¿Y la democracia en la elección del Papa?

María del Carmen Culajay

mculajay621@gmail.com

La dimisión del Papa no puede dejar de traer consecuencias. Por donde se la mire, es una noticia que conmueve. Por lo pronto, algo así no sucede todos los días: hacía seis siglos que no teníamos una renuncia de un obispo de Roma.

Se nos dice que Benedicto XVI serenamente tomó la decisión luego de pensarlo mucho. Puede ser. De todos modos sabemos que a la gran masa le llegan las noticias siempre fragmentadas, con cuentagotas, digeridas para su fácil consumo. Por supuesto que puede ser así, pero también podríamos abrir suspicazmente algunas dudas. En el Vaticano, la institución más antigua que existe sobre la Tierra, nada pasa por casualidad, nada queda librado al azar. No sería improbable que la salida del actual Papa obedezca a una sopesada evaluación política.

Con el anterior Sumo Pontífice, el polaco Wojtyla, la Iglesia Católica encontró una renovación en su imagen. No en su línea ideológica, que siguió volcándose a la derecha, después del nunca aclarado fallecimiento de Juan Pablo I por “demasiado a la izquierda” y después de haber ido defenestrando la Teología de la Liberación, a la que prácticamente sacó de circulación.

Lo que sí encontró con este Papa, el más joven de la historia (asumió con 58 años), atlético, enérgico, carismático, fue un impulso que la institución había venido perdiendo en estas últimas décadas.

No es ninguna novedad que la Iglesia Católica está a la baja, que cada vez más feligreses abandonan el rebaño, porque se van hacia los cultos neopentecostales (eso fundamentalmente en América Latina) o porque simplemente se tornan más agnósticos y abandonan toda fe. El discurso conservador y ultra ortodoxo que aún condena las relaciones sexuales prematrimoniales y el uso del preservativo (¡en plena epidemia de SIDA!) mantenido como posición oficial por la Curia Romana, en vez de ganar adeptos, los expulsa. Por eso, ante esa caída en picada en la popularidad del catolicismo, el Vaticano encontró en la figura del Papa deportista y buen comunicador que fue Juan Pablo II una fórmula casi mágica. Nadie como él para atraer gente, jóvenes en muy buena medida. Jamás serían pensable multitudes de seguidores y plazas colmadas como con él con el ahora dimitente Joseph Ratzinger. Por el contrario, el actual Papa, un venerable anciano ortodoxo, Prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe (es decir: el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición), más que modernización y carisma que atrape, lo que hay es aburrimiento y huída en masa.

No sería nada improbable que, consciente de ello, la alta jerarquía eclesiástica decidiera que debía renunciar. Ahora se busca un sucesor joven, dinámico. Otro Juan Pablo II quizá sea imposible, pero sí alguien que esté mas acorde a los tiempos que corren. El hecho que Benedicto XVI usara redes sociales no lo modernizó en absoluto; su perfil de Santo Inquisidor es lo que prima. ¿Se buscará ahora una figura nueva, quizá no europea, un papa negro como se ha dicho en más de una ocasión?

Lo que queda claro es que la democracia sigue siendo una asignatura pendiente en el Vaticano. Pese a llenarse la boca hablando de las bondades de la democracia (de un tipo de democracia, claro está: la de libre mercado, la representativa), la Iglesia Católica es la institución más reñida con prácticas democráticas. La encerrona de unos cuantos cardenales (todos varones ancianos) hasta lograr el humo blanco olvida a los millones y millones de feligreses que hay en el mundo. ¿Alguien les delegó la potestad para elegir al nuevo pontífice? ¿Qué ejercicio de democracia hay ahí?

Como mujer, pero más aún como ciudadana, lo pregunto: ¿y para cuándo una mujer tomará parte en las decisiones vaticanas? ¿Por qué no pensar que alguna vez se puede elegir una papisa? ¿Se le consultó a algún católico que dirección desea para su iglesia?

Te gusto, quieres compartir