El piano de Sam ¿es un fetiche estratégico?

images-thumbCarlos Jiménez

Miguel Ángel Hernández Navarro ha escrito un libro entero (1) que reivindica el arte de quienes se inspiran en Walter Benjamin o que, como él mismo afirma, mantienen una “amistad” en términos conceptuales con el célebre ensayista alemán. En esta reivindicación desempeña un papel crucial la lectura que Hernández Navarro ha hecho de la concepción de la historia de Benjamin, que otorga una extraordinaria importancia a la posibilidad e incluso a la necesidad de que la historia se escriba no a partir de los documentos igualmente escritos sino que se componga como un collage a partir de la yuxtaposición de imágenes y de objetos. Asignando, además, un papel crucial a las antiguallas o sea a esos enseres y trastos viejos apartados del camino por la marcha arrolladora del progreso o arrojados como pecios a las grises playas de la anomia y la insignificancia por la catástrofe sin fin que es la consecuencia inevitable de dicha marcha. Sus inevitables Collateral damages. En esas cosas en desuso, que solían encontrar un precario refugio en las chamarilerías o en los marché aux puces amados por los surrealistas, el pasado es capaz de mostrarse abierta y directamente sin las mediaciones discursivas ni las interpretaciones inherentes a la historia clásica, sentencia Hernández Navarro. Y añade que a ellas no les hacen falta las palabras para comunicarnos aquello del pasado que por definición es inefable. O sublime, tal y como quiere el historiador Frank Ankersmit.

Pero ha querido el azar, que tan a menudo se interpone en el curso de la necesidad, que la lectura de esta nueva obra de un autor tan fecundo y estimulante como Hernández Navarro haya coincidido con la publicitada subasta del “piano de Sam” realizada en la primera semana de noviembre del año pasado por Sothebys en Nueva York. Ese es el piano que se utilizó en una de las más célebres secuencias de la película Casablanca, de cuyo preestreno el Día de Acción de Gracias de 1942 en Manhattan se cumplieron hace poco setenta años. Es la escena del reencuentro de Rick, el aventurero americano interpretado por Humphrey Bogart, e Ilsa, una antigua amante suya interpretada por Ingrid Bergman, quien pide a Sam que – contrariando una prohibición expresa del propio Rick – cante de nuevo la canción As Time Goes by. Sam – o mejor el músico y showman Arthur “Dooley” Wilson – cantó efectivamente en el rodaje de la película pero quien efectivamente tocó el piano, sin que el espectador llegue nunca a saberlo, no fue él sino el músico Elliot Carpenter.

Abocada a esta coincidencia me pregunto: ¿Ese piano, ese objeto, cosa o fetiche de una película de culto donde las haya, es uno de esos objetos en los que, según Hernández Navarro, se materializa la historia? Al fin y al cabo este piano no tuvo más dignidad que la del resto del mediocre atrezzo de la película o la de uno más de los incontables pianos utilizados en las películas de Hollywood, hasta que las obsesiones de los coleccionistas de todo aquello que ha sido ungido por la magia de ese Bosque Encantado que
todavía sigue hipnotizándonos, lo convirtieron en un objeto excepcional, por el que uno

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de ellos pagó nada menos que 602.500 dólares en la subasta antes mencionada. No puede descartarse que para ese coleccionista anónimo ¨ el piano de Sam ¨ quizás tenga la misma clase de presencia arrebatadora capaz de traer de un golpe al pasado, reivindicada por Hernández Navarro. Y que por lo tanto sea un equivalente de la célebre magdalena de Proust, cuyo sabor redescubierto por el protagonista de Du coté de chez Swan en una taza de té le trae el recuerdo entero de su lejana infancia en Combray. No puede descartarse sin embargo la hipótesis de que ese coleccionista innominado no sea sino uno más de los especuladores financieros que hoy se desviven intentando convertir su volátil e inmaterial “dinero de teclado” en objetos tan contantes y sonantes como lo fue su día el dinero. “En metálico”, como solía decirse.

Pero sea cual sea la hipótesis acertada lo cierto es que el contraste entre ambas permite interrogar los límites de la lectura que Hernández Navarro ha hecho de la teoría de la historia benjaminiana y someter a prueba además su defensa de un “fetichismo crítico”, que apuesta por “la materialización de la historia” ya mencionada. Advirtamos que “el piano de Sam” cumple en el ámbito de la primera hipótesis un papel estrictamente biográfico, porque la evocación del pasado que desencadena en su anónimo coleccionista es personal e intransferible. A muchas otras personas, ese piano también les habrá inducido a recordar momentos olvidados de su vida pero es altamente improbable que esos momentos sean los mismos que los evocados por el coleccionista gracias a ese mismo piano. Hay que admitir que quienes vieron junto con el coleccionista que nos ocupa la proyección de Casablanca en la misma sala, en la misma fecha, en la misma hora, establecieron con ella una relación emocional o afectiva que es inconmensurable con la de coleccionista. Incluso cabe pensar que a unos cuantos de esos espectadores el piano les dejó y todavía hoy les deja totalmente indiferentes.

Por esta razón, por esta intransitividad del efecto “magdalena de Proust”, resulta problemática la tesis de Hernández Navarro de que todo acto de recordación es per se revolucionario, como si toda victoria del recuerdo sobre el olvido en el plano puramente personal, biográfico, tuviera la misma trascendencia que esa victoria en el plano auténticamente histórico, que es por definición colectivo, común, compartido. Es cierto que él intenta fundar en términos generales la trascendencia de esa victoria argumentando que cualquiera que sea el plano donde se da la misma es siempre una victoria sobre el tiempo, cuyo curso indefectible es revertido por esa irrupción inesperada del pasado en el presente cuyo modelo en el plano individual es la magdalena proustiana. Y yo puedo conceder que cualquier crítica del tiempo tiene inevitablemente una dimensión reivindicativa en una época en la que – como sostiene el sociólogo alemán Harmut Rosa en Aliénation et accéleration – “el fenómeno histórico de la aceleración de los ritmos de la vida económica y social ha devenido en una fuerza totalitaria a la sociedad moderna”, en un “principio abstracto y omnipresente al que nadie puede escapar.” Hoy nadie que no sea un parado de larga duración tiene tiempo y todos luchamos por tenerlo, por lentificar de alguna manera el ritmo desquiciado y frenético que domina nuestra vida en sociedad. Pero aún así, la reversión

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del tiempo en el plano individual no puede confundirse con esa reversión en el plano histórico. Por lo menos, no con la clase de reversión del mismo que Walter Benjamin expuso con una eficacia fulgurante en las Tesis sobre la filosofía de la historia, a las que por lo demás Hernández Navarro vuelve una y otra vez a lo largo de su libro. El ámbito indudablemente histórico en el que se mueven estas tesis lo pone en evidencia en primer lugar que uno de sus propósitos prioritarios fuera la crítica de la fe en el progreso histórico, un problema político donde los haya, porque dicha fe se había apoderado hasta tal punto de la cabeza de la socialdemocracia europea de entreguerras que le impidió resistir con éxito el ominoso ascenso del fascismo al poder. A la creencia, que resultó catastróficamente ingenua, en que la barbarie no podía imponerse a la civilización, “en pleno siglo XX”, Benjamin opuso una crítica demoledora de la idea del progreso como mejoramiento continuo de la sociedad, avance irreversible de la razón e igualmente imparable perfeccionamiento ético. La ideología del progreso asumía y asume además que su avance progresivo es tan irreversible como lo es el tiempo mismo, que avanza sin jamás poder retroceder. Y es por esta razón por la que Benjamin se siente en la obligación de refutar igualmente la irreversibilidad del tiempo, apelando al concepto de Jetzeit y a la figura legendaria del Mesías. El Jetzeit -el tiempo ahora, literalmente- es para Benjamin ese momento verdaderamente excepcional en el que el tiempo detiene su curso inexorable y con su detención posibilita el advenimiento del Mesías, que para él ya no viene, como en la tradición talmúdica, sólo a liberar al pueblo de Israel de una cadena de opresiones multiseculares sino a redimir a las generaciones muertas de todos los pueblos que, como los israelitas, también han sido victimas de una cadena interminable de opresiones. Y cuyos sufrimientos y penalidades sin fin han sido sistemáticamente omitidas por una historia escrita siempre por sus victimarios o sea por los vencedores en todas las batallas en las que esos pueblos han sido vencidos una y otra vez. A mi me caben pocas dudas de que es en razón de su íntimo compromiso con el penoso destino de las generaciones vencidas por lo que Benjamin concede tantísima importancia sus Tesis… a la tarea de dinamitar la fatalidad de que la historia siempre la escriban los vencedores y a cuestionar radicalmente que la historia escrita por los historiadores que -tras las huellas de Ranke y de Michelet- se esfuerzan en reconstruir el pasado “tal y como efectivamente fue”, sea tan inapelable como es de inapelable el paso del tiempo. Sólo que él, para fundamentar ese cuestionamiento, se apoya decididamente en la teología, ese “enano contra hecho”, del que hoy nadie quiere saber nada y cuya sabiduría es sin embargo la que permite que el “autómata” que es el “materialismo histórico”, pueda ganar siempre al ajedrez.

De hecho el concepto mismo de Jetzeit, en cuanto detención del tiempo, es claramente tributario de la teología, como lo demuestra que el influyente teólogo franciscano Leonardo Boff, en un comentario reciente del libro Infancia de Jesús escrito por el

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actual Papa, haya afirmado: “Para mí es de gran significado un mito antiguo que la Iglesia aprovechó en la liturgia de Navidad para revelar la conmoción cósmica ante el nacimiento de Cristo. En él se dice: «Cuando la noche iba por la mitad de su curso se hizo un profundo silencio. Entonces, las hojas parlanchinas callaron como muertas. Entonces, el viento que susurraba quedó quieto en el aire. Entonces, el gallo que cantaba se detuvo en medio de su canto. Entonces, las aguas del riachuelo que corrían, se paralizaron. Entonces las ovejas que pastaban se quedaron inmóviles. Entonces, el pastor que levantaba su cayado quedó petrificado. En ese momento todo paró, todo se suspendió, todo hizo silencio: nacía Jesús, el salvador de la humanidad y del universo».

También cabe en este punto traer a cuento la objeción de Adorno al mesianismo de las Tesis…, citada por Hernández Navarro en pasaje de su libro. Para el ilustre crítico de la Ilustración, aceptar la reversibilidad del tiempo y de la historia, encarnada en la venida del Mesías, suponía aceptar la posibilidad e incluso la necesidad del Juicio Final y por ende la resurrección de los muertos. Acontecimientos que la lógica de la argumentación de Benjamin no podía descartar y que además respondían a las expectativas ya no solo del cristianismo sino de los propios revolucionarios rusos de la época. En el ensayo “El tiempo se acelera” incluido en el catálogo de la exposición La caballería roja, celebrada en 2011 en La Casa Encendida de Madrid, Rosa Ferré, su comisaria, explica que “la naturalidad con la que cualquier ciudadano anónimo preguntaba, en el curso de una conferencia, al escritor Ilya Ehrenburg, sobre la posibilidad de que el comunismo fuera capaz de instaurar la inmortalidad revela hasta qué punto muchos consideraban que la revolución iba a acabar con las coordenadas temporales, espaciales y fisiológicas del ser humano(… ) Las teorías inmortalistas del filosofo Nikolái Fiódorov (…) especialmente su Filosofía de la causa común (1906 y 1913), que reclamaban un Estado capaz de resucitar a los muertos mediante procedimientos científicos, experimentaron un notable resurgir. Para Fiódorov, la posibilidad de la resurrección gracias a la tecnología no era sólo una especulación teórica, sino una necesidad moral que habría de compensar las desigualdades, las guerras y las injusticias que había sufrido el género humano. (…) Ahora más que nunca parecía justo que el sacrificio al que se tendrían que someter los constructores del socialismo en beneficio de las generaciones futuras pudiera compensarse con su resurrección, de modo que toda una humanidad coetánea pudiera disfrutar de una armonía cósmica eterna. Entre los valedores de esta tesis destacó el grupo de los biocosmistas – inmortalistas, formado, entre otros, por los artistas y poetas anarquistas Aleksandr Sviatogor –seudónimo de A. F. Agienko– en Moscú y por Aleksandr Yaroslavski en Petrogrado. Estos consideraban que la propiedad privada no se habría abolido por completo mientras cada ser humano fuese propietario de un periodo de tiempo. En el manifiesto del grupo, de 1922, se

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puede leer: “Para nosotros son derechos humanos esenciales la inmortalidad, la resurrección, el rejuvenecimiento y el derecho a la movilidad en el espacio cósmico (y no los supuestos derechos proclamados por la declaración burguesa de 1789)”.

Después de una cita tan reveladora no creo que haga falta demostrar el carácter histórico de la teología ni resaltar su indudable importancia política pero si hiciera falta alguna prueba adicional cabe argumentar que la invocación del Mesías y de su papel redentor por Benjamin se inscribe en la tradición revolucionaria de la modernidad. Kart Marx, en su obra El 18 brumario de Luis Bonaparte, anota que los revolucionarios franceses del siglo XIX enmascararon la novedad radical de su irrupción en la historia representándose a si mismos como virtuosos patricios romano, al igual que un siglo antes los revolucionarios ingleses encabezados por Cromwell adoptaron la figura y la entonación de los profetas bíblicos. En suma: antes de Benjamin ya había suficiente experiencia histórica acumulada, así como reveladoras reflexiones sobre la misma, como para que no resultase una novedad en stricto sensu su tesis de que un pasado que se daba por definitivamente abolido puede retornar y redimir al presente, si es que ese presente sabe reconocer a tiempo que en ese retorno se juega enteramente su destino.

Pero volvamos al piano de Sam y a la hipótesis de que fue adquirido por un coleccionista en la subasta de Sothebys por razones puramente especulativas. Si así fuese su decisión se inscribe evidentemente en un plano histórico, por cuanto la clase de especulación a la que responde es característica de actual fase de evolución histórica del capitalismo, en la que adjetivos como “globalización” o “mundialización” enmascaran la plena subordinación de la economía mundial al capital financiero internacional. El más abstracto y especulativo de todos. Y desde luego el más volátil: miles de millones de euros pueden desvanecerse literalmente en el aire por una caída de los índices bursátiles o por una decisión de la Reserva Federal o del BCE. De allí la propensión de los inversores especulativos adquirir bienes tangibles que, por su propia materialidad corpórea, ofrecen resistencia a la tendencia de los valores bursátiles a desvanecerse. Y de allí que no sea una mera casualidad que el crecimiento exponencial de los precios en el mercado del arte haya coincidido en los últimos años con el desplome o el estancamiento de las principales economías mundiales. Podría decirse que el piano de Sam no es una obra de arte y que quizás no es siquiera un objet trouvé pero aún así comparte con ambos la unicidad, que en su caso le otorga su condición de fetiche de una película ciertamente legendaria e irrepetible. Que, además, es un documento histórico. Aunque no creo que lo sea porque su sola presencia material sea capaz de redimir de golpe un pasado olvidado o reprimido, como los fetiches estratégicos postulados por Hernández Navarro. O porque exista en un tiempo distinto, heterogéneo con respecto al tiempo en el que vive su coleccionista, como él igualmente defiende, a pesar de que sepamos que los dos existen en el mismo tiempo aunque uno lo haga como fetiche y ya

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no como piano ni como atrezzo y el otro como coleccionista o inversor y ya no como público o auditorio. En realidad el piano es histórico porque a partir de él se puede realizar investigaciones históricas de distinta orientación y naturaleza. Desde la más convencional o normalizada, que lo incorpora a un relato sobre el cine hecho por Hollywood durante la Segunda Guerra Mundial hasta las mas críticas, que son capaces de articular al piano, al pianista y a una canción tan oportunamente nostálgica como As Time Goes by, en una reconstrucción del pasado que muestre el carácter esencialmente político, propagandístico, de un filme cuyo guión, ritmos de rodaje, desenlace y edición, así como las fechas de preestreno y de estreno, estuvieron claramente determinadas por necesidades y los ritmos de despliegue de la estrategia adoptada por los americanos para intervenir en el teatro europeo de la Guerra Mundial. De hecho resulta paradójico que en la película Casablanca sea el escenario del “comienzo de una gran amistad” entre Ricks y el comandante de la gendarmería francesa mientras que en la realidad haya sido el escenario en esas mismas fechas de una feroz batalla entre las tropas americanas invasoras y la guarnición francesa que defendía la ciudad. Un acontecimiento escamoteado por una estrategia de comunicación imperial que todavía perdura y que, por lo menos desde la producción de Casablanca, confunde deliberadamente el relato del curso efectivo de la historia con las versiones imaginarias del mismo.

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Concluyo preguntando si existe alguna clase de solidaridad inconsciente o de leibniciana armonía preestablecida entre la pulsión reificadora alimentada por la actual volatilidad del capital financiero y los esfuerzos de Cuauhtémoc Medina primero y de Hernández Navarro después por teorizar y reivindicar el fetichismo en el arte. O del arte.

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(1) Miguel Á. Hernández – Navarro. Materializar el pasado. El artista como historiador (benjaminiano). Micromegas, Murcia, 2012.

http://salonkritik.net/10-11/2013/01/el_piano_de_sam_es_un_fetiche.php#more

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