Facebook: ¿una moneda al aire?

cafrPor Christian Echeverría

Hoy no es un día cualquiera. Los quetzaltecos y yo empezamos una relación en las páginas de esta revista. Soy un joven psicólogo capitalino que fracasó en la vida gris que le impuso aquella ciudad; y que desde hace un par de semanas encontró su hogar, su destino quizás; en esta ciudad masónica que llaman Xelajú. Vine a dedicarme a mi pasión: el periodismo. Aquí vivo y trabajo desde hoy. Esta, mi nueva vida en Quetzaltenango.

Cuando Andrea Echeverría, la joven quetzalteca directora editorial –con la que no tengo parentesco, que yo sepa, y a la que conocí casualmente- me pidió que escribiera sobre el facebook, sus beneficios y riesgos; sólo tuve que pensar en los últimos tres meses de mi vida para escribir esta primera crónica. Pero dar testimonio es difícil. Exponer la piel ante el lector es duro, cuando en medio están los propios pasos. El azar al que uno sometió la vida. Yo llegué a Quetzaltenango por las redes sociales.

Comenzó el año pasado. Le envié una solicitud de amistad a la que resultó hermana de un amigo psicólogo, compañero de la maestría que estudié por error en la Landívar de Guatemala. El mismo apellido; y me atrajo su perfil: “soy periodista independiente” –rezaba-. Entramos a nuestros muros y vimos nuestras fotos, como todos.

Tenía ojos gatunos musgosos y pelo oscuro profundo. Quetzalteca. Los meses transcurrieron entre el chat, likes y comentarios incontables de nuestros posts de conciencia social. Comentábamos el acontecer nacional convulso como indignados impotentes. Nacía una amistad. Había intereses comunes y nos agradamos.
Le propuse visitarla. Corría octubre. La última vez que estuve en Xelajú fue de niño. Quería conocer la ciudad. Así recibí la oferta de un recorrido, almorzar y charlar horas. Pasaron meses hasta diciembre, un día veintidós, un sábado; cuando al fin llegué en una mañana fría, de cielo azul, con un espantoso mareo provocado por el viaje. Me enamoré de la ciudad el día que nos conocimos personalmente.

Difícil escribir lo que sentí, pero estos vacíos que los capitalinos llevamos: soledad, ser invisible, ser ninguno en condominios y encierros; pesan como piedras en mochila; porque en Xelajú uno es relevante. Nunca falta plato de comida ni posada. Contactos ni ofertas laborales. Uno se percata de que la vida puede ser mejor. La soledad se aniquila con la compañía o se olvida de momento.

En enero y febrero seguí viajando. Aparecían las entrevistas que concertaba desde Guatemala. El anhelo Xelajú me inundó el alma. Seguía viéndome con la quetzalteca del facebook, ya con rostro y olor. En marzo; vendí los muebles que me quedaron de mi matrimonio. Con $1,000 empecé nueva vida. Fui a dar a una pensión cerca del parque, propiedad de una conocida de la red social. Mujer que como yo, conoció al que creyó amor allí y dejó todo para ir a buscarle a Sudamérica. Fracasó. Pero en el facebook también se engaña. Lo que parece amistad, puede ser delirio de sociópata:

En la pensión convergíamos muchos. Era el único guatemalteco. Sentí que todos buscábamos dejar algo atrás y empezar de nuevo. Vivía con un fotógrafo sudamericano. Un viejo zorro al que conocí por la red hacía dos años. Vino a hacer negocios y a conquistar a la dueña de la pensión que conoció allí. Le tomé aprecio, fue una figura paternal consejera. La dueña echó a su compañero gringo con quien había emprendido una librería; y la casa se convirtió en infierno. En Xelajú la luna enloquece corazones.

Con la ausencia del gringo, sobrevino la crisis; y el fotógrafo me pidió por favor un adelanto del próximo mes. El gringo ultrajó la librería y se fue a su país despechado. La locura psicópata embargó las cabezas de los amantes. Los gastos debían pagarse y me pidieron más dinero so pena de echarme. Cuando decidí irme ante el abuso, me echaron. La dueña neurótica amenazó con hacerme golpear o llamar a la policía. Nada devolvieron y quedé con mi destino en la calle empedrada. Quedé a la deriva en ciudad extraña. Hoy vivo en un apacible hostal con la vida encarrilada. En el facebook también se engaña.

El psicólogo Marco Antonio Garavito, director de la Liga Guatemalteca de Higiene Mental, afirma que como parte del Síndrome Psicosocial Traumático que sufrimos como sociedad, nos cuesta confiar y conectarnos.
No confiamos en nadie: ni el Estado, ni en el prójimo. Que la tarea por delante es re-conectarnos con él, en lo simple, en lo cotidiano. Hemos propuesto legislación para perseguir delitos informáticos y puesto garitas. Lo virtual es un espacio de relaciones humanas y por lo tanto de conflicto. Yo vine huyendo de las garitas y los muros que ponemos entre nosotros en la ciudad. He decidido vivir de todos modos, en un país acostumbrado a la muerte. Arriesgar una moneda al aire. ¿Y usted?

21 de enero, 2013. Los fragmentados. Entrevista exclusiva con Marco Antonio Garavito. (Revista Ati). Consultada el 21 de marzo de 2013, desde: http://atinforma.blogspot.com/2013/01/los-fragmentados-entrevista-con-el.html

21 de marzo, 2013. Iniciativa de ley 4055, Congreso de la República. Ley de delitos informáticos. Consultada el 21 de marzo de 2013, desde: http://www.congreso.gob.gt/iniciativas.php?id=4298

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