Cuadernos de París: orgías de amateurs

3Gabriel Magnesio
El Cuerpoespin

El ascensor huele a perfume denso, a flores, a goma caliente dentro de las planchas metálicas. El perfume me recuerda que estoy sucio. Es el sudor seco del frío del mercado, los cartones, la espera.

Las luces de los autos avanzan, lentos, sobre el hielo y la poca visibilidad. La niebla está cargada de agua del canal de la Mancha, sopla el aliento de los primeros barcos vikingos.

Por alguna razón, esta noche, estoy en el norte de Francia. Tengo, en la habitación de este hotel, piso 9, 20 mil euros en billetes. Los papeles están dentro de una bolsa de supermercado Monoprix: fajos de mil euros en billetes de 5, 10, 20, 50, 100. Los cheques están dividos por días, dentro de una bolsa de madera. Los cuento, los guardo en la caja fuerte. El código es 0101A.

Escucho Brand Rhapsodie de Benjamin Biolay y dudo: ¿me cargo esta noche el total o recibo el 30 por ciento mañana?

Esta noche, el tiempo es elástico e inconsciente. Por un instante al menos, es una manera de derrotarlo. Como viajar.

La noche sin luna me enciende y preparo la valija. Leeré Schopenahuer y tomaré un somnífero.

Mañana volveré a Paris.

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Son casi las dos.

En el bar, el tipo que me amenazó se parece cada vez más a Vincent Gallo.

Michel brilla en su cóctel cocainómano. Se sienta e invita tragos. Es un córcego y sigue furioso porque le robé hace meses una starlette de 21 años, heroína de Jeanne d’arc y Tony Parker.

En otra mesa, una francesa discreta dice que organiza orgías amateurs. Cuenta que el fin de semana eran cinco: tres mujeres y dos hombres.

En las escaleras cruzo al escritor colombiano Santiago Gamboa, más gordo y siempre feo.

Un escritor español, amigo del colombiano, me confirmó, tiempo atrás, que Gamboa vivió en Neuilly, que lo del restaurante es ficción, y que es difícil sobrevivir a una noche con Santiago, el notable autor de El Síndrome de Ulises.

Las dos suecas que están con la francesa de las orgías se van. Los mozos miran el vacío del cierre.

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W. no me dice que fue el paciente más longevo de Lacan.

Alexandre llega al bar con su novia y una desconocida, Beatriz.

Alexandre es un parisino moderno, golpeado por rupturas amorosas, dificultades profesionales, angustias contemporáneas. Me abre las puertas de la noche cerrada de la capital.

Beatriz abre la boca y se mete un pedazo de jamón rojo, pata negra cargado de omegas, con los bordes blancos de grasa. Es pálida y rubia, casi sexy. Tiene más de cuarenta y trabaja en el mundo de la moda. Nos rozamos con los ojos, con las manos debajo de la mesa. Habla de la guerra de los Seis Días, me ofrece contactos en Jerusalén.

Más tarde sabré que tiene la torre Eiffel tatuada en el culo. Su asistenta de vestuario la viste de Prada.

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Las dos mujeres bajan al baño. Vuelven eléctricas, hablan de culos y de lo importante de la vida. Piden Lardo di Colonnata.

Vamos al club privado L’Echelle de Jacob. Me siento en el último escalón y miro, roto por la apatía. Tomamos unas copitas de calvados, unas aspirinas y unas Leffe Ruby. Tomamos varias cervezas 1668, vodka tonic, whisky cola, otras aspirinas y otra Leffe ruby.

La novia de Alexandre se siente una rockstar, mira al costado lo que tiene al frente, y abre las piernas a la inagotable tarjeta de crédito black de mi amigo.

Decidimos cambiar, dirección Le Cab, referencia Chic & Glamour, a metros de la antigua residencia del Rey.

Las noches son VIP: Le fric c’est chic! Parisinos dorados, escandinavas de vacaciones, el club huele a perfume caro, transpiración, y no hay piedad para la working class. En el baño las mujeres se maquillan, esnifan coca, make-up para el cerebro. La botella de vodka cuesta 280 euros y es servida por Brenda, una americana bella de plásticos 40 años.

Beatriz me propone seguir la noche en su dúplex, frente a los jardines del Luxemburgo. “Israel es el Mediterráneo, el calor, la vida. París son los negocios”, me dice en el taxi. No tiene pareja estable desde el divorcio. A los 27 dirigía una empresa americana, en Atlanta.

Me confiesa que quiere tener un hijo por inseminación artificial y enseguida destapa una botella de Moët & Chandon. En la biblioteca tiene su propia sinagoga: candelabros, estrellas de David, Jerusalén en metal y arcilla. Me habla de los hijos que van a la guerra, de las mujeres fuertes que se quedan en casa.

“C’est bon, c’est si bon”, gime o dice, mientras finge un orgasmo. La sigo masturbando. Parada frente a mí, mira el techo de placer. Sentado, miro el piso, siempre apático. Mis dedos mojados me sirven para armarme un cigarrillo.

Su discográfica se resume a música lounge y variedad hebrea. Escuchamos pop y me regala el disco: una playlist fashion Paris by night.

De la mano subimos la escalera caracol. En la cama bien hecha hay un oso de peluche entre los almohadones. Sobre la alfombra marrón y gruesa hay una radio despertador vintage y una tableta de Lexomil. Henry Miller dice que las judías son vaginales y lo explica citando el tríptico enelnombredelpadredelhijodelespíritusanto.

Me quedé dormido sobre sus pezones siliconados. Me desperté sobre su oso de peluche.

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Este sábado ceno en Honfleur, a 200 km de París, en el pequeño puerto de Normandía, junto a un ex editor de Gallimard, un periodista televisivo y su esposa, y una abogada divorciada varias veces.

El menú es coquille Saint Jacques, ostras, hongos con ajo, coliflores, gambas, crema verde con blinis, queso Livarot, regado con vino blanco y tinto. Terminamos tomando Calvados, áspero brandy de manzana, alrededor de la chimenea.

Los invitados se despiden.

Afuera, la luna llena hiela a los búhos.

Por la mañana leo el diario y tomo un café frente al puerto. El puerto es un perfecto teatro medieval, donde los colores de las casas 11normandas se mezclan con la claridad líquida del estuario, y los fríos mástiles de los barcos parecen de papel. El paisaje fetiche de los impresionistas y los marineros.

Eugene Boudin, maestro de Claude Monet, dedicó su vida a pintar las variaciones del cielo del puerto de Honfleur. Baudelaire decía de las pinturas de Boudin : «cosa curiosa, no me ocurrió ni siquiera una sola vez, frente a esas magias líquidas y aéreas, de quejarme por la ausencia del hombre».

En la terraza del café otro tipo lee el diario. Parece un marinero pero dice que es pintor.

Frente a la claridad líquida del puerto da lo mismo: uno, trata de sublimar a la muerte, otro la desafía.

http://www.elpuercoespin.com.ar/2013/03/22/cuadernos-de-paris-orgias-de-amateurs-por-gabriel-magnesio/

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