Obsolescencia programada en bienes de consumo

vertederos en GhanaJuan Manuel González Velázquez
Rebelión

Cuando se habla de producir un objeto de consumo, las variables tiempo y desgaste delimita su vida útil. En el mismo sentido, el tiempo se incorpora como variable al concepto de obsoleto, si por obsoleto entendemos algo anticuado, inadecuado a las circunstancias actuales; [1] por ende, es la cualidad de aquel bien u objeto que a lo largo del tiempo dejó de ser, hacer, o funcionar para lo que fue hecho. Es decir, ha dejado de cumplir con su función u objetivo original de producción.

Entendido de este modo, todos los objetos de consumo tarde o temprano, pasarán a ser obsoletos gracias al desgaste derivado de su uso; consumo que plantea dos parámetros indefinidos, haciendo necesario suponer la cantidad de tiempo que durarán (grado de obsolescencia) dichos objetos.

En primer lugar tenemos que observar la resistencia al desgaste de los materiales que componen a los objetos, independientemente del tipo y frecuencia del uso. Es indefinido porque cada material presentará índices de desgaste para cada tipo de uso según las características propias del material en la naturaleza.

En segundo lugar observaremos el desgaste por el tipo de uso definido (el para qué del objeto), independientemente del tipo de materiales utilizados en su fabricación. También es un parámetro indefinido porque sólo se puede estimar la cantidad el desgaste que efectuará el consumidor al momento de utilizar el producto.

Ambos parámetros corresponden a elementos de especulación (investigación) para el productor y desde luego para cualquier consumidor consciente de su función. Asimismo, representan la parte inestimable (original) de la obsolescencia, entiéndase su primer componente.

La otra parte de la obsolescencia es aquella que se puede estimar y de la cual el productor tiene control y por tanto puede programar. Esta parte estimable o llamada coloquialmente “programable” radica e inicia con la decisión que toma el productor para seleccionar qué tipo de material(es) usar para fabricar el (los) objeto(s) y que uso habrá de darle como objetivo de su creación.

Estas decisiones son la contraparte de las características objetivas de las variables resistencia al desgaste y desgaste por tipo de uso. Adicionalmente, es en las decisiones en las que intrínsecamente existen todos los principios, conceptos y la lógica de la sociedad de consumo (sociedad capitalista), mismos que a contra sentido de su definición, en los hechos, atentan contra lo producido. Diciéndolo de otra forma, por sí mismas reducen la obsolescencia original.

El ejemplo más claro son la calidad y la funcionalidad.

Definida formalmente se dice que la calidad es la propiedad o conjunto de propiedades inherentes a algo, que permiten juzgar su valor [2]. Por lo que entenderemos a la calidad en términos de obsolescencia, como la capacidad que tiene el productor de definir y usar los mejores materiales y procesos para producir un objeto de consumo en la lógica de crear un alto valor y por ende una alta ganancia. Asimismo, la funcionalidad formalmente definida se entiende por todo aquello en cuyo diseño u organización se ha atendido, sobre todo, a la facilidad, utilidad y comodidad de su empleo [3]. Por lo que también diremos que la funcionalidad es la mejor respuesta del objeto de consumo para satisfacer una necesidad del consumidor.

Entonces la lógica de producción que ha generado la obsolescencia programada es una contralógica para la sociedad. ¿Qué caso tiene escoger materiales poco resistentes y fabricar productos que no cumplen con la función que dicen hacer? La respuesta obviamente está justificada en incrementar la tasa de ganancia y por ende acelerar el proceso de acumulación. Sin embargo, esto es una aberración. Si pensamos que sólo hay disponibles en el mercado objetos que cumplen con los parámetros de la obsolescencia programada, y ésta cada vez reduce la vida útil de los productos, podemos afirmar que simple y llanamente estamos comprando basura.

Peor aún. La clase trabajadora que recibe por su fuerza de trabajo un salario mínimo en dinero (que difícilmente intercambia por alimentos, etc., para subsistir), mismo que obtiene por el desgaste de sus capacidades en el tiempo (desgasta su vida misma), recibe a cambio de este desgaste de vida, simplemente basura. Es decir, su vida a cambio de algo(cosas) que al final es cada vez más efímero e inútil.

Por ello los primeros comprometidos con la erradicación de la obsolescencia programada y percibida (moda) deben ser los obreros.

Sin embargo, aparte de víctimas de las decisiones que toma el productor sobre la vida útil de los productos, también son los principales depositarios de la ideología dominante, cargada de los introyectos y aspiraciones basadas en el consumo por el consumo mismo, que literalmente hipnotizan (enajenan) al obrero con la idea de que poseer implica felicidad. Los productos se convierten en un fetiche que implica una condición social completamente ajena a los trabajadores, pues de raíz, se les permite poseer objetos de consumo abaratándolos con esta contralógica, pero difícilmente medios de producción.

Abogar por una obsolescencia indefinida implica que los consumidores asumamos una postura crítica de resistencia al consumo excesivo y sus efectos dañinos, así como que los productores asuman la responsabilidad de los beneficios que reciben sobre las ganancias que obtienen, seleccionando los mejores materiales para evitar lo más posible el desgaste del objeto para su uso específico. Este ejercicio supone un compromiso ético implícito, así como, el respeto por nuestra condición humana. Es decir, no se deben consumir, pero tampoco producir objetos dañinos o perjudiciales para los consumidores o el medio ambiente en ningún sentido. Ambos son receptores o depositarios de los residuos o inconvenientes que puedan resultar por efectos del consumo. Bajo estas premisas tampoco es permitible consumir ni producir ningún tipo de producto que genere reacciones secundarias o daños colaterales, ni para los humanos ni el ambiente. Los objetos deben ser producidos para satisfacer necesidades y si éstos a su vez generan algo cuya presencia es indeseable, se vuelve irremediablemente necesario que quien produce rehaga el producto o bien genere algo nuevo para remediar las consecuencias en su totalidad, así como que los consumidores le rechacemos.

Poniendo esto en perspectiva, en el mundo hay más de 7,000,000,000 seres humanos, con un aumento poblacional aproximado de de 210,000 diariamente. En promedio, cada sujeto genera 1 Kg. de basura, lo que significa que al día se generen 7,000,000 Ton. De desechos con un aumento exponencial; siendo la mayoría de los desperdicios no biodegradables. Asimismo transcurrirá mucho tiempo para una descomposición parcial de los ellos. Además, en muchos casos, los residuos son altamente contaminantes y/o tóxicos. Esto degrada el entorno y la salud de todo tipo de especies que le habitan. En una frase llana: la obsolescencia programada nos destruye.

Quienes en algún momento identificamos este aspecto del mercado como una posibilidad concreta de lucha, debemos comprometernos a combatir para que al menos disminuya toda forma de consumo y producción en este sentido, así como en la creación del índice general de obsolescencia, es decir, un parámetro reconocido que nos indique el tiempo que puede durar un artículo bajo las circunstancias “normales” cuando es sometido al desgaste propio de su función, como un mecanismo para frenar el desmedido abuso con el que hoy se utilizan productos inclusive dañinos o tóxicos para la salud.

Bajo estos argumentos entendidas, la obsolescencia programada y la obsolescencia percibida, no son otra cosa que condicionantes de clase. Ambas cumplen un papel enajenante y alienante tan especializado y sutil, que hoy todos queremos tener lo nuevo, aún a costa de nuestra propia vida.

Notas:

[1] http://lema.rae.es/drae/?val=obsoleto

[2] http://lema.rae.es/drae/?val=calidad

[3] http://lema.rae.es/drae/?val=funcional

Juan Manuel González Velázquez. Politólogo, Profesor investigador Universidad Autónoma de Aguascalientes (México). Fundador del Movimiento Pro Obsolescencia Indefinida.

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