Mandamientos del periodista

periodPor Mario Roberto Morales –
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Diez son demasiados. Cuatro bastan.

El extraordinario intelectual francés Albert Camus, nacido en Argelia y partidario de la triunfante lucha de independencia argelina contra Francia, escribió novela, teatro, ensayo y periodismo. Sobre el periodismo, Camus estableció cuatro mandamientos: lucidez, desobediencia, ironía y obstinación.

La lucidez brota del análisis concreto de la situación concreta y no de suposición ni adhesión ideológica alguna. La fuente de la lucidez es lo evidente. Y se construye mediante la capacidad de explicarlo tal como es y no como quisiéramos que fuera. Por su parte, la desobediencia surge del imperativo moral de no ser cómplices de la mentira, el crimen ni el fraude cuando éstos son los mecanismos de articulación del poder, no importa si este poder es dominante o dominado.

La ironía merece tratamiento aparte. Hay periodistas que denuncian las atrocidades del poder desde sentimientos y emociones de indignación que a menudo caen en el sentimentalismo y la sensiblería que le son propias al victimismo conmiserado. Este periodismo no alcanza la efectividad a la que aspira porque apela a la culpa, como lo hace el catolicismo con su imaginería masoquista y necrófila, y no toda la gente gusta de la expiación como práctica moral porque no toda la gente practica contriciones cristianas, inducidas y fomentadas para beneficio de prelados y jerarcas farisaicos. Hay, por fortuna, gente sana en el mundo. No mucha, pero la hay. Gente que no necesita ser “sensibilizada” por la vía hipócrita de la cursilería sentimental, como es el caso de la apelación que a la culpa hacen las corporaciones oligárquicas cuando solicitan donar el vuelto de una compra para un proyecto caritativo a fin de aliviar algún problema causado por ellas mismas. Este mecanismo en nada se diferencia de la denuncia sanguinolenta y acrítica de quienes viven de la cooperación internacional y navegan con bandera de defensores del pueblo, chillando en nombre del dolor de los pobres del mundo. Es precisamente a esta hipócrita “seriedad” de pacotilla que Camus opone la lucidez.

La ironía surge de la capacidad de reírse de uno mismo, porque eso faculta al ironista para burlarse de la mentira de los demás, y también lo autoriza para exponer la hipocresía farisea al mostrar los actos fallidos del altruismo, la caridad, la beneficencia y la moral biempensante, las cuales siempre despliegan sus tentáculos manipuladores (disfrazados de alas libertarias) a favor del poder monopólico, oligárquico y reaccionario. El conservadurismo carece de sentido del humor. Por eso, la ironía no es lo suyo, y le teme (con sobrada razón). Cuando un conservador intenta ser irónico, lo que obtiene es una mueca de rigor mortis, pues su espíritu es incapaz de producir carcajadas. Para eso hace falta ser libre, y no estar atado a la riqueza de los amos por las cadenas de la ilusión.

Finalmente, la obstinación es la forma en que la paciencia y la perseverancia se expresan en la práctica de un periodista lúcido, desobediente e irónico, porque todo el aparato de poder se volcará en contra de él y sólo le quedará la pertinacia, la terquedad y la resistencia para demostrar que le mentira tiene patas cortas y la verdad siempre la alcanza. De aquí que Camus dijera que “El periodismo debe rechazar lo que ninguna fuerza puede obligarlo a aceptar: servir a la mentira”. No es fácil. Tampoco imposible. La dignidad ayuda.

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