones creo que parte de las llevadas a cabo en la región Ixil.

Este nacionalismo de derecha recupera argumentos de dignidad nacional frente a las antiguas potencias colonialistas, viene siendo más cercano a la visión del siglo XIX postindependentista, adjunta a ese señalamiento el termino reconfigurado por la misma política norteamericana post 11 S sobre el terrorismo, asumen de manera fantástica que son esos intereses extranjeros los que están detrás de la conjura local que se enfrenta a los proyectos extractivos de nuevo milenio (palma de aceite y minería a cielo abierto)

Por otro lado, no en paralelo, surge al amparo de la cooperación internacional y de la decepción local el nacionalismo maya que evidentemente surge de una realidad sociopolítica innegable, la exclusión del que es considerado como incapaz de asumir su propio destino, no apto para la ciudadanía, alguien que en el discurso del PGT (partido comunista) de los años sesentas era la reserva de la reacción (por su apego al cristianismo católico) y que para la contrainsurgencia de los ochentas era potencialmente la reserva de la revolución por su misma pobreza, y sobre todo por lo manipulables que eran.

En los años posteriores donde el conflicto se desplazo de las comunidades a las selvas y montañas, quedo en varios líderes indígenas una serie de reclamos hacia las organizaciones armadas que supuestamente los representaban, de estos cuestionamientos la primera baja política fue Rigoberta Menchú quien se separa de las mismas organizaciones revolucionarias y sus aliadas en la solidaridad internacional, que habían promovido su candidatura ante el comité Nobel.

Luego con la conmemoración de los 500 años de invasión europea a América y la consiguiente declaración del Decenio de los Pueblos Indígenas por parte de las ONU, mucho del liderazgo disidente de la izquierda accede bajo el manto de indígenas, excluidos y víctimas de la represión a líneas de financiamiento de proyectos de “fortalecimiento de la cultura” ya que se partía que la represión del Estado además de querer acabar “con la resistencia” no se asume que esta estaba unida a la acción de la organizaciones insurgentes más cercanas a visiones e ideologías socialistas que a de fortalecimiento de la perdida cultura indígena.

Lo maya como sentido de unidad política de las más de 20 subgrupos lingüísticos intentan pasar por alto las diferencias culturales y se basan en cuanto a su sufrimiento por exclusión de parte del Estado, y ahora se incluirá el genocidio como argumento político de reclamo frente a ese Estado y lo que ellos afirman (sin mucho sustento) que es el otro cultural que se ha convertido en su antítesis. Este nacionalismo étnico, paradójicamente ha encontrado en la izquierda nostálgica mucho apoyo, sobre todo aquella que asume como ecuación que indígena es igual a campesino, o indígena igual a víctima, lo que desdibuja el mapa de configuración de la intelectualidad mayanizada en donde convergen todo tipo de posturas incluyendo algunas abiertamente de derecha a favor de la acumulación de la tierra, del desarrollo del mercado interno e incluso los que objetan la existencia de las elites ongeras que se basan en el desarrollo de discursos victimicistas.

El genocidio será como sucede con el Shoah (holocausto judío durante la Segunda Guerra Mundial) el reconocimiento del genocidio por parte de la justicia será un punto de inflexión en el proceso de fundamentación del nacionalismo panmaya, el cual se está convirtiendo en voces de activistas y académicos de izquierda en las nuevas luchas por el territorio y la autodeterminación desde la cosmovisión indígena. Y para la derecha el reconocimiento del genocidio es el punto de retorno a la lucha ideológica ochentero, menos racista pero igualmente acérrimo contra toda manifestación de izquierda o neo izquierda, a la que se puede unir la ahora ya debilitada feligresía católica, frente a una poderosa comunidad evangélica que en menos de 20 años ha desplazado el catolicismo en los campos de batalla de los años del conflicto.

Es el nacionalismo un frente de batalla en la Guatemala del postgenocidio.

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=167994

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