Resumen de un hombre viejo

244Por Gustavo Abril Peláez – http://www.facebook.com/GustavoAbrilPelaez –

Mi abuelo vivía en un rancho pequeño: Al fondo, el silo donde guardaba el maíz rozaba el vientre del techo; a la par, una tarima sobre el suelo servía de bodega a mil y un cachivaches. Frente al silo, sobre cuatro troncos, descansaba su cama, siempre escondida bajo un tétrico mosquitero. Por allí, en algún lado, un baúl viejo guardaba la ropa y una que otra cosa valiosa. Muy cerca estaba una mesa oscura, algo antigua, acompañada de dos sillas maltrechas. Sobre la mesa –infaltables- una lata de leche en polvo, un frasco de café instantáneo, otro con azúcar y un par de pocillos viejos.

En la entrada, sobre un tablón alzado a la altura de medio cuerpo, brillaba un pequeño molino y, junto a el, un guacal de morro que don Braulio Peláez usaba para dar de comer a sus gallinas. Desde la mitad del techo de palma un tapesco y una jícara colgaban alegres; al costado, frente a la hamaca de pita, sobre la repisa de tablas sonaba un radio de onda corta conectado al mundo por un hilito de cobre. Cerca estaba el fogón con la jarrilla tiznada, un sartén abollado y un par de tortillas tiesas. Lo demás eran libros con lomos de colores donde dormían los pensamientos cien autores… y esperándolo sobre una mesita, al lado de la hamaca, su libro preferido (Rimas de Gustavo Adolfo Bécqer), sus gafas de lectura y su tabaco. Ah… y el campo con los cielos azules y el sonido del mar a lo lejos, porque él decía que también eran suyos.
No he encontrado mejor forma de resumir a mi abuelo que describir el espacio que consumía, y enumerar las cosas que poseía… porque eran su vida.

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