Los tres amaneceres en el Ixil

Fotografía de Mariajosé España

Fotografía de Mariajosé España

Mariajosé España

Sus pies descalzos tocaban el encerado piso de madera de la Sala de Vistas, aquellos pies que mostraban el callo de la vida en las montañas captaron la mirada de los cientos de personas que jamás se imaginaron que se enfrentarían al alma desnuda y adolorida de las mujeres  que día con día revivían los recuerdos de hace treinta años frente a un tribunal que atento las escuchaba.

Cecilia Sánchez, de 60 años, era una de esas mujeres que con sus pies descalzos tenía su primer encuentro con el Estado. No es difícil creer que una sexagenaria, que con suerte ha asistido alguna vez en su vida a alguna clínica de la red hospitalaria del país, quien no conoce el español lo que delata que nunca asistió a la escuela, tenga su primer encuentro con el Estado, un Estado que siempre se ha ausentado para ella y para el resto de las 97 mujeres que en el mes de abril levantaron su rostro y vieron de frente a ese Estado que en los años de guerra tenía el objetivo de exterminarlas.

Los coloridos trajes ixiles que vistieron la Sala de Vistas rompían con la uniformidad que provocaban los trajes de sastre que se acostumbran ver en la Corte Suprema de Justicia. Esos tejidos fueron apenas el primer acercamiento que muchos tuvimos a la población Ixil, una población que ha sido marcada por la resistencia desde los tiempos del colonialismo.

Pero a 274 kilómetros de donde se está llevando a cabo el juicio contra Efraín Ríos Montt y José Rodríguez Sánchez por genocidio, se encuentra el área Ixil (Santa María Nebaj, San Gaspar Chajul y San Juan Cotzal) y en ese mismo lugar se están guardando historias que necesitan ser contadas para no ser olvidadas.

Entre las montañas y valles ancestrales que rodean al área Ixil se encuentra Chajul, el primer pueblo que visité y curiosamente la primera persona con la que entablé una conversación fue con una mujer, al verla vestir su traje tradicional con una pequeña fusión de nuevos colores que no pertenecen al habitual rojo me di cuenta que Chajul es de los pueblos más tradicionalistas del área Ixil, en donde las mujeres aún dedican la mayor parte de su tarde al telar.

“Historias hay muchas que contarle, esa su libreta se va a llenar de tanto escribir así que mejor quédese hasta que amanezca” me dijo riendo María Caba y es que en apenas 20 minutos de charla ya me había contado de al menos la historia de tres mujeres que fueron capturadas por soldados del ejército y acribilladas o colgadas en frente del Palacio Municipal de Chajul.

Sin duda alguna, le hice caso a María  y los tres amaneceres que pasé en la tierra del jaguar (eso es los que significa Ixil) me hicieron sentir un poco de ese dolor que sufrieron los que ahora son sobrevivientes. María me contó como una mujer que llevaba a su pequeño hijo en brazos fue capturada por el Ejército al sospechar que colaboraba con la guerrilla, frente al Palacio Municipal ataron una soga a su cuello y antes de elevarla, amamantó a su hijo y lo entregó a otras mujeres que estaban por observar su ejecución “yo tenía 12 años pero nunca olvidaré como se encomendó al Espíritu Santo antes de morir”, me dijo mientras sus tres hijas adolescentes escuchaban la plática.

Las historias se cuentan con tal naturalidad que es difícil creer que los jóvenes menores de 30 años no conocen su historia, las hijas de María sabían lo que sucedió en los años de conflicto pero parecía que ese pasado estaba tan alejado de su realidad que las preocupaciones por estudiar y ayudar a su familia a conseguir algo de comer reemplazaban los relatos que gritaban por mantenerse en el recuerdo.

Un consuelo a la memoria era quienes se resistían a olvidar, la mayoría mayores de 40 años, cuando no eran tan chicos cuando el Ejército se enfrentó a la guerrilla en la tierra Ixil. Cada uno tenía una historia, y la ansiedad que los rodeaba para ser escuchados era tal que no les importaba volver a sufrir con el recuerdo.

“Iba con mi tía cuando un soldado se apareció y le preguntó  si ella había visto a algún guerrillero, ella respondió que sí, luego el soldado le preguntó si ellos tenían armas y ella dijo que no, después le volvieron a preguntar si conocía a los guerrilleros y ella dijo que no. El soldado se molestó pero lo que pasaba era que mi tía no entendía ni hablaba el español y lo único que sabía decir era Si y No, le expliqué eso al soldado y luego se fue… al día siguiente quemaron la casa de mi tía estando ella adentro con mis tres primos, todos murieron… no hablar el español le costó la vida”, me dijo Juan Chávez en el segundo amanecer.

El decir que los que viven en esa parte del occidente del país tienen al menos un familiar muerto o desaparecido, no es exageración, es una realidad. María, Evelyn y Catarina, todas de 19 años, me lo confirmaron.

Estábamos en el parque de Nebaj y al principio dudaban en contarme qué era lo que percibían de lo que pasaba alrededor de un proceso que enjuiciaba a dos ex militares por matar a quienes pudieron haber sido sus tíos o abuelos. Pero al preguntarles si había algún desaparecido en su familia las tres contestaron al unísono: sí. María no conocía a sus tíos, Evelyn no sabía nada de su tatarabuelo y Catarina: -Solo sé que a la mamá de mi mamá la secuestraron y nunca apareció… – ¡tu abuela!, la corrigieron sus amigas –Sí, pero no le digo abuela porque nunca la conocí ni supe que era tener abuela, respondió de inmediato Catarina. 

Luego de un pequeño interrogatorio del que fui parte, víctima de la desconfianza que de repente rodeó a las tres jovencitas, les enseñé mis documentos de identidad, mi carné de prensa y hasta mi carné de estudiante universitaria… les dije que no se preocuparan, que no tenía intención de hacerles daño cuando Evelyn me contó “lo que pasa es que desde que se escuchó el nombre del Presidente en el juicio ha venido mucha gente al pueblo a hacernos preguntas, como para saber que tenía que ver él con las masacres y hasta el momento no sabemos si son personas que trabajan con el Gobierno o no… pero usted no es del Gobierno verdad!!” terminó Evelyn y con un agradecimiento sincero y tranquilizador me despedí de ellas, ése fue mi tercer amanecer.

Al regresar a la ciudad y al conocer los tropiezos que ha tenido el juicio contra el ex jefe de Estado recordé una frase de Eduardo Galeano: “La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar”.

Así como esa utopía que se acerca y se aleja cada vez más, el pueblo Ixil está caminando para alcanzar la justicia, una concreta y verdadera que perdure para cambiar la historia de impunidad que ha sido incesante en el país.

Te gusto, quieres compartir