En territorio Ixil, crece la polarización

Foto de Felix Acajabon

Foto de Felix Acajabon

Blanche Petrich
Periódico La Jornada

Nebaj, Quiché, Guatemala.

La cicatriz de la guerra, que terminó oficialmente hace 17 años, cruza todavía el territorio de los ixiles. Los conflictos de tierras, heredados por la estrategia contrainsurgente de los 80, polarizan a los municipios de Nebaj, Cotzal y Chajul. Se tensan durante las elecciones locales, en las que el oficialista Partido Patriota lleva como candidatos a líderes que en el pasado colaboraron con el ejército. Y se agitan con los movimientos de resistencia en contra de los megaproyectos neoliberales, entre ellos la minería intensiva, alentados por las alcaldías autónomas, las B’oq’ol Q’esal Tenam.

Y, por supuesto, los crispa el juicio contra Efraín Ríos Montt. Con los pronunciamientos del presidente Otto Pérez Molina, quien afirma que ahí “no hubo genocidio” y que “esas son mentiras de los comunistas”, se movilizan miles de ixiles. Pero la consigna contraria, Kat uch nimlá xatzon tu ku tenamé (“Nos quisieron exterminar como pueblo”) congrega a otros tantos, en torno a la esperanza que ha despertado la posibilidad de justicia.

Abril fue muestra de esta polarización. Con 10 días de diferencia, la plaza de Nebaj fue escenario de dos eventos antagónicos. Uno, el 10 de abril, encabezado por el propio presidente, fue una concentración en apoyo a Pérez Molina, a quien el juicio contra Ríos Montt le pega inevitablemente, como antiguo capitán que fue, ex jefe del destacamento militar en Nebaj, en los años de la tierra arrasada.

El otro, el 20 de abril, fue una asamblea de cientos de delegados y autoridades tradicionales de pueblos del norte del Quiché, que discutieron y suscribieron un pronunciamiento: “Es el momento de decir que estamos vivos, a pesar de todo lo que históricamente han hecho para hacernos desaparecer; ha llegado el tiempo para que las comunidades desarrollemos nuestras vidas y digamos lo que queremos”.

La memoria y el peligro de olvidar

Manuel Rivera Solicito, presidente del consejo de mayores de Nebaj y líder espiritual de la religión maya, comparte su preocupación: “Aunque en la región no hay una sola familia que no tenga uno o varios muertos por la tierra arrasada, en las escuelas muy pocos maestros enseñan las masacres. Por eso hay mucha confusión”.

Para él, quien perdió a dos hijitos en las masacres, a quien le destruyeron su casa 15 veces, la posibilidad de justicia mediante el proceso a Ríos Montt es una oportunidad de que el pueblo recupere la confianza. Lo contrario, advierte, “va a producir enojo, desesperanza y más violencia”.

Por lo pronto, el juicio en el que el pueblo ixil fue protagonista despertó a mucha gente. “A la alcaldía se presenta mucha gente que quiere dar su testimonio. Otros dicen: ¿Y ahora qué hacemos, muchá? Y se integran a los trabajos de mujeres, del CUC, de los maestros. Eso está pasando”.

Cómo empezó la guerra

Pasajes importantes de la resistencia indígena se han escrito en esa región. Los procesos organizativos en la Guatemala de los años 60 y 70 tuvieron ecos importantes en esas comunidades enclavadas en la Sierra de Minas, cuna del Comité Unidad Campesina (CUC) y semillero de la base social del Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP).

Cuenta Antonio Caba, originario del pueblo ixil más antiguo, Ilom: “Tenía 11 años. Mi abuela me llevaba a la parcela a trabajar y me contaba que todas las tierras eran nuestras, pero que nos las arrebató el finquero. Por las noches escuchaba los relatos de mi papá, quien era vendedor y viajaba; traía noticias de los primeros secuestros y matanzas”.

Los ataques empezaron con Lucas García, antecesor de Ríos Montt. Sacsibá, Xtupil, Xel, Estrella Polar… los soldados se acercaban a Ilom. Al fin llegaron. Antonio recuerda que primero quemaron 10 casas (enseña un croquis en su cuaderno). “Dejaron quemada a la señora Elena en su vivienda. Prohibieron que alguien se acercara a auxiliarla. Hasta que se murió, tres días después. Todos oíamos sus gritos de agonía.”

Relata la destrucción: “Una carnicería. A los niños nos obligaron a caminar entre los muertos para que los viéramos bien. Pasen a ver a su papá, ordenaban. Unos con la cabeza quebrada, otro con el ojo saltado. Muy feo”.

El ejército llevó a los sobrevivientes, cautivos, a la finca Delfina. “Como esclavos, vigilados todo el tiempo, obligados a regalar nuestro trabajo. Murió mi hermano de hambre, mi hermanita, mi abuela. Cuando cumplí 15 años le dijeron a mi mamá: el muchacho ya está grande, tiene que defender la patria. Fui autodefensa, obligado para salvar mi vida. Nos obligaban a perseguir en la montaña a los desplazados y a destruir el maíz sagrado. Si desobedecíamos, los castigos eran horribles: pasar la noche en un pozo, o ver el sol con los ojos abiertos unas cuantas horas”.

“Existimos”: las CPR

La historia de Juan Velázquez, sobreviviente de las CPR, es muy distinta.

“Huí con mi mamá de la aldea Pulay por la ruta de Xecotz. Éramos como 200 personas, muchos niños. Un día que llegó el ejército todos corrimos. Yo agarré por otro lado y me perdí.” Sin familia, a los 14 años, caminó hacia el norte de Chajul y llegó a otra CPR, en la Sierra de Santa Clara. “Éramos como 15 mil desplazados.”

La épica de las CPR está marcada no sólo en la memoria y en la narrativa de Juan, sino en su cuerpo. Es pequeño. La falta de alimento interrumpió su crecimiento al despuntar la adolescencia. Dentro de la dura vida de los desplazados, tuvo una desventaja más: creció solo.

Habla de la organización en comités de seguridad que vigilaban día y noche el perímetro de las comunidades nómadas. Sin iglesia, los desplazados desarrollaron profundas raíces en la religión maya ancestral; sin escuelas, aquél que conociera algo del alfabeto se habilitaba como maestro. Carbón en lugar de lápices. En lugar de cuadernos, corteza de árbol. Las comisiones de salud recurrieron a las hierbas: verbena para la calentura, té de limón para casi todo lo demás. Una epidemia de viruela negra diezmó a los fugitivos. Acababa de nacer su primer hijo en la montaña.

Cuenta Ana de León, quien pasó 15 años en las CPR: “La vida era comer raíz de monte, malanga, tener miedo, esconderse de los aviones bajo las piedras. Si no fuera por la hierba Santa Catarina hubiéramos muerto de hambre. La cocíamos, exprimíamos y hacíamos como emplaste de tamal. Escapamos de morir de bala y de hambre”.

En 1992 la existencia de estas comunidades salió a la luz gracias al titánico trabajo de investigación de una antropóloga, Mirna Mack. Gracias a ella, dice Juan, se logró que por primera vez una comisión encabezada por el obispo del Quiché, Julio Cabrera, visitara a las CPR en la montaña. En un helicóptero aterrizó en un remoto paraje donde los encontró, desnutridos y en harapos, pero con una increíble organización social. No tenían zapatos, pero sí una marimba rústica. “Ahí fue cuando pudimos decir al mundo: existimos”.

Dos semanas después Myrna Mack fue asesinada en la capital. Pero los desplazados empezaron a plantear condiciones de retorno a sus lugares de origen, que se concretaron en 1996, cuando se firmó el fin del conflicto armado. Cuenta con amargura el esposo de Ana, Joaquín: “Cuando bajamos de la montaña al pueblo, la gente nos decía: ahí vienen los cochemonte (especie de jabalí centroamericano), los saraguatos (monos). Pero no somos animales, sino cristianos que por causa del gobierno nos salimos de nuestra aldea”.

Con la paz, la vida de Juan dio otros giros novelescos. Buscó a su madre. La encontró casada con un ex militar. En otro pueblo encontró a su padre, quien preso de la culpa por haber extraviado a su hijo, “se mantenía bolo” (borracho). Se asentó en Nebaj con su familia. Tiene seis hijos. Entonces empezó la lucha por sus derechos y por la memoria.

http://www.jornada.unam.mx/2013/05/11/mundo/021n1mun

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