Sofía

prensasGerson Ortiz,

En sociedades donde la justicia es endeble, decir la verdad sigue siendo una especie de haraquiri.

No encuentro una forma más apropiada para solidarizarme con mi colega y amiga Sofía Menchú que escribiendo estas palabras. Ella y yo nos ganamos la vida haciendo exactamente eso: escribir. Y ahora por ese ejercicio maravilloso y digno, Sofía fue cobardemente intimidada.

En agosto de 2012 yo trabajaba en un reportaje sobre las denuncias que Byron Lima Oliva acumuló en la cárcel (1). Dos días antes de su publicación recibí una carta firmada por un militar de alto rango que me advirtió que conocía el tema que estaba elaborando y mis fuentes de información. Estaba tan ocupado que no le presté mayor atención a la misiva pero sí me convencí (una vez más) que la inteligencia militar (por contradictorios que parezcan ambos términos), existe y opera con absoluto descaro en plena paz y en plena democracía.

Estoy convencido que la censura aparece cuando una acción común es capaz de alterar el estatus quo y el caso de Sofía lo demuestra fehacientemente.

El sábado 2 de marzo, Sofía publicó una investigación que, una vez más, exhibió los poderosos vínculos que la estructura interna de la Dirección General del Sistema Penitenciario tiene con Lima Oliva, militar que saltó a la plana mediática por ser hallado culpable del asesinato de Monseñor Juan Gerardi Conedera en abril de 1998.

La publicación detalla que la cúpula del Sistema Penitenciario está copada por militares que históricamente han tenido estrechas relaciones con Lima Oliva. El reportaje de Sofía no sólo puso sobre la mesa las cartas que todas y todos conocíamos (o asumimos en algún momento) sino subrayó la línea que el poder militar sigue sobreponiendo sobre el poder formal en el país (2).

“Si quieren que demuestre más cosas de lo que puede existir en un gobierno corrupto, como fue el de Álvaro Colom, Alfonso Portillo y el de toda esa raza, ¡sigamos pues! Vamos a ver cuál es el objetivo de esta detención” (3). Las anteriores palabras fueron dichas por el militar el día de su captura y no son las de un reo común, las de una persona limitada al confinamiento. Sus palabras denotan influencias y poder.

Para intimidar a Sofía ese personaje convirtió en un objeto deleznable a un exfuncionario público, un hombre que debería reivindicar su servicio al bien común y no a un poder paralelo del que, ahora estoy convencido, forma parte. La participación de un exministro en tan cobarde acto de intimidación e intento de censura evidencia también que la clase política, sin importar la bandera ideológica que enarbolen, es un nido de aves de rapiña dispuestas a todo para defender su asqueroso estatus quo.

Hoy esos poderes que alimentan a la corrupción, al terror, a la violencia y a la desesperanza, encaran una vez más a periodistas libres y comprometidos como Sofía y dejan secuelas terribles a su paso, sin embargo ignoran que junto a ella estamos de pie otros y otras que no pensamos dar un paso atrás en nuestra marcha, porque retroceder implica ser la presa más fácil de ese dinosaurio que por décadas ha devorado nuestros derechos, nuestras libertades y nuestras ideas.

La paz fue firmada pero en Guatemala siguen dándose este tipo de crímenes horrendos contra la libertad de expresión y el derecho a la información.

Pero Sofía no está sola, a su lado estamos las y los periodistas que aún creemos en la utopía, en no aceptar la realidad como nos la presenta esa clases política que hoy nos intimida porque estamos convencidos que lo más digno es cuestionar, objetar y debatir para intentar con ello despertar a los demás y transformar este país inhumano y desigual en un lugar donde podamos vivir en paz.

Sofía somos todas y todos los que aún creemos en la libertad y la defendemos.

(1) http://www.elperiodico.com.gt/es/20120816/pais/216563
(2) http://www.elperiodico.com.gt/es/20130302/pais/225468
(3) http://www.plazapublica.com.gt/content/el-largo-paseo-del-capitan-lima-oliva

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