Amo y amigo

fdrecPor Christian Echeverría

Sí existen el norte y el sur. Existen. La cultura política del sur es distinta a la del norte. Así es América.

En el sur aún es posible la magia. Lo íntimo en lo público. Hugo Chávez es un gigante de la historia; por magia. Supo construir un profundo respeto y admiración de sus adversarios políticos e ideológicos en toda Latinoamérica. Encogía las fronteras de lo práctico y proclamaba las de la ficción y el mito a destajo. Con magia construyó el poder.

Sus adversarios políticos e ideológicos -los más éticos y con más oficio-; le reconocieron con plenitud. A él y a su pensamiento. A su proyecto. Yo supe de su muerte dos días antes de venir a vivir a Quetzaltenango. Me lo dijo mi madre al volver del trabajo y yo de mis últimas diligencias; y la noticia el alma me partió. Se fue la magia.

En las horas posteriores, apareció la prensa conservadora latinoamericana en las redes sociales, como portavoz liberal en la era multilateral ante la pérdida. La prensa conservadora. En El Observador del Uruguay; el chileno Sebastián Piñera, cuya nación presidió ya de forma pro tempore la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe –Celac- que nació por la acción política del caudillo de Caracas en diciembre de 2011; hizo un muy alto ejercicio de lo íntimo en lo público. Fue emocionante. Me golpeó: “Cuando su enfermedad se agravó y él tuvo que volver a Cuba yo lo llamé por teléfono y recuerdo que me dijo muchas cosas, pero recuerdo que me dijo que si tenía que enfrentar la muerte quería hacerlo en su patria, en su querida Venezuela y en cierta forma recordé esas palabras cuando él regresó a Venezuela. Tal vez intuía que la lucha por la vida estaba llegando a su fin y quería terminar sus últimos días en su patria, en su Venezuela” –declaró el mandatario de la coalición de centro-derecha a los uruguayos-.

Seguían las horas; y el drama venía a más violando cualquier frontera entre nuestros países. Seguían las horas.

Al conservador chileno, se le sumó en el mismo medio Jorge Batlle, ex presidente uruguayo, quien quizás aprovechando la ocasión, lanzó una manadita a sus rivales políticos: “Cuando Hugo Chávez visitó Uruguay en 1994 poca fue la trascendencia que el hecho tuvo en filas frenteamplistas e incluso el general Líber Seregni no lo recibió. (…) Durante 4 años Chávez recorrió su país, pueblo a pueblo, paraje a paraje, barrio a barrio, casi se podría decir casa a casa, armando el movimiento político que lo llevó a la victoria en el año 1999. (…) Chávez fue “sin ninguna duda uno de los fenómenos políticos más relevantes de los últimos tiempos en Sudamérica” –destacó Batlle, referente liberal del Uruguay-.

Asomaba la cabeza la clase política dirigente de América. Esa orientada a la política, a la vocación hacia lo colectivo desde una intención de clase toda hacia la nación, no del mínimo clan sectario. Esa que es capaz de reconocer en plenitud al adversario político y ver en él un socio y aliado según el interés de su feudo electoral, comuna y nación en el ejercicio de lo público.

Sí. En algunos lugares de la que Chávez llamaba -basado en el mito napoleónico de Bolivar- Patria Grande, no con menos historia de violencia oligárquica e imperialismo que en Mesoamérica; se ha superado la lógica de la guerra fratricida, de la sociedad ultra-fragmentada y de la garita que segrega una cuadra de la otra.

En Guatemala y Centroamérica hay mucho que aprender de estas relaciones sociales y políticas, que ante todo son relaciones humanas más allá del pragmatismo de la profesión del político.

Pero la magia se agota a medida que se asciende por el mapa de América. Aparece la realidad sola y el pragmatismo de su interés. Va mutando la manera de relacionarse con el mundo. Se va degradando. Muta la forma de hacer política.
Algunos medios de los EE.UU. y algunos estadounidenses vinculados con la historia política de Guatemala; dedicaban aquellas mismas horas a burlarse de la memoria de un ser humano vencido por el cáncer. De un hombre elegido por su pueblo para gobernar: “Chavez Wasn’t Just a Zany Buffoon, He Was an Oppressive Autocrat” –rezaba el título de un artículo del periodista venezolano Francisco Toro en el The Atlantic- posteado en el muro de facebook de la fotógrafa estadounidense Jean-Marie Simon, conocida en nuestro país, por haber venido como consultora de Amnistía Internacional para fotografiar el Palacio Nacional en 1980, como parte de un informe que habría querido denunciar los crímenes del Ejército -al menos según su biografía oficial-; y que terminó siendo libremente, la cronista gráfica de primera mano desde las entrañas de las trincheras de ambos bandos de la guerra y la contrainsurgencia. La recopilación de su trabajo fotográfico durante los años más crudos de la represión, hecha un libro publicado recientemente en Guatemala; le deja hoy ganancias como autora. Ganancias sobre nuestra memoria de dolor.

Al claro sentimiento del título del artículo de Toro sobre su propio país –de odio y desprecio-; le siguió una pregunta de unos de los amigos virtuales de Simon, pretendiendo saber si aquella en efecto era su misma opinión. Nuestra sensibilidad latinoamericana se sentía amenazada. Entonces Jean-Marie, conocida amiga en lo público de los círculos de izquierda marxista-leninista guatemalteca de línea dura, y conocida enemiga pública de los militares fascistas anticomunistas; que más de una vez ha aparecido en sus comunicados públicos como tal; fue también clara: “See below. That’s what I think!”.

Para quien no entienda entonces lo que el gesto de los medios y la masa crítica estadounidenses significa, y haya que explicarle gráficamente; es una cuestión de sentimientos. Odio y desprecio. Nuestra mentalidad campesina suele ser indulgente con el amo a quien confunde con amigo. Una burla a nuestros líderes, a nuestras democracias y sociedades en momentos de crisis; porque en lugar de mostrar solidaridad y empatía –como lo haría el amigo-; el amo expresa odio y desprecio por nuestros pueblos y sus procesos históricos. O sea, lo que realmente siente el amo hacia nosotros, sin mencionar el frío comunicado de Washington haciendo invisible a la persona ante la muerte, y visible el nuevo escenario donde puede encontrar influencia y ventaja ante el vacío de poder que deja una revolución democrática basada en un hermoso, romántico y épico caudillo, pero caudillo al fin, cuyo mayor legado es haber despertado la conciencia y la imaginación colectivas, así como el odio más visceral de sus enemigos.

El amigo, -sin ser Piñera ni Batlle amigos del “socialismo del siglo XXI”-, modela la orientación psicológica de la amistad. Jean-Marie Simon, el gobierno de su país y buena parte de sus medios; la del amo que odia y desprecia a quien siente subalterno.

Yo digo que en la vida uno debe aprender a reconocer al amo del amigo. ¿Ustedes qué dicen?

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