Disfuncionalidades críticas del sistema de salud en Guatemala

medicosKarin Slowing Umaña
Siguiendo la huella de otros centros regionales de la Universidad de San Carlos de Guatemala, hace 4 años, el Centro Universitario del Norte -CUNOR- inauguró su facultad de medicina y emprendió la formación de médicos en y para la región de las Verapaces. Más de 120 estudiantes, cursando entre primero y cuarto año, son el semillero de una nueva generación de médicos que se entrenan en los hospitales, centros y puestos de salud de la región y tienen como requisito ser bilingües (k´ekchí-español) para poder hacer su ejercicio profesional supervisado, tanto el hospitalario como el comunitario.

La desconcentración de la carrera de medicina a los centros universitarios regionales, y la renovación del currículum para que durante tres años consecutivos, los estudiantes adquieran conocimientos básicos de salud pública y del idioma local, como parte integral de su formación, son algo digno de elogio. Más todavía, la incorporación de módulos de estudio sobre epidemiología socio-cultural.

20 años atrás, esto era simplemente impensable. Ni siquiera había como estudiar salud pública en Guatemala. Los pocos que escogíamos dicha especialidad, debíamos salir del país para entrenarnos. Ahora en cambio, la universidad pública, y al menos dos universidades privadas, ofrecen postgrados vinculados con esta compleja y multidisciplinaria especialidad.

No obstante estos avances institucionales, que responden de mejor manera a la diversa y heterogénea realidad guatemalteca, sería pueril pensar que la academia o el sistema de salud están procurando un quiebre epistemológico en su concepción del ser médico. La formación y la práctica siguen estando centradas en el ejercicio de la medicina clínica de corte occidental, con enfoque curativo e individualizado. No hay elementos que indiquen por el momento que esta pauta se modificará sustancialmente en el corto o mediano plazo, siendo que Guatemala tiene uno de los sistemas de salud con mayor orientación de mercado de toda Latinoamérica. En todo caso, este nuevo tipo de conocimientos en el pensum de la carrera en la USAC formará a los nuevos profesionales de la medicina un poco más sensibles a la realidad cultural en que se desempeñan y con suerte, permitirá retener una porción más generosa de médicos en sus territorios de origen.

Hay que ser realistas: el ideal al que sigue aspirando la mayoría de estudiantes es el de la práctica liberal privada (el médico y su clínica) o como socio en un consorcio médico-hospitalario donde priva el dominio de sofisticada tecnología diagnóstica y terapéutica. De preferencia, hay que lograr irse del país, o bien, radicarse en la ciudad de Guatemala, procurando a la elite como pacientes. Y, si no se alcanza a estar en este privilegiado segmento de médicos, cuando menos, concentrarse en las poblaciones urbanas con capacidad de pago. Incursionar en los nuevos segmentos de turismo de salud o de la estética corporal, son también nuevas opciones.

Sin embargo, el sistema de salud que tenemos en Guatemala -tanto en su dimensión pública como en la privada- está llegando al límite de su capacidad de propiciar la realización exitosa del ejericio liberal de la medicina, a la par que tampoco le provee al médico un espacio digno y bien remunerado para insertarse como fuerza laboral institucionalizada. Demás decir que es un sistema de salud que hace ratos que ya no le sirve a la población tampoco.

Según un estudio reciente realizado por el ICEFI/UNICEF, el Ministerio de Salud Pública tiene únicamente capacidad para absorber a poco menos de 5,000 médicos de los 16,000 registrados en el Colegio de Médicos y Cirujanos de Guatemala. Un tercio de ellos carece de un contrato laboral estable y las remuneraciones en promedio, no rebasan los US$ 1,000 dólares mensuales, muy por debajo de las expectativas de personas que han dedicado más de 7 años de arduos esfuerzos y estudio a formarse como médicos.

En el IGSS si bien están un poco mejor remunerados, según estudios recientes efectuados por la Oficina Panamericana de la Salud, el 20% de los médicos no tiene acceso a los beneficios de la seguridad social que provee la institución para la que laboran. En el subsector privado, los médicos empleados viven un patrón de condiciones laborales bastante similar.

Las remuneraciones además, son insuficientes. Por estas razones y más, una importante proporción de médicos acuden al pluriempleo institucional, a la combinación entre empleo público y clínica/hospital privado o bien, incursionan en otros emprendimientos con tal de completar sus ingresos. En otras palabras, cada vez menos profesionales de la medicina pueden cumplir sus expectativas de movilidad social como solían hacerlo los médicos de antaño.

Eso, a pesar de que, con apenas 16,000 profesionales, el país todavía no cubre el estándar internacional de médicos por habitante vigente hace años. En otras palabras, los problemas no son por sobre oferta de médicos en el pais. Hay otras razones, de las cuales en esta ocasión quiero poner a consideración por lo menos 3 que son, a mi juicio, de las más relevantes: 1. La segmentación de los potenciales “clientes” del médico ocurre según la capacidad de pago que tengan. Con los niveles de pobreza imperantes, el tamaño del mercado se reduce a una quinta parte de su potencial. El Programa de los Informes Nacionales de Desarrollo Humano estima que, cuando mucho, son 3 millones de personas de los casi 15 millones de habitantes que tiene el país, los que tienen capacidad potencial para pagar un servicio de salud.

2. Los servicios de atención médica se caracterizan por tener un esquema sumamente ineficiente de financiamiento, que privilegia el gasto directo de bolsillo de los ciudadanos, más que otro tipo de formas más efectivas de financiamiento y asignación de recursos. De esa cuenta, a pesar de que se gasta más de un 6% del PIB anual en salud, la gente no vive más saludable, ni más tranquila de que, en caso requerirlo, podrá acudir a un médico o un centro de atención y ser atendida con prontitud y calidad.

3. Los mercados relacionados con la provisión de insumos, tecnología y servicios conexos a la salud, incluidos los pocos esquemas de aseguramiento privado que hay, están coludidos, lo cual encarece desmedidamente los costos de atención para los ciudadanos y para el subsector público en particular. Además, en el subsector privado, las aseguradoras imponen reglas y topes de gasto a los proveedores de servicios médicos, que repercuten en la forma tradicional que se hace el ejercicio liberal de la profesión, pero sobre todo, repercuten en las oportunidades que tienen los pacientes de ser atendidos. Situación que además, tiende a favorecer a los grandes consorcios y corporaciones que incursionan, sin ningún control ni regulación, en los distintos eslabones de las cadenas productivas de este mercado (el de la salud), concentrando aún más los poderes de decisión en pocas manos.

Viendo a los jóvenes en Cobán avanzar con tanto optimismo en sus estudios, no pude evitar preguntarme si el país va a seguir formando médicos para el ejercicio liberal de la profesión, bien que valdría la pena promover la discusión pública sobre estas y otras disfuncionalidades actualmente existentes en el sector salud. Pocos son los que se benefician de ellas.

Este no es un debate nuevo, pero tal vez, si en el mismo se incluye la perspectiva de los intereses de los médicos, operadores por excelencia de lo que ocurre o deja de ocurrir en el sector salud, a la mejor logramos que este debate deje de ser una preocupación sólo de los salubristas o de los economistas de la salud.

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