El Papa no está muy católico

Por Miguel Ángel Santos Guerra

Conocí la noticia de la renuncia del Papa de una forma curiosa. Subí al coche, encendí la radio y escuché cómo el locutor de una cadena hablaba en pasado de los viajes del Papa, de las encíclicas promulgadas, del programado viaje a Brasil que ya no podría hacer… Di por supuesto que el Papa había fallecido de forma inesperada. Lo supuse porque por tradición secular estábamos habituados a que solo la muerte ponía fin al Papado. Pronto supe la verdad. El Papa había anunciado su renuncia, que se haría efectiva el próximo día 28 de febrero a las 20 horas.

Y ojalá, algún día no lejano, pueda gobernar la Iglesia una mujer.

La renuncia del Papa a su condición de Pontífice de la Iglesia romana ha causado una gran conmoción en el mundo católico. Desde Celestino V, en 1294, no había sucedido algo parecido. Benedicto XVI ha dicho que le faltan las fuerzas que requiere el desempeño adecuado (subrayo el adjetivo utilizado por el Papa porque define claramente su actitud) de las arduas tareas pontificias. El Papa no se siente muy católico. Solo él sabe con qué energías cuenta, físicas y psíquicas. Nadie está dentro de su pellejo para valorar su situación.

Me parece una decisión sensata, valiente y ejemplar. Una decisión de pura lógica. Para hacer algo es preciso estar en condiciones de hacerlo. Creo también que se trata de una cuestión de coherencia. ¿Por qué no hace el Papa lo que le obliga a hacer a los obispos y cardenales de la Iglesia? ¿Por qué tienen que renunciar a su tarea pastoral los obispos de la Iglesia si no lo hace quien se lo ordena?

No existe ningún precepto que obligue al Papa a seguir en el puesto hasta el final de su vida. Solo la tradición ha ido imponiendo una extraña lógica. Monseñor Stanislaw Dzwisz, arzobispo de Cracovia, ha criticado la decisión diciendo que nadie debe bajarse de la cruz. Esas palabras encierran, a mi juicio, una alusión al beato Juan Pablo II, de quien fue secretario personal durante muchos años, que arrastró una cruel enfermedad hasta la muerte sin efectuar esa renuncia. Algunas de sus apariciones resultaban tan patéticas que producían conmiseración. Resultaba cruel que se obligase/pidiese/aceptase aquel sacrificio a un anciano que padecía unos síntomas tan evidentes de dolor. No me gusta esa actitud de masoquismo sin límites (o de sadismo si es que se le instó a seguir en la silla petrina a pesar de su edad y de su penosa enfermedad) que lleva a una persona a hacer algo que no puede hacer. Ad imposibile nemo tenetur.

He dudado mucho en escribir este artículo. Hay quien podría decirme que a mí qué me importa lo que sucede en la Iglesia y lo que decide hacer su máxima autoridad. Y tendría una buena parte de razón. Pero lo cierto es que sí me importa algo de lo que sucede en el proceso de elección del nuevo Papa. Me refiero al hecho de que solo varones puedan elegir entre varones al nuevo sucesor. ¿Hasta cuándo esta discriminación? ¿Qué posibilidades existen de que pueda ser elegida Papisa una mujer?

Cuando el Camarlengo pronuncia solemnemente, antes de cerrar las puertas de la Capilla Sixtina, las palabras “extra omnes” (fuera todos), lo que viene a decir es que se queden fuera todos los que no son cardenales que van a realizar la elección del nuevo Papa. Lo que realmente dice es “fuera todas las mujeres”.

¿Por qué ? ¿Son menos inteligentes, menos solidarias, menos honradas, menos trabajadoras, menos competentes, menos bondadosas, menos indulgentes, menos pacientes, menos santas…? ¿Por qué se las deja fuera ?

La razón fundamental que utiliza la Iglesia para mantener esta situación es que el Fundador eligió para el apostolado solamente a varones. Pero bueno, también eligió casados. ¿Por qué en ese caso se sigue a rajatabla el criterio del Fundador y en otro no se tiene en cuenta? De cualquier forma han pasado muchos siglos para que se hayan encontrado motivos de reflexión. Han cambiado muchas cosas. Hoy resulta insostenible esa forma de proceder.

Esta discriminación es insostenible. Y lo más curioso es que las iglesias están llenas de mujeres. ¿Cómo no se sienten ofendidas ante esa agresión tan obvia, ante este desprecio tan manifiesto, ante esta discriminación tan descarada?

Supongo que a muchas mujeres no les interesa mi planteamiento porque malditas las ganas que tienen de acceder al sacerdocio o al episcopado. Pero hay que defender el hecho de que si una sola lo quisiera hacer tendría que poder hacerlo.

No hay organización en el mundo que hoy se presente con unas normas que impidan a la mujer acceder al poder bajo la excusa de que su fundador así lo ha decidido. Sería denunciada inmediatamente ante los tribunales internacionales. ¿Por qué se le permite a la Iglesia lo que no se le permitiría a nadie?

Hay un motivo más por el que La Iglesia debería reconsiderar esa norma. Me refiero a lo que la Iglesia se pierde al no admitir mujeres en el poder. Su gobierno sería de otra naturaleza, tendría otros enfoques, gozaría de otro talente, impulsaría otras relaciones… ¿Qué ha pasado en los países en los que la mujer ha accedido al gobierno?

Cuando veo las imágenes del cónclave, cuando veo tantas mitras y báculos, tantas sotanas moradas, tantos solideos y crucifijos me pregunto por qué no se acaba de una vez con esta discriminación que sigue proclamando al mundo que hay dos categorías de personas separadas por el género. Una es de primera clase y otra de segunda. Una superior y otra inferior. Bueno, algo se ha avanzado respecto al Concilio de Macon (585) en el que se llegó a discutir si las mujeres carecían de alma. Ahora ya la tienen pero sin duda es de una categoría menor. Los señores cardenales dirán hasta cuándo.

Hace unos años escribí un artículo titulado La falla sociológica, que incluí en mi libro La pedagogía contra Frankenstein. En ese artículo decía que, cuando los chicos y las chicas se han incorporado en igualdad de condiciones al sistema educativo, las chicas van mejor, trabajan más, obtienen mejores resultados. Desde Infantil hasta la Universidad. Y luego se produce esa falla que se las traga. Al otro lado de la falla las mujeres ya no están. Han desparecido parcialmente de la academia, de la banca, de la industria, del comercio… Y totalmente del poder en la Iglesia. ¿Quién se las ha devorado? La falla del sexismo. La falla del patriarcado. La falla del androcentrismo. Una falla que, a pesar de estar en buena parte rellena con cadáveres y dolor de tantas mujeres, sigue siendo muy profunda.

Es malo que las instituciones y las sociedades sean androcéntricas pero que lo sea una Iglesia que pretende predicar los valores en el mundo, resulta hasta grotesco. Debe haber mujeres que puedan elegir al Papa. Y debería contemplarse de forma nada desdeñable el hecho de que una mujer pudiera ser elegida. No sé a quién le oído en estos días que un cardenal había dicho:

– Todos podemos ser elegidos Papa, pero yo tengo más posibilidades que mi hermana.
La frase, que fue pronunciada probablemente con un toque de humor, tiene un transfondo inquietante. El transfondo de la exclusión, de la discriminación, del menosprecio. Ojalá que el sucesor de Benedicto XVI pueda ser elegido por cardenales y cardenalas. Ojalá que el nuevo cónclave no excluya a las mujeres cuando el camarlengo diga nuevamente: extra omnes. Y ojalá, algún día no lejano, pueda gobernar la Iglesia una mujer.

Tomado del Blog Adave.

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