Victoria Ixil

judmujersLucía Escobar

El jueves pasado fue Tijax en el calendario sagrado maya Cholq’ij. Y representa el rayo que parte, la piedra de obsidiana con su doble filo. Ese jueves negro fue un machetazo en la herida de las víctimas ixiles que testimoniaron en el juicio que se llevaba a cabo contra dos militares. Miles de guatemaltecos lamentamos haber perdido, una vez más, la esperanza en el sistema de justicia. Pero, ¿qué importa? Ya deberíamos estar acostumbrados a las transas, a las presiones políticas, a saber quién manda aquí. Ya deberíamos de saber que estamos lejos de ser un país civilizado con independencia de poderes. En medio de la decepción, de la “bajada de moto”, quedan los testimonios, las palabras, imposibles de borrar y grabadas en la memoria colectiva. Por mucho que se anule el juicio, por mucho que Ríos Montt y Rodríguez Sánchez duerman el resto de su vida en su cama, por mucho que la Fundación contra el Terrorismo se sienta victoriosa, nunca podrán hacernos olvidar lo que escuchamos. Nunca olvidaremos a las mujeres violadas, una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez veces por los soldados. No olvidaremos la osamenta del niño que aún guardaba en el bolsillo de su pantalón las canicas, ni al que huyó en la llanta de un camión y sobrevivió para contarlo. No olvidaremos las casas quemadas, los gritos, el susto, los animales muertos, la huída a la montaña, el destierro, el frío, el hambre. No olvidaremos la máquina aplastando cuerpos en la fosa común, los fetos colgados de los árboles. Esas verdades del pueblo Ixil, resonando hasta el fin de los días en nuestros corazones, son ya de por sí una gran victoria.
Blog Lucha Libre

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